Bombazo histórico en Liechtenstein: el príncipe Alois anuncia que las mujeres podrán acceder al trono, en medio de una gran contestación ciudadana por su intransigencia con el aborto

Se recogen casi 5.000 firmas para un referéndum que busca despenalizar la interrupción del embarazo. El regente ya ha advertido que vetaría una ley en ese sentido Leer Se recogen casi 5.000 firmas para un referéndum que busca despenalizar la interrupción del embarazo. El regente ya ha advertido que vetaría una ley en ese sentido Leer  

Cientos de habitantes de Liechtenstein participan este sábado en la celebración oficial que presiden los miembros de la dinastía reinante con motivo del Día Nacional del Principado. La recepción dominada por el ambiente festivo y relajado tiene lugar en el Castillo de Vaduz que se alza imponente sobre una colina escarpada y boscosa que domina el valle del Rin y desde la que se divisa buena parte del cuarto país más pequeño de Europa, con más de 40.000 paisanos.

El discurso del príncipe regente, el brindis por la nación, el ágape, la música tradicional y la atmósfera propia de romería se han vuelto a repetir este 2026 como siempre. Porque pareciera que en este apacible Estado enclavado entre Suiza y Austria jamás pasa nada y que todo es un eterno ciclo cadencioso. Y, sin embargo, esta fiesta nacional coincide con un momento de convulsión ciudadana y probablemente le haya cogido a Alois de Liechtenstein con el humor entrecortado. Porque el jefe de Estado de facto -ejerce las funciones de gobierno en nombre de su padre, el príncipe soberano Hans Adam II, desde 2004- ha visto en los últimos días cómo una parte considerable de la población empieza a revolverse contra sus poderes casi absolutos y está dispuesto a ponerle a prueba sobre hasta qué punto será capaz de reinar en contra del sentir general.

Y es que la campaña impulsada por varios colectivos sociales que busca que en Liechtenstein se despenalice el aborto hasta la duodécima semana del embarazo, en contra del criterio manifestado por el príncipe regente, ha adquirido tal dimensión que pareciera un plebiscito a la misma Monarquía tal como está configurada en la actualidad. En la nación basta con que se recojan 1.000 firmas de ciudadanos para que las propuestas ciudadanas sean sometidas a referéndum y fuercen a las autoridades a adoptar medidas legislativas. Aunque el príncipe tiene en todo caso el derecho de veto si alguna ley no le gusta. Hace meses advirtió de que él vetaría cualquier norma para regular el aborto. Y, aun así, los promotores a favor de la medida -con la que están de acuerdo el 62% de los ciudadanos, según los sondeos-, se pusieron a buscar firmas como locos, habiéndose alcanzado todo un récord. A principios de agosto, el comité que aboga por la despenalización de la interrupción del embarazo presentó ante la Cancillería de gobierno nada menos que 4.970 peticiones uninominales, lo que supone una cuarta parte de todos los votantes del Principado. Así pues, la consulta se llevará a cabo presumiblemente este otoño. Y como ha destacado en medios locales estos días uno de los promotores de la iniciativa, Samuel Schurte, «es importante ejercer los derechos democráticos. Así el príncipe heredero sabrá lo que piensa la población antes de aprobar o rechazar la ley«.

Los colectivos feministas denuncian la hipocresía del Estado en Liechtenstein, toda vez que la criminalización del aborto no impide que, según las estadísticas que se manejan, hasta 40 mujeres se desplacen cada año para abortar desde el Principado a otros países, sobre todo la vecina Suiza. Ojos que no ven…, deben de pensar en el imponente Palacio de Vaduz.

Se va a colocar a Alois, ferviente católico, ante una tesitura más que complicada. Porque, en vísperas de esta Fiesta Nacional, el regente ha reiterado en entrevistas a los periódicos de la nación su firme postura ante la iniciativa popular para despenalizar el aborto. «La protección de la vida desde la concepción es un deber moral absoluto e inalienable de cualquier gobernante. Un valor fundamental» por encima de las mayorías democráticas, ha subrayado al Liechtensteiner Vaterland. Pero si sus súbditos se muestran tan decididos a que el país deje de ser uno de los pocos en Europa donde todos los supuestos para el aborto están prohibidos -salvo contadas excepciones, como embarazos fruto de una violación o que la vida de la madre corra peligro en caso de continuación del embarazo-, sostenella y no enmendalla podría causar turbulencias en el estable trono.

«Resulta antidemocrático, el pueblo debería decidir. Resulta problemático cuando una persona sola tiene tanto poder«. Son lamentos que se escuchan estos días en Liechtenstein, lo que demuestra que podemos encontrarnos ante la primera gran contestación ciudadana a la arquitectura de gobierno nacional y al hecho de que esta Monarquía esté muy lejos de los estándares de casi todas las Coronas parlamentarias que hay hoy en el Viejo Continente, donde los reyes reinan pero no gobiernan.

La Constitución del Principado otorga a Alois amplísimas prerrogativas, como la de nombrar jueces, destituir a los miembros del Ejecutivo, conceder medidas de gracia a su antojo o vetar todas y cada una de las leyes si no son de su gusto. Los soberanos de Liechtenstein tienen muy claro que son lentejas. Si sus súbditos quieren Monarquía, con todas las consecuencias; si no, lo dejan. Así, en los últimos tiempos ha habido hasta dos amagos de renuncia principesca. En 2003, Hans Adam amenazó con abandonar el trono si no se reformaba la Ley Fundamental para reforzar sus poderes al considerar que lo contrario le impedía gobernar con eficacia. Dos tercios de los ciudadanos refrendaron en las urnas su demanda. «Debemos ser el primer país del mundo que decide votar el regreso a la Edad Media», soltó entonces con ironía el líder del opositor Partido Demócrata, Sigvard Wolhend.

De momento, las hogueras se siguen encendiendo este 15 de agosto en muchos rincones de la nación, como símbolo del vínculo entre la Casa principesca y el pueblo. En 1719, Carlos VI de Habsburgo creó el Principado a partir de los dominios del señorío de Schellenberg y el condado de Vaduz. Y ya en 1806, el territorio logró su adhesión a la Confederación del Rin, lo que marcó su reconocimiento como Estado soberano, algo que casi milagrosamente ha logrado mantener desde entonces. «Por Dios, el Príncipe y la Patria» es el lema nacional, que evidencia lo indisolublemente ligada que está la identidad de Liechtenstein con su dinastía reinante. Algunas cosas se mantienen intactas desde hace más de 300 años, como la ley sálica que impide a las mujeres acceder al trono. Años atrás se preguntó por esta cuestión a Alois, quien se despachó diciendo que «no sería fácil cambiar un sistema que ha demostrado su eficacia durante siglos». Veremos si la paciencia de los ciudadanos con tantas prerrogativas reales sigue o no incólume.

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