En una calle de Sarajevo

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El político británico Norman Angell creyó en 1910 que una guerra en Europa carecía de incentivos. En una era industrial, la conquista de territorios -pensó- ya no era rentable porque dañaba gravemente las redes de valor entre países.

Sus ideas, plasmadas en La Gran Ilusión, fueron ridiculizadas tras el comienzo de la Gran Guerra, que dejó 40 millones de muertos entre 1914 y 1918. Las pulsiones del poder superan con creces los cálculos economicistas.

Muchas veces, la soberbia de la modernidad puede llevar a predicciones equivocadas. El fin de la Historia, que Francis Fukuyama anunció en 1992 con la llegada del mundo unipolar, antes del estallido de un mundo más fiero y fragmentado, recuerda a aquella exaltación de Angell, que veía un mundo más conectado comercialmente que nunca, más complejo y entrelazado, donde el conflicto se hacía impensable.

Ahora, cuando nos fascinan los avances de la inteligencia artificial y nos distrae una tormenta infinita de impulsos en las redes, podemos pensar que hemos entrado en una fase diferente, pero el historiador de la Universidad de Yale, Odd Arne Westad, en su libro The Coming Storm, detecta parecidos con el mundo previo a la Primera Guerra Mundial y aparca otros precedentes más manoseados, como los años 30 o la Guerra Fría.

Al asombro tecnológico se unen hoy cadenas de suministro mucho más complejas y delicadas que las de 1914, pero sometidas a tensiones y aranceles que recuerdan al mundo de hace 110 años.

También entonces grandes potencias rivalizaban por el control de sus vecindarios. Hoy son Estados Unidos, China y Rusia, principalmente. Antes, un Reino Unido con alcance global, una Alemania emergente y dos imperios decrépitos, Austria y Rusia, que trataban de controlar sus fronteras.

El profesor Westad compara a Washington con el Londres aún imperial, con un inmenso poder naval y comercial cada vez más disputado y disminuido; a Pekín con el ascenso germánico; y a Rusia con los estertores austrohúngaros, peligrosos e impredecibles.

Como el Reino Unido entonces, Estados Unidos recela de su papel de tutor y se lanza, con Trump en la Casa Blanca, a perseguir el interés más crudo.

Como a principios del siglo XX, el terrorismo, la inmigración o el sentimiento de abandono de quienes se sienten víctimas del cambio y la globalización están presentes en el debate político, y los avances científicos se traducen en una revolución militar. La capacidad destructiva de algunas armas -las químicas entonces, las nucleares ahora- puede llevar a pensar que todos tratarán de evitar el apocalipsis.

Hay muchos matices. Estados Unidos es hoy una superpotencia mejorada, con más capacidad de innovación que el Reino Unido de entonces, con una demografía más favorable, un mayor acceso a recursos energéticos y un poder militar sin parangón. Tampoco China ha desplegado, de momento, una agenda que pueda parecerse a la Prusia de Von Bismarck, pero sí ha incrementado su capacidad militar y nuclear en pocos años.

Las similitudes estructurales que repasa Westad encajan en el mundo de 2026, pero el autor también insiste en que nada está escrito. Un escenario peligroso puede resolverse positivamente si se encuentran puntos en común que minimicen las diferencias o acabar en desastre por la voluntad y los errores de cálculo de un puñado de líderes. La Historia se agita y se acelera en pequeñas curvas imprevistas, como un Gavrilo Princip en una calle de Sarajevo.

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