Beatriz de Moura, perspicaz editora y mujer excepcional

La editora Beatriz de Moura, en 2003.

Beatriz fue una mujer excepcional. No paro de pensarlo ahora que nos ha dejado, y mientras siento que se agranda la pena de su ausencia. Pero también me considero muy afortunado, como todos los que trabajamos a su lado, porque con ella aprendimos casi todo del oficio del libro, y tuvimos el privilegio de trabajar con una editora de primerísimo nivel.

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 El director de Tusquets recuerda el atractivo personal y el talento profesional de quien le cedió el relevo de la firma  

Beatriz fue una mujer excepcional. No paro de pensarlo ahora que nos ha dejado, y mientras siento que se agranda la pena de su ausencia. Pero también me considero muy afortunado, como todos los que trabajamos a su lado, porque con ella aprendimos casi todo del oficio del libro, y tuvimos el privilegio de trabajar con una editora de primerísimo nivel.

Carlota Álvarez Maylín, su biógrafa, lo ha contado en Una curiosidad sin barreras: aquella joven guapísima, hija del cónsul brasileño, irrumpió en Barcelona a finales de los años 50, y enseguida se convirtió en la alegría personificada de un grupo de fotógrafos, escritores, arquitectos, cineastas en ciernes, que formaron la Gauche Divine. Son muy elocuentes las fotos que le hicieron, desde el arrobo, Xavier Miserachs y Colita, entre otros, algunos cuadros de Óscar Tusquets, pero sobre todo las muchas anécdotas de quienes la trataron, que la recuerdan discutiendo y defendiendo algunos libros, pero también bailando y riéndose a pierna suelta, en Cadaqués o en el Bocaccio barcelonés, tal vez los lugares más modernos y avanzados del final del franquismo. Esa joven que hablaba varios idiomas, que tenía amigos en toda Europa, en el antifranquismo y en las mejores editoriales europeas del momento, y que pasaba de la parte festiva a trabajar literalmente como una mula, es la que fundó la editorial Tusquets en el comedor de su casa, como recordó Cristina Fernández Cubas.

Esa mezcla de mujer divertida y festiva, y a la vez exigente y disciplinada, es la que conocimos quienes formamos parte de Tusquets Editores. Su simpatía y su obcecación explican que aquella diminuta y exquisita editorial incipiente, en la que aparecieron Groucho Marx, Beckett, Freud y García Márquez (Relato de un náufrago) pero también autores como Enrique Vila-Matas, Cristina Fernández Cubas, Julio Ramón Ribeyro, Sergio Pitol y Mario Vargas Llosa, fuera también un sello enseguida tan relevante y mítico.

Cuando lanzó La Sonrisa Vertical con Luis García Berlanga, esa colección que nos quitó la caspa en plena Transición, y apostó por una colección de narrativa, la editorial pasó entonces a jugar en la gran liga de la literatura internacional. Duras, Irving, Kundera, y más tarde Murakami, Mankell, pero también toda una generación de nuevos autores en español que se han convertido en referentes, como Almudena Grandes, Luis Landero, Fernando Aramburu, Leonardo Padura, Gonzalo Celorio (flamante Premio Cervantes), Rafael Reig, Antonio Orejudo… y Semprún y tantos poetas y tantos sabios como Antoni Marí y Jorge Wagensberg, dan la medida de su gran talento y perspicacia.

Peleó y fue dura, y áspera, en un mundo menos amable con las mujeres directivas, pero tuvo la suerte de encontrar a alguien providencial que fue Antonio López Lamadrid, todo un señor de Barcelona, que se encargó de llevar las riendas económicas de la empresa y de seducir a la parte del catálogo que tal vez ella no podía ya atender. Juntos establecieron una casa editorial irresistible que tuvo mucho de referente entre colegas europeos.

Cuando ya viuda, decidió dar un paso al lado, y me traspasó las riendas, dio de nuevo otra muestra de su generosidad y su lucidez: con empeño cartesiano ordenó su archivo, con una jugosísima correspondencia, lo entregó a la Biblioteca Nacional, y luego mantuvo una beca de creación en recuerdo de Toni López. A mí me dijo que tenía toda la libertad y toda su confianza. Siempre se lo he agradecido.

Supe de sus dudas y de sus angustias en el tránsito de la empresa, pero fue siempre un ejemplo de cómo defender con uñas y dientes su autonomía, el valor de su catálogo, la apuesta a largo plazo y el rigor, pero también la libertad de juicio, para mantenerlo.

Ella que no quería ni familia, ni niños, ni navidad, vivió estos últimos años en casa, sumida en su mundo, con poca memoria, pero atendida amorosamente por unas adorables cuidadoras brasileñas que, junto con María José, fueron su última familia de adopción. En la última visita, me contaron que le dieron agua de coco, y cuando le preguntaron si querría al día siguiente, ella asintió feliz y añadió: con whisky. Quiero recordarla riéndose a carcajadas, apasionada con algún nuevo descubrimiento, sentada en el suelo, celebrando la conversación con sus amigas… Pero no paran de llegar mensajes de editores italianos, ingleses, franceses, y mensajes emocionados de tantos autores y amigos que me recuerdan que se nos ha ido alguien en verdad excepcional.

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