Heredar a los 55 en lugar de a los 35: cómo el envejecimiento está agrandando la brecha de riqueza entre generaciones

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El debate sobre la dificultad de los jóvenes españoles para formar un patrimonio económico suele centrarse en las causas de las que tenemos amplia información, como la emancipación tardía, los bajos salarios de entrada al mercado laboral y un mercado inmobiliario que exige un esfuerzo financiero muy considerable para acceder a la primera vivienda, ya sea en alquiler o propiedad. Sin embargo, hay un factor menos explorado que también podría estar agravando esa fractura generacional, el momento vital en el que llegan las herencias. Un estudio reciente de Fedea, firmado por J. Ignacio Conde-Ruiz (UCM/FEDEA) y Francisco García-Rodríguez (Universidad de Alcalá), ha arrojado luz al respecto.

El análisis utiliza los microdatos de la Encuesta Financiera de las Familias (EFF) del Banco de España, con ocho oleadas entre 2002 y 2022. Los datos revelan que el porcentaje de hogares que ha recibido alguna herencia ha pasado del 27% en 2002 al 50% en 2022, pero también que esas herencias llegan cada vez más tarde. Este retraso no afecta a todos por igual, puesto que son los hogares con menor nivel educativo los más penalizados.

De acuerdo con los resultados, en los años 70, los españoles recibían su primera herencia, de media, a los 35 años, un número que no ha parado de crecer hasta los 55 años en la actualidad. El envejecimiento poblacional es parcialmente responsable de ello, la esperanza de vida a los 65 años ha crecido desde 1985 de 16,5 a casi 22 años lo que, sumado a la edad temprana del primer hijo en esos años, hace que las cohortes actuales de herederos sean especialmente «tardías». Este retraso en la edad de la herencia tiene un efecto real, de acuerdo con las estimaciones del informe, cada año adicional de retraso en la recepción de la herencia está asociado a una reducción de aproximadamente un 2,25% en la riqueza neta acumulada a lo largo del ciclo vital. Dicho de otro modo, un retraso de una década equivale a perder en torno al 22% de la riqueza patrimonial.

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Pero el hallazgo más revelador del estudio no es solo que las herencias lleguen tarde, sino que ese retraso castiga de forma desigual según el nivel educativo del hogar. Para las familias cuya persona de referencia tiene estudios primarios, cada año adicional de espera de la primera herencia está asociado a una caída del 3,85% en la riqueza neta a lo largo del ciclo vital, mientras que, en hogares con educación secundaria, la penalización se sitúa en torno al 2%. Por último, entre los hogares con un nivel educativo más alto (universitario), el efecto es estadísticamente nulo, el momento en que llega la herencia apenas altera su trayectoria patrimonial a lo largo de su vida.

La explicación es intuitiva, los hogares con mayor formación disponen de alternativas de financiación, que incluyen el acceso al crédito, capacidad de ahorro o redes profesionales, que les permiten invertir y acumular patrimonio independientemente de cuándo llegue la herencia. Para quienes no tienen esa red de seguridad que aporta el capital humano, recibir una herencia a los 30 años, la edad en la que se necesita la entrada de un piso, o el arranque de un negocio, tiene un efecto radicalmente distinto a recibirlo a los 60, cuando las grandes decisiones económicas de la vida ya se han tomado. Los datos de la EFF permiten ir más allá de la riqueza agregada y observar cómo el calendario de la herencia condiciona decisiones concretas, como la probabilidad de ser propietario de la vivienda principal, poseer otros inmuebles y emprender un negocio. En los tres casos, heredar antes se asocia con una mayor probabilidad de alcanzar esos hitos, con la misma heterogeneidad por nivel educativo.

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Ante un escenario en el que las herencias llegan cada vez más tarde, una pregunta natural es si las familias pueden anticipar ese capital mediante donaciones en vida. En teoría, las transferencias inter vivos, ya sea con regalos, adelantos de herencia, ayudas para la entrada de un piso, que podrían compensar el coste del retraso. En la práctica, los datos de la EFF muestran que ese mecanismo existe, y favorece principalmente a los grupos de población con más patrimonio. Concretamente, la probabilidad de recibir una donación temprana es prácticamente nula en la mitad inferior de la distribución de riqueza y solo se dispara en los dos últimos deciles.

Es decir, quienes más se beneficiarían de recibir un capital pronto, los hogares con más restricciones de acceso al crédito son precisamente quienes menos acceso tienen a esa vía para compensar el retraso de la llegada de las herencias por el envejecimiento poblacional. Las familias acomodadas sí pueden adelantar recursos a sus hijos, protegiéndolos así de esa penalización. El resultado es una mayor desigualdad de riqueza por dos vías, el envejecimiento demográfico aplaza las herencias para todos, pero la única cobertura disponible frente a ese aplazamiento está concentrada en quienes ya parten con ventaja.

El estudio de Conde-Ruiz y García-Rodríguez introduce una nueva dimensión en el debate sobre la brecha patrimonial entre generaciones, no basta con saber cuánto se hereda, sino que es igualmente relevante cuándo se hereda. En una sociedad que envejece, el aplazamiento de las herencias debilita su capacidad para relajar restricciones de crédito, facilitar el acceso a la vivienda y posibilitar el emprendimiento, precisamente en las etapas de la vida en las que ese capital resulta más relevante. El efecto es especialmente severo para los hogares con menor formación, y cuyos progenitores tienen además un patrimonio menos líquido concentrado en vivienda, que no disponen de alternativas de financiación.

El mensaje de política económica que se desprende es claro, si el objetivo es atenuar la desigualdad intergeneracional de riqueza, sería pertinente considerar también la edad del receptor como variable relevante en el diseño fiscal, e incentivar las transferencias inter vivos tempranas entre familias que hoy no pueden permitirse ese adelanto. Para ello, la diversificación de la riqueza de las familias hacia activos financieros más líquidos que la vivienda o planes de pensiones, es una condición necesaria, especialmente en los tramos medios de la distribución de riqueza.

 Actualidad Económica // elmundo

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