El precio por comprar el alma

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17.000 millones de dólares es lo que Meta ha aceptado pagar esta semana a casi cincuenta estados norteamericanos por diseñar Instagram y Facebook para enganchar a menores, cerrando así, sin veredicto, el juicio que empezó hace ocho días en Oakland. Detrás del número hay algo que sí tiene cuerpo, toda una generación que ha entregado su infancia a un diseño pensado para no dejarla salir del todo. Un síntoma más del Estados Unidos que nos come el alma sin dejar nada de lo que tuvo de bueno.

No hubo condena. Hubo precio. Y esa diferencia, técnica para un jurista, es casi moral para un economista y un humanista. Meta ha decidido que es más barato pagar en diez años —y remodelar sus plataformas para menores con límites diarios de dos horas, pausas a los 15, 60 y 90 minutos, bloqueos nocturnos, verificación de edad, fin de los contadores de «me gusta»— que arriesgarse a que un jurado diga que sabía exactamente lo que hacía.

Y lo sabía. Y aquí me permito una herejía, muy personal. Empiezo a pensar que ese modelo —el que fabrica el hambre y después nos vende la cura, el que convierte hasta el duelo adolescente en métrica— se ha vuelto una referencia sin cultura, una manera de sacarnos el alma para devorarla con calma, de fabricar demonios en vida que ya ni siquiera saben vivir. Muy americano. No hablo de un país ni de su gente, que no tiene culpa, pero es el instrumento. Hablo de un modelo civilizatorio que confunde el apetito con el sentido y lo exporta al planeta entero como una cadena de montaje. Hoy son redes sociales, otro el blanqueamiento de drogas.

Esa arquitectura se diseñó para capturar la atención de un cerebro adolescente igual que un cigarrillo se diseñó para capturar el cuerpo. Ya se habla de «el momento tabaco» de las redes. Pero el matiz que el acuerdo no resuelve, y que preocupa más que la cifra, es que esto no es un problema de menores, es un problema de época. La sociología de la conducta suicida conoce desde hace medio siglo el efecto Werther —el contagio por imitación que Goethe desató sin querer y que un medio de masas puede multiplicar—. Un algoritmo que empuja contenido de autolesión no distingue trece años de cuarenta.

Son 15 años de un modelo de negocio con una externalidad negativa colosal —la salud mental de poblaciones enteras— sin precio en ningún balance. 17.000 millones son una anécdota frente a los 201.000 millones que Meta facturó el año pasado. Lo que importa es que, por primera vez, el mercado admite que esa atención tenía dueño. Basta ya de tratar la salud mental digital como un capítulo aparte de la economía. Es una partida del PIB que factura vidas.

Si uno quiere ser humanista, lo que arde no es el balance, es la trampa. Borges soñó una biblioteca infinita donde uno podía perderse sin encontrar sentido; el scroll infinito es esa biblioteca hecha algoritmo, sin última página. El diseño adictivo invierte ese don en condena. El viaje agota, y la promesa —cerrar la aplicación, aburrirse sin culpa— no llega nunca porque el sistema fue construido para que no llegara.

Por eso este acuerdo, siendo histórico, es apenas el principio de algo, y es necesario proponer, probar otras coas. Como que los límites de diseño dejen de ser condición de litigio infantil y se conviertan en norma de mercado para toda edad, como el cinturón de seguridad, exigible a quien venda atención humana. Que la próxima sentencia no distinga entre trece y cuarenta años, porque el algoritmo tampoco distingue.

Diecisiete mil millones no devolverán los atardeceres perdidos mirando una pantalla en vez de mirando el mundo. Pero si aprendemos a leer bien este acuerdo, tal vez empecemos a construir algo más valioso que cualquier indemnización: el derecho, tan antiguo y olvidado, a aburrirse en paz, a cualquier edad, lejos del apetito ajeno.

 Actualidad Económica // elmundo

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