Dos momias de hace 500 años confirman que los europeos llevaron la viruela a América: “Proviene del Viejo Mundo”

Una mujer de treinta y pico años y un joven de apenas 20 murieron de viruela en las primeras décadas de la colonización española de América. Desenterrados hace décadas de un yacimiento de cultura inca en el norte de Chile, ahora se les ha encontrado ADN de Variola virus. Se trata de las pruebas más antiguas de la presencia del virus en suelo americano. Los autores del descubrimiento, cuyos detalles publica la revista Science, muestran también que este linaje ya había dejado de perder genes. En otras palabras, siendo de origen animal (zoonótico), encontró en los humanos a su hospedador perfecto. El sistema inmune de los indígenas, incapaz de enfrentarse a la nueva enfermedad, pudo ayudar en este proceso de madurez. El análisis descarta la existencia del virus en América antes de la colonización.

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 Las muestras del virus más antiguas encontradas en suelo americano ya se habían adaptado completamente a los humanos  

Una mujer de treinta y pico años y un joven de apenas 20 murieron de viruela en las primeras décadas de la colonización española de América. Desenterrados hace décadas de un yacimiento de cultura inca en el norte de Chile, ahora se les ha encontrado ADN de Variola virus. Se trata de las pruebas más antiguas de la presencia del virus en suelo americano. Los autores del descubrimiento, cuyos detalles publica la revista Science, muestran también que este linaje ya había dejado de perder genes. En otras palabras, siendo de origen animal (zoonótico), encontró en los humanos a su hospedador perfecto. El sistema inmune de los indígenas, incapaz de enfrentarse a la nueva enfermedad, pudo ayudar en este proceso de madurez. El análisis descarta la existencia del virus en América antes de la colonización.

Aunque no hay acuerdo entre los historiadores sobre la población americana antes de la llegada de Cristóbal Colón (unos 13 millones para los más prudentes, unos 90 millones para los más generosos), en lo que sí coinciden es en que las enfermedades fueron las que hicieron que, para finales del siglo XVI, solo quedara el 10% de aquellas cifras, más que el guerrear con los europeos o la esclavitud. También coinciden en que, entre los varios males, como el misterioso cocoliztli, la viruela fue el mal que más mató. El primer brote documentado tuvo lugar en el Caribe, en La Española (actual Santo Domingo) en 1518. Dos años más tarde ya había saltado al continente, diezmando a los aztecas, llegando tan lejos como la desembocadura de la ensenada de Camarones, mirando al Pacífico, en el actual Chile.

“Camarones 9 es un sitio arqueológico que está efectivamente en la quebrada de Camarones, llegando a la costa”, cuenta la investigadora de la Universidad de Chile y coautora de la investigación, Constanza de la Fuente. “Fue excavado entre los años sesenta y ochenta [del siglo pasado], y se recuperaron muchos individuos que estaban como enfardados, en posición fetal y envueltos en distintos textiles”, detalla. Trasladados y, algunos, expuestos en el Museo Arqueológico San Miguel de Azapa. Desde entonces, la llegada de las tecnologías de ADN antiguo permitió estudiar muestras de 13 de ellos.

“Inicialmente estábamos interesados en encontrar bacterias, por ejemplo de la tuberculosis, de las que se sabe que hay muestras de ADN antiguo en América”, comenta el investigador del Trinity College de Dublín (Irlanda) y coautor del estudio, Bruno Romero. “No encontramos nada de eso, pero viendo los resultados, de repente, hallamos Variola. Así que empezamos a trabajar analizando el virus como tal”, completa. “Estas muestras de viruelas son las más antiguas que se han encontrado en el continente americano”, destaca su colega de la Fuente. Combinando la datación por carbono-14 y el reloj molecular del propio virus, los autores colocan las dos muestras en un rango temporal que va desde 1492 a 1631.

Un detalle que tuvo su influencia en el hallazgo es que tanto la mujer como el joven de Camarones 9 estaban momificados. “El ambiente seco, la carencia de lluvias y la alta salinidad del desierto de Atacama crean un ambiente propicio para la conservación de restos bioantropológicos y arqueológicos, orgánicos e inorgánicos”, recuerda el arqueólogo del Instituto de Alta Investigación de la Universidad de Tarapacá (Chile) y coautor del trabajo, Bernardo Arriaza.

Los investigadores recopilaron información sobre muestras de viruela anteriores, de la Edad Media europea, como las llamadas cepas vikingas, y posteriores, de los siglos XVII a XIX y hasta la llegada de las vacunas. Así pudieron elaborar un árbol filogenético colocando cada muestra, cada cepa y cada linaje en las hojas, ramas y tronco del virus. Esto permite descartar la existencia de la viruela en América antes de la llegada de los europeos. “Si el virus hubiese sido nativo en América, se habría separado de las muestras de Eurasia desde hace muchísimo tiempo”, recuerda Romero. La realidad es bien otra: “El árbol filogenético te muestra que esta cepa de Variola está en una posición intermedia entre las cepas vikingas y las cepas del siglo XVII en Lituania, lo que sugiere que proviene del Viejo Mundo», zanja el investigador del Trinity College.

Para José Vicente Tuells, catedrático de la Universidad CEU Cardenal Herrera y experto en historia de la medicina, el trabajo tiene una gran relevancia porque “transforma una hipótesis histórica ampliamente aceptada en una demostración genética directa”. Es la primera vez que la ciencia, en este caso la genética y el ADN antiguo, aporta pruebas de que “la viruela fue una enfermedad introducida desde el Viejo Mundo y que circuló entre poblaciones indígenas americanas durante la etapa temprana de la colonización”, añade. Eso sí, también destaca que, al ser una muestra reducida, no resuelve “el debate sobre el papel de la viruela en el colapso demográfico indígena”, termina.

Las dos muestras de viruela eran, además, especiales. Al analizar la maquinaria genética del virus y su evolución, observaron que varias decenas de genes habían mutado; en concreto, estaban inactivados, ya que no expresaban proteínas que cumplieran función alguna.

“Descubrimos que el virus experimentó un largo periodo de cambios genéticos hasta el siglo XVI, pero que su evolución se ralentizó notablemente durante el apogeo de la expansión colonial y las grandes epidemias de viruela de los siglos XVII y XVIII”, afirma la doctora Lara Cassidy, de la Escuela de Genética y Microbiología del Trinity College de Dublín y también coautora del estudio. “Esto sugiere que el virus pudo haber alcanzado un óptimo evolutivo, lo que le permitió propagarse con éxito con poca adaptación adicional, posiblemente favorecido por la falta de inmunidad de las poblaciones recién expuestas”, añade.

Antonio Alcamí es virólogo del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa/CSIC y experto en poxvirus, la familia a la que pertenece la viruela humana. Recuerda que “al especializarse en un hospedador, los virus tienden a perder genes”. Así, las cepas vikingas, de en torno al año 1000, “eran cepas intermedias, que habían perdido ya parte de ellos”, añade. La viruela moderna, la del siglo XX anterior a su definitiva erradicación, “había perdido 49 genes”, suma Alcamí. Es la misma cifra que se habían inactivado en la cepa encontrada en Camarones.

Aunque esa pérdida o inactividad se relaciona con la especialización en un hospedador, “hay una pregunta por responder”, dice el investigador español: “Cómo se relaciona la pérdida de genes con un aumento de la virulencia”. De hecho, la viruela de los vikingos la provocaba un virus atenuado, sin grandes mortalidades. La que mató a la mujer y al joven de Camarones también acabó con millones de americanos.

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