Javier Cercas: “EL PAÍS no solo ha tolerado que escribiese contra su línea editorial, sino que lo ha estimulado”

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 Episodio especial en vídeo de ‘Hoy en EL PAÍS’ con la entrevista al escritor por la publicación de ‘El periódico de la democracia’  

A menudo pasan años hasta que los escritores pueden decidir qué y con quién publicar. Por eso sorprende que Javier Cercas, a sus 64 años, premiado y consagrado, haya aceptado un encargo a estas alturas de su carrera. Sin embargo, al conocer su trayectoria todo encaja: narrar la historia de EL PAÍS es, en el fondo, contar la suya.

Es lo que ha hecho en El periódico de la democracia (Random House), un libro que cuenta los primeros 50 años de este periódico, que se cumplen ahora, y estará a la venta en quioscos desde el próximo domingo 3 de mayo (en librerías, a partir del 7 de mayo). El mismo domingo, dentro de los actos del Festival EL PAÍS que se celebra en Matadero Madrid, el autor presentará su obra con el director del periódico, Jan Martínez Ahrens.

Este diario ha acompañado a Cercas desde su adolescencia. Lo fichó como cronista tras una noche de juerga y le hace disfrutar, asegura, hasta discrepando. Estaba tan claro que Cercas quería formar parte de sus páginas que, cuando todavía era un desconocido, en su casa sabían lo mucho que le importaba.

Pregunta. El periódico de la democracia empieza con una broma…

Respuesta. A principios de los noventa, tendría yo 30 años, me llamaron a casa. “¿Es usted Javier Cercas? Llamo de parte de EL PAÍS. Hemos pensado que podría colaborar con nosotros”. Yo empecé a balbucear. Me explicaron que ya me llamarían de la Redacción. Colgué y empecé a dar saltos por casa. Pensé: qué maravilla, el periódico donde escriben García Márquez, Vargas Llosa, Savater, el diario que le había plantado cara a los golpistas del 23-F, el que yo había leído toda mi vida. No daba crédito porque yo era un tipo totalmente desconocido, profesor en la Universidad de Girona. Había publicado un par de libros que habían leído mi madre y algunas de mis hermanas. Y entonces volvió a sonar el teléfono: era mi hermana Sofía. Le dije: “¿A que no sabes quién me acaba de llamar?”. Y me contestó: “Claro que lo sé, idiota. Es el Día de los Inocentes. Pero no te preocupes, algún día te llamarán”.

P. Su hermana supo dónde pinchar… ¿Desde cuándo lee periódicos? ¿Se compraban en su casa?

R. En la España de los setenta, en muchas familias de clase media no entraba el periódico en casa cada mañana. EL PAÍS fue el primero que compré personalmente. Tenía 14 o 15 años y se convirtió en mi periódico y en el de muchísima gente. Representaba la modernidad, la democracia, el europeísmo, la izquierda. Era periodismo, pero no solo, también era literatura y eran ideas. Además, tenía dos almas: por un lado, la seria, de periódico a la inglesa, que intentaba contar las cosas con objetividad. Javier Pradera ahí era muy importante. La eminencia gris, lo llamó Vázquez Montalbán. Por otro, el periódico mucho más gamberro, más literario, que representaba Umbral. Esas dos almas, la nocturna y la diurna, se combinaban.

P. La media de edad de los redactores entonces era de 29 años. ¿Se notaba un pulso entre promotores y periodistas?

R. Es muy curioso porque al principio el periódico iba a ser liberal, europeísta, pero razonablemente conservador. No era un periódico de izquierdas ni muchísimo menos. Se hablaba de él como el periódico de Manuel Fraga Iribarne. O sea, un señor franquista que quería de algún modo abrir el país a algo parecido a la democracia y luego fue durante muchos años líder de la derecha española. Lo que ocurrió es que quienes hacían el periódico sí eran gente muchísimo más progresista que la gente que ponía el dinero. Durante la primera época se da una tensión enorme entre ellos. Y ahí las personas clave fueron Juan Luis Cebrián y Jesús de Polanco, que llevaron el periódico a unas cotas totalmente insospechadas. Por eso me hace gracia cuando se dice que antes EL PAÍS era mucho más de izquierdas y ahora es más conservador. No es verdad. Lo que ha cambiado es el tiempo histórico y nuestra percepción. Eso intento explicarlo en el libro.

P. Vuelve al 23-F, al que dedicó Anatomía de un instante, para recalcar que el gran tabú del golpe fue que la gente no salió a la calle para defender la democracia.

R. Es duro decirlo. Es tremendo. Pero aquel día la gente no salió a la calle, los empresarios tampoco dijeron nada cuando el Parlamento español estaba secuestrado por golpistas y cuando la democracia parecía que iba a caer. La Conferencia Episcopal estaba reunida y se fue a casa. Los sindicatos se dedicaron a quemar papeles, los partidos políticos se callaron. Hubo un silencio total. ¿Había miedo? Por supuesto. El recuerdo de la Guerra Civil estaba vivísimo. Yo llegué a mi casa, mi madre me dijo que había un golpe de Estado y me fui a la universidad a ver qué pasaba. Tenía la cabeza llena de pajaritos y había una chica que me gustaba mucho. Llegué y no había nadie. Y EL PAÍS dio la cara. En el primer editorial decían: “Hay que salir a la calle”.

P. ¿A qué atribuye esa parálisis social?

R. Había una gran depresión democrática. Lo que se llamó el desencanto. Eso da más mérito todavía a la salida del periódico en aquel momento. Fue el primero y en la noche del 23-F fueron apareciendo siete editoriales. En el primero hay unas líneas que en realidad son una despedida. Los he leído luego y es realmente interesante cómo van evolucionando. Aquel primer editorial fue un gesto de resistencia real y con enorme riesgo.

P. ¿Se puede comparar con el aumento del desencanto hoy con la democracia?

R. Vivimos un momento de depresión democrática, eso es verdad. Pero no solo en España, en Occidente en general. Montaigne decía que la vida es ondulante, a veces sube y a veces baja. Ahora estamos en un momento de bajada, pero creo que no es comparable a aquel momento, porque entonces el bajón ocurría solo en España. Hoy la democracia está muchísimo más arraigada y, además, no se enfrenta a peligros tan evidentes, como el ejército. Tampoco hay terrorismo.

P. Le ha dedicado un libro a su relación con EL PAÍS, pero se define como un impostor en el periodismo.

R. Es que no soy periodista. Simplemente soy un lector que escribe en el periódico, pero no sé cómo funciona. He estado tres veces en la Redacción del periódico y mi relación con los directores ha sido mínima. Entré por puñetera casualidad. Empecé a decir tonterías en una fiesta. Agustí Fancelli, un tipo estupendo de EL PAÍS Cataluña [redactor jefe de Cultura y Opinión, fallecido en 2013], me escuchó decir barbaridades borracho, contar chistes… Cuando acabó la noche, me dijo: “Oye, ¿y tú por qué no me escribes crónicas?” Y empecé a escribir y a escribir. Entonces no tenía lectores, pero escribía lo que me daba la gana, con una libertad que sigo teniendo.

P. De hecho, ha escrito contra la línea editorial del periódico.

R. Muchas veces, y abiertamente. Y el periódico no solo lo ha tolerado, sino que lo ha estimulado. He escrito sobre temas muy controvertidos porque soy un ciudadano normal y corriente. La política es demasiado seria para dejarla en manos de los políticos. Por inclinaciones personales yo leo mucho la parte de opinión. A Fernando Vallespín, a Máriam Martínez-Bascuñán, y a otros articulistas con los que a veces estoy de acuerdo y a veces no. Pero no estar de acuerdo es incluso un estímulo mayor. He discutido con montones de articulistas de EL PAÍS porque justamente la civilización consiste en eso: tú piensas una cosa, yo pienso otra, e intentamos argumentar, pero seguimos siendo tan amigos o más. En el libro menciono los debates sobre la OTAN o la amnistía a los presos catalanes. Hubo posiciones opuestas y eso es buenísimo. Un periódico está en la calle, pero también es un espacio de debate intelectual. Debe tener gente que opine sobre los temas duros y controvertidos.

P. ¿Qué aprendió de aquella etapa como cronista?

R. Yo antes era un escritor de gabinete, muy encerrado en mí mismo, muy libresco. Y de pronto tuve que salir a la calle a contrastar la escritura con la realidad. Por ejemplo, a hablar con un limpiabotas boliviano en la Rambla. Aquello me obligó a una escritura más veloz, más transparente. Eso es dificilísimo. Tienes que contar cosas muy complejas de una manera muy rápida, sintética, que todo el mundo entienda.

P. Una de sus crónicas fue el embrión de Soldados de Salamina. Y precisamente fue un lector de EL PAÍS, Miquel Aguirre, quien le puso sobre la pista.

R. Un tipo fantástico, militante de Esquerra Republicana. Yo escribí una crónica sobre el final de la guerra, sobre Antonio Machado y sobre el fusilamiento de Sánchez Mazas cerca de Girona. Y recibí la carta de un señor que yo no conocía, historiador, que se llamaba Miquel Aguirre, que era de la zona. Conocía a gente que había estado con Sánchez Mazas. Ese fue el inicio de Soldados de Salamina. Aquellas crónicas del periódico fueron el taller de esa novela y me abrieron las puertas a una manera distinta de ver y practicar la literatura. Ya solo por eso mi gratitud al periódico es enorme.

P. La mayoría asociamos septiembre de 2001 con el atentado contra las Torres Gemelas y todo lo negativo que vino después, pero para usted esa época fue un trampolín.

R. Sí, Enrique Vila-Matas me escribió y me dijo que Vargas Llosa había hablado de mí. Me envió por fax su columna, que se había publicado un día antes en El Comercio de Perú, y que decía: Vargas Llosa desvela a Cercas. Soldados de Salamina estaba siendo un pequeño éxito, pero yo pensé: eso es que me desenmascara. Tuve miedo de que dijera: “Fíjense, menuda mierda de libro, qué mal está el mundo, ya no hay buena literatura”. Pero el artículo era tan increíblemente generoso… Yo a Vargas Llosa lo había leído toda la vida, pero no lo conocía de nada. Y le dio al libro una dimensión que no había tenido hasta entonces: me convirtió en un escritor profesional.

P. Otras novelas suyas también han nacido de columnas. ¿Las usa como laboratorio?

R. Sí, y como todos los laboratorios, a veces te explota en la cara. Pero un escritor tiene que arriesgar. Si no se la juega, no es un escritor.

P. Desde la crisis de 2008 se nota que la política empieza a ocupar más espacio en sus artículos. ¿Conscientemente?

R. La crisis de 2008 es la que define nuestro tiempo. Solo es comparable a la de 1929 y ha provocado algo que en cierto sentido es más peligroso que el fascismo: el nacionalpopulismo, cuyo símbolo ahora mismo es Trump en el poder. Puedes vivir en una torre de marfil mientras escribes, pero cuando acabas vuelves a ser un ciudadano normal. Y, como decía antes, la política es demasiado importante para dejarla solo en manos de los políticos. Yo no he militado en ningún partido. La gente me tiene por un escritor político, pero es absurdo. Mis columnas hablan de política como de tantas otras cosas. Es verdad que a partir de la crisis de 2008 la política se cuela en algunas, pero son relativamente pocas. Lo que pasa es que por algún motivo arman mucho ruido.

P. ¿Comparte ese reproche al periodismo de que se ocupa demasiado de lo que dicen los políticos y no tanto de lo que se habla en la calle?

R. Un buen periódico tiene que saber hacer las dos cosas. Tiene que explicar qué está pasando en Irán, que no está ocurriendo en nuestra calle, pero afecta a lo que está ocurriendo en nuestra calle. Pero también tiene que hablar de la vivienda. Yo, que no soy periodista pero escribo en un periódico y viajo mucho, no creo que en España se haga peor periodismo que fuera. ¿Que se podría bajar más a la calle? ¿Que se podría hacer mejor? Segurísimo. Tenemos cada día críticas que hacerle al periódico, pero como dijo el escritor mexicano y amigo mío Juan Villoro, el debate intelectual pasa por las páginas de EL PAÍS en España.

P. Cuenta que hubo un tiempo en que parecía que si algo no salía en EL PAÍS, no existía. ¿Eso le sigue pareciendo así o tenemos que asumir que las audiencias se han fragmentado?

R. Bueno, es que eso no lo digo yo, lo dice la gente, los propios enemigos, adversarios legítimos de EL PAÍS. Cuando salió el periódico, tuvo un éxito descomunal. La autoridad cultural que tenía, por ejemplo, era enorme. Y en gran parte la conserva. Es difícil comparar aquel momento con este. Aunque ahora existan redes sociales y nuevos medios y todas esas cosas que le hacen la competencia a la prensa tradicional, esta tiene una potencia enorme. Lo que aparece en EL PAÍS sigue marcando la agenda. Pero eso no hay que decirlo mucho para que a los que trabajáis ahí no os responsabilicen demasiado.

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