¿Comparten piso Tutankamón y Nefertiti?

En estimulante coincidencia con el debate de la vivienda en nuestro país, se ha reabierto la teoría de que Tutankamón y su madrastra Nefertiti (la célebre reina principal de Akenatón cuyo busto es uno de los grandes iconos del Antiguo Egipto) comparten su morada de eternidad, su último piso por así decirlo. Nuevas investigaciones ponen otra vez sobre la mesa la asombrosa y estimulante hipótesis, lanzada en 2015 por el prestigioso egiptólogo británico Nicholas Reeves y que sacudió el mundo de la egiptología, de que la pequeña tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes (KV62) contendría estancias adicionales inexploradas y sería en realidad solo una parte de un sepulcro sustancialmente más grande que permanecería oculto tras las aparentemente sólidas paredes del conocido.

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Entrada a la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes.Esquema de la tumba de Tutankamón (debajo de la Ramsés VI, KV 9), con la indicación en colores malva y amarillo de las cámaras y pasajes propuestos por la nueva investigación. Dos campañas recientes ponen de nuevo sobre la mesa la hipótesis de que la tumba del joven rey es solo una parte de la de la reina, que seguiría escondida en el recinto  

En estimulante coincidencia con el debate de la vivienda en nuestro país, se ha reabierto la teoría de que Tutankamón y su madrastra Nefertiti (la célebre reina principal de Akenatón cuyo busto es uno de los grandes iconos del Antiguo Egipto) comparten su morada de eternidad, su último piso por así decirlo. Nuevas investigaciones ponen otra vez sobre la mesa la asombrosa y estimulante hipótesis, lanzada en 2015 por el prestigioso egiptólogo británico Nicholas Reeves y que sacudió el mundo de la egiptología, de que la pequeña tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes (KV62) contendría estancias adicionales inexploradas y sería en realidad solo una parte de un sepulcro sustancialmente más grande que permanecería oculto tras las aparentemente sólidas paredes del conocido.

Reeves sostiene desde entonces, contra viento y marea y a partir de un minucioso análisis iconográfico de las pinturas de la cámara funeraria y el estudio de las fotos de alta resolución tomadas por la empresa española Factum Art al escanear el recinto para realizar una réplica y que sugerirían puertas tapiadas, que la tumba completa habría sido concebida para Nefertiti (Tutankamón sería un okupa) y que es muy posible que la momia de la reina siga allí, en dependencias por descubrir.

En su momento, hace ya 11 años, nos quedamos literalmente ad portas del posible hallazgo. Las pruebas realizadas no fueron concluyentes, se nos dijo que había que realizar más, se alzaron muchas cejas, Zahi Hawass zanjó a su omnímoda manera que todo era una solemne tontería, y allá nos dejaron inmisericordemente, rumiando con una mezcla de expectación y duda qué secretos y maravillas se ocultarían (si lo hacían) más allá de la cámara funeraria de Tut.

Visitar la tumba de Tutankamón ya no ha sido lo mismo desde entonces. Un nuevo misterio te roe el alma. ¿Estás sólo en la porción exterior de una tumba que se extendería mucho más? Con la teoría de Reeves en la cabeza te plantas en la antecámara, miras hacia la derecha y no puedes dejar de pensar en la posibilidad de que algo ―un pasadizo, nuevas habitaciones― se esconda detrás de la pared norte de la cámara sepulcral, pasado el sarcófago, donde están representadas las famosas escenas del funeral del joven rey. Pero por mucho que mires muy fijamente e intentes perforar el muro con la mirada no percibes nada, excepto tu pulso acelerado y una propensión notable a suspirar. Tampoco suelta prenda el propio Tutankamón, cuya momia ennegrecida parece burlarse a tu espalda con su sonrisita de conejo. ¿Es Tut un invasor pollo de cuco en el nido de Nefertiti (esa gran oropéndola dorada) como sugiere muy poéticamente Reeves? Cosas más raras se han descubierto en Egipto: sin ir muy lejos, la vecina KV 5, la tumba de los hijos de Ramsés II, que tras ser excavada en 1825 y considerársela pequeñita, fue descubierta en toda su extensión en 1995 por Kent Weeks, revelándose como un enorme complejo funerario con 130 cámaras y pasillos de interconexión.

La pregunta obvia es por qué no se practican agujeros para ver si algo se esconde más allá en KV62. Hasta el momento, las autoridades egipcias (y la mayoría de los egiptólogos) no han considerado que haya evidencias suficientes para realizar esas pruebas invasivas en uno de los monumentos más famosos de Egipto y del mundo, así que hay que contentarse con métodos no intrusivos que difícilmente son concluyentes.

Y ahora Reeves y sus partidarios vuelven a la carga. Lo han hecho con la publicación el 17 de septiembre de un largo, pormenorizado y sesudo estudio, Una revisión y evaluación arqueo-geofísica de la estructura y morfología de la tumba de Tutankamón (KV62), cuarta entrega de la serie ―culebrón dirá alguno, y valga la referencia a la cobra sagrada― que titulan genéricamente ¿La tumba de Nefertiti? (con interrogantes). El texto, de 57 páginas, publicado en los Occasional papers del Amarna Royal Tomb Project que dirige el propio Reeves y del que se ha hecho eco de nuevo la revista Nature, lo firman junto a Reeves el ex ministro de antigüedades, arqueólogo y firme creyente en la tumba extendida Mamdouh Eldamaty, como director del proyecto, el geofísico Abbas Mohamed Abbas y George Ballard (especialista en la investigación de estructuras históricas). El artículo explica las dos nuevas campañas de investigación realizadas, con amparo del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto (SCA), dentro y alrededor de la tumba y en las que se ha empleado, a fin de encontrar evidencias de espacios ignotos, una gran panoplia tecnológica digna de la Estrella de la Muerte como la microgravimetría (método geofísico no destructivo que mide con alta precisión las variaciones locales del campo gravitatorio de la Tierra para detectar diferencias de densidad en el subsuelo).

Los responsables del estudio sostienen que se pude afirmar que “la estructura de la KV 62 es anterior al entierro de Tutankamón y probablemente es más extensa de lo que tradicionalmente se cree”. Solo eso, que la tumba de Tutankamón sea más grande, ya sería la bomba.

He leído el artículo con la emoción que se puede imaginar, una emoción que se ha ido debilitando a medida que el texto se adentraba en una ardua terminología científica que escapa a mis humildes conocimientos (“este simple programa ha usado el algoritmo de Talwani para calcular la anomalía de Bouguer sobre un polígono”: y luego dicen que los jeroglíficos son difíciles). Pero, vamos, es en conjunto muy estimulante. El equipo de estudiosos se pone bajo la advocación de Howard Carter, que ―sostienen―habría intuido que la tumba continuaba aunque las catas que hizo secretamente, según los investigadores, para comprobarlo fueron en el lugar equivocado (no tuvo en cuenta que las tumbas de reinas giran a la derecha).

Los autores comienzan por recordar los trabajos anteriores y la hipótesis fundacional de Reeves de que el plano de la KV 62 es más extenso de lo que podemos ver hoy en día. Reconocen que los resultados de los primeros test entre 2015 y 2018 fueron insuficientes para probar nada, pero que la nueva aproximación adoptando un método multidisciplinario, “holístico” y con nueva tecnología como radar de penetración terrestre-georradar, tomografía eléctrica y la citada microgravimetría, nos pone en una situación muy distinta.

En la primera parte del artículo, Reeves (que ha incluido su teoría en la nueva edición de su libro de referencia Todo Tutankamón), recuerda que la tumba de Tut es insólita para un sepulcro real de la XVIII dinastía y que hay dos posibilidades: una, que fuera una tumba privada adaptada in extremis para acomodar a Tutankamón y su ajuar al morir inesperadamente el joven faraón; y dos: que KV62 sea una tumba de una reina cuyos elementos más exteriores fueron adaptados para el uso de Tutankamón con el enterramiento de la soberana propietaria original dejado sin molestar en los tramos más profundos. Según Reeves ―¡es todo tan excitante!― al morir Tut se realizaron modificaciones en la parte anterior de la tumba de esa reina propietaria (Nefertiti) para colocar al difunto y sus cosas, sellando el resto del complejo funerario. El egiptólogo señala modificaciones en la decoración de la tumba que probarían la readaptación: una primera fase en la que la protagonista de las pinturas sería Nefertiti, en su calidad de faraona heredera de su marido Akenatón y bajo el nombre de trono del oscuro Smenkaré, y Tutankamón el oficiante de su funeral; mientras que en una segunda el difunto es Tut y el oficiante el sucesor de este, Ay. La actual cámara mortuoria ―“Casa de Oro” para los egipcios― habría sido antes solo un lugar de paso hacia el lugar de la mucho más larga tumba donde descansaba (¿descansa?) la reina. Reeves señala una serie de indicios de anomalías en las paredes que apuntarían a la existencia de accesos al supuesto pasadizo y a otras cámaras de almacenaje de ajuar.

En puridad, para liarlo todo todavía más, Reeves distingue 4 fases en el desarrollo de la tumba: la construcción inicial para una reina consorte, una segunda modificación tras la supuesta elevación de Nefertiti al rango de co-regente, una tercera al ascender al rango pleno de faraón al morir Akenatón, y la última, una década después, al morir Tutankamón y meter al dorado chaval ahí.

George Ballard firma la segunda parte, muy técnica, del artículo, que está dedicada a la investigación geofísica de la tumba. Resume los trabajos anteriores (Watanabe, Porcelli), incluidos algunos no publicados hasta hora y que no resultaban conclusivos a la hora de discernir si oquedades y vacíos percibidos tras las paredes de la tumba eran o no de origen antropogénico (hechos por el hombre). Sin embargo, Ballard concluye que la hipótesis de Reeves no ha sido definitivamente refutada “sino al contrario, la investigación en los alrededores de KV62 ha llevado a la identificación de un número de intrigantes rasgos que podrían ser pasajes o cámaras”.

El propio Ballard firma con Abbas la tercera parte, el meollo del asunto: explican las nuevas pruebas que se han llevado a cabo, dentro y fuera de la tumba, y subrayan que se han encontrado ecos de escombros en dos zonas tras la pared norte de la cámara sepulcral y que podrían corresponder al habitual rellenado que se hacía para sellar pasadizos en las tumbas. Estos y otros hallazgos, “son consistentes con la propuesta de que existen cámaras y pasajes” junto a las paredes norte y oeste de la zona final de la tumba de Tutankamón. Especialmente interesantes son una serie de formas rectangulares al otro lado de la pared norte. Y la propuesta de que las lecturas que muestran material de alta densidad en el centro de uno de los espacios son “lo que uno esperaría encontrar, de hecho, en una bien surtida e inviolada cámara funeraria”.

En su sumario, los investigadores afirman que identifican “con alta probabilidad” la presencia de un “complejo funerario” que se extiende unos 20 o 30 metros al norte de KV62. Y añaden: “Cinco o seis cámaras existen al parecer en ese espacio y hay una expectativa clara de que los vacíos detectados conecten con ellas y con KV 62 por pasajes deliberadamente rellenados con escombros en la antigüedad”. El acceso a todo ello parece ser “vía un corredor cuyo acceso está oculto tras una pared de piedra de mortero al extremo oeste del muro norte de la cámara sepulcral actual”.

En su conclusión, Eldamaty asevera que todo sugiere sólidamente “la existencia de al menos otra cámara de almacenamiento” en la tumba de Tutankamón (que estaría detrás de la pared oeste de su cámara funeraria), y una continuación a la manera de los enterramientos reales más allá del muro norte. “Incluso aunque estos complejos escondidos no sean finalmente el lugar de enterramiento de Nefertiti, la evidencia apunta a una conexión con la familia real de Amarna y el círculo íntimo de la corte de Akenatón”. De confirmarse la extensión de la tumba, concluye, “puede ser uno de los más relevantes descubrimientos de la era moderna, y rescribir nuestro conocimiento de la historia política, religiosa y dinástica del periodo de Amarna mismo”.

El obvio siguiente paso, recalcan los estudiosos, agotados los métodos no intrusivos, es “la investigación directa encontrando medios para acceder a una de las propuestas nuevas cámaras y conseguir una inspección fotográfica de su naturaleza”.

Como se ve, hay que seguir soñando.

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