¿Por qué el Gobierno no hizo lo suficiente?¿Por qué no previó que podríamos enfrentarnos a una crisis migratoria nunca antes vista que ha puesto en riesgo la seguridad nacional, la integridad del territorio y el bienestar de 84.000 españoles aterrorizados? Leer ¿Por qué el Gobierno no hizo lo suficiente?¿Por qué no previó que podríamos enfrentarnos a una crisis migratoria nunca antes vista que ha puesto en riesgo la seguridad nacional, la integridad del territorio y el bienestar de 84.000 españoles aterrorizados? Leer
Los trenes que partían de Casablanca el pasado jueves rumbo a Tánger iban cargados de jóvenes que huían con lo puesto: en bañador y chanclas -y algunos con aletas-, preparados para echarse al mar y cruzar a Ceuta.
El efecto llamada llevaba días acumulando fuerzas en la frontera a la vista de todos. Se alertó en medios de comunicación y redes sociales, mientras las autoridades de Ceuta suplicaban ayuda a los cuatro vientos. Miles y miles de personas viajaban hacia Castillejos desde diferentes partes del país, y la noticia de las entradas, cada vez más voluminosas, ocupó los informativos de televisión durante varios días antes del gran asalto. ¿Por qué el Gobierno no hizo lo suficiente?¿Por qué no previó que podríamos enfrentarnos a una crisis migratoria nunca antes vista que ha puesto en riesgo la seguridad nacional, la integridad del territorio y el bienestar de 84.000 españoles aterrorizados? Es difícil encontrar una explicación más allá de la negligencia.
La cuestión de la responsabilidad del Gobierno de España es profundamente grave, como lo es la inacción, despreocupada o calculada, de nuestro vecino del sur, con quien la relación es siempre tan delicada como la manipulación de una caja de nitroglicerina.
El entreguismo de los últimos años no parece haber dado buenos resultados. Sin irnos demasiado atrás en la historia, el episodio Ghali -el líder del Polisario ingresado en secreto en un hospital españo-, que supuso entregar la cabeza de la ministra González Laya, y, antes, la invasión orquestada del territorio español en Ceuta por 10.000 personas en pocas horas desembocaron más tarde en la renuncia a la posición histórica de España y a su responsabilidad con el Sáhara Occidental para conceder a Marruecos una victoria de primer orden, a escondidas, respaldando el plan de autonomía de Rabat. Fue el propio Palacio Real marroquí quien desveló la carta que el presidente Sánchez había ocultado a los españoles. Aquella cesión, nunca explicada al detalle y jamás consensuada en el Congreso de los Diputados, supuso un giro radical que sigue sin entenderse.
Tras los avances marroquíes en el Sáhara, Rabat tiene otras metas: «Llegará el día en que vamos a reabrir el asunto de Ceuta y Melilla, territorios marroquíes como el Sáhara», dijo el primer ministro de Marruecos, Saadedine El Othmani, en 2020. Las ciudades autónomas nunca formaron parte del Reino de Marruecos y su españolidad está acreditada desde hace siglos. Una españolidad reafirmada por sus habitantes actuales, desamparados y sometidos a un estrangulamiento aduanero por parte de Marruecos que a las autoridades españolas no parece importar demasiado. Son, además, territorios críticos para España por la relevancia y la profundidad estratégica que proporcionan en el estrecho de Gibraltar, uno de los principales pasos comerciales del mundo.
Si la entrega a las tesis marroquíes en el Sáhara Occidental buscaba garantizar un comportamiento más fiable de Rabat, no parece que se hayan logrado los objetivos. A la vista de lo sucedido, puede que al otro lado de la frontera hayan leído aquella cesión como un signo de debilidad, como una puerta abierta a nuevas demandas ahora que Rabat ha acumulado un poderoso capital diplomático con el respaldo de EEUU, Israel, Emiratos Árabes y otros países del golfo Pérsico.
La gravedad del episodio de Ceuta revela una frontera vulnerable y desprotegida, la desidia histórica de los últimos gobiernos de España para reforzarla, la escasa fiabilidad que ofrece nuestro vecino del sur y su eficaz arsenal para la desestabilización desde la inferioridad. Buscado o no, deja otro efecto hiriente para nuestro país: su señalamiento en la Unión Europea por parte de 22 aliados a raíz de la política migratoria, con Italia y Dinamarca a la cabeza. La crisis ha logrado acentuar las fracturas internas y el Gobierno hace bien en protestar enérgicamente. Lo llamativo es que no haya empleado una parte de esa firmeza ante quien ha permitido, por incapacidad o voluntad propia, un gravísimo ataque a la integridad territorial de España y de la Unión Europea.
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