Ante una España que se consolida como una de los destinos de entrada europea para la trata de personas procedentes de Latinoamérica, los testimonios de Tatiana y Lola retratan el infierno de las redes de prostitución forzada en la Península Leer Ante una España que se consolida como una de los destinos de entrada europea para la trata de personas procedentes de Latinoamérica, los testimonios de Tatiana y Lola retratan el infierno de las redes de prostitución forzada en la Península Leer
A 12 años de que la Organización de las Naciones Unidas designara el 30 de julio como el Día Mundial contra la Trata de Personas, las cifras y testimonios de supervivientes demuestran que este fenómeno transnacional sigue expandiéndose y está lejos de erradicarse. Al recorrer cada continente y cruzar fronteras, las historias se repiten, casi siempre bajo escenarios similares y marcadas por un factor común: el engaño.
Desde una solicitud de amistad en redes sociales hasta una falsa oferta de empleo, estos son sólo algunos de los mecanismos que los perpetradores de este crimen utilizan para captar y someter a sus víctimas. Sin embargo, muchas veces el riesgo proviene de una mano amiga: un conocido que te ofrece viajar a otro continente para alcanzar ese sueño americano o sueño europeo.
«Uno llega con una ilusión que no tiene nada que ver con lo que te topas aquí. Yo llegué y no había nada. Solo estaba un club apartado de todo, y a su alrededor solo había tierra y árboles», cuenta Tatiana (nombre ficticio), una joven venezolana que a los 19 años cayó en una red de trata de personas que la trasladó desde Colombia hasta España.
Tatiana viajó bajo la falsa promesa de que trabajaría como camarera en un «bar de copas». Sin saberlo, había sido engañada, capturada y trasladada -los tres elementos que identifican legalmente la trata de seres humanos- hasta la región de Murcia. Al llegar a España, fue despojada de inmediato de todos sus documentos y, desde ese primer día, estuvo en «deuda».
Como ella, otras mujeres explotadas sexualmente eran obligadas a pagar un mínimo de 50 euros diarios para tener acceso a comida y otros servicios básicos como luz, llamadas e internet. En este entorno, donde constantemente eran trasladas de club en club, todo lo que necesitaban para el día a día tenía un precio.
«Ellos te daban preservativos y lubricantes, pero también te hacían comprarlos a través de una máquina en el club. De una u otra manera, siempre te quitaban dinero», relata la joven, quien recuerda haber acumulado una deuda de hasta 5.000 euros por conceptos que aún hoy desconoce.
El caso de Tatiana no es un hecho aislado. La base de datos global de la Counter Trafficking Data Collaborative (CTDC) registra más de 230.470 casos individuales en 199 países de explotación, abarcando 192 nacionalidades. Si bien a nivel global las víctimas de origen africano aún constituyen el flujo transfronterizo más numeroso según la UNODC, el panorama en España muestra una fuerte vinculación hacia el continente americano.
«Ahora mismo los países más importantes de entrada en España son Colombia, Venezuela, Brasil, Paraguay y Perú«, explica Rocío Mora, directora ejecutiva de APRAMP, organización que lucha por los derechos y la asistencia integral de las víctimas de explotación sexual. «El año pasado, alcanzamos a más de 7.037 personas a través de nuestras unidades móviles», añade.
En el continente americano, más de dos tercios de las víctimas de trata sufren explotación sexual. Más del 80% de las víctimas son mujeres y casi un tercio son menores de edad, de acuerdo con datos del CTDC. «Existe una demanda insaciable de carne fresca. Al cumplir los 25 años, pasan a ser mercancía prescindible», advierte Mora.
Por su parte, UNICEF señala que una de cada cuatro víctimas de trata detectadas a nivel mundial tiene menos de 18 años. «El 40% de las personas que atendemos afirma que comenzó a ser explotada cuando todavía era menor de edad», advierte su directora. «Hemos atendido a menores de apenas 12 años que, de forma literal, te repiten que lo único que quieren es jugar con una muñeca», comparte Begoña Arana, fundadora de Nuevo Hogar Betania, organización dedicada a la atención de colectivos vulnerables.
Mientras tanto, en Europa, la CTDC encuentra que mayoría de las víctimas detectadas son adultos, y la explotación laboral supera ligeramente a la sexual. Según el informe de progreso de la Comisión Europea para el periodo 2021-2022, las víctimas registradas en la Unión Europea aumentaron un 20,5%, siendo el 54% de ellas ciudadanas de fuera de la UE.
Muy similar a Tatiana es el caso de Lola (nombre ficticio), una superviviente colombiana que estuvo secuestrada durante cinco años por una red de trata en España. Su historia, como la de tantas otras, comenzó con una falsa oferta para realizar tareas domésticas. En busca de una mejor vida se arriesgó y subió al avión con todo pagado por sus captores. Al llegar, comenzó la pesadilla.
«Ustedes han venido aquí a prostituirse; tienen una deuda y la van a pagar», fue lo primero que escuchó Lola. «Te cobran multas por todo: por dejar el baño húmedo, por no tender bien la cama, o incluso si un cliente se queja después de haberte dado una paliza. Así, la deuda nunca termina de pagarse y siempre aumenta», relata.
Ya en España, la obligaron a vestirse con ropa provocativa. «Luego, un hombre salió de una habitación, nos miró y eligió: ‘tú’. Esa fue mi primera violación. Él era el encargado de decidir si la mercancía era buena o no. Ahí empezó el infierno», recuerda. Explotadas las 24 horas del día, los siete días de la semana, las camas eran de uso exclusivo para los clientes. Para ellas, el único descanso permitido eran apenas cinco minutos sentadas en una silla.
«Somos animales de costumbre. Cuando fui liberada, me ofrecieron una cama, pero hice lo mismo que hice durante cinco años: me senté en una silla a mirarla. Me daba terror quedarme dormida y despertar en otro club», confiesa sobre el trauma de sus primeros días en libertad. A diferencia de Tatiana, Lola no pudo planificar su huida; tras una filtración sobre una inminente redada policial, los tratantes la abandonaron en la calle sin dinero ni documentos.
En contraste con América, la mayor parte de las víctimas en Asia son sometidas a trata con fines de explotación laboral, principalmente en el ámbito doméstico, según datos del CTDC. Asimismo, la UNODC alerta sobre la expansión de la trata en Asia Oriental y Sudoriental, donde redes captan personas para confinarlas en complejos ilegales y obligarlas a realizar ciberestafas a gran escala.
«Lo que hemos visto en Camboya es la construcción de centros donde recluyen a personas del sudeste asiático. Las obligan a crear perfiles falsos en redes sociales para estafar a ciudadanos de Europa y Estados Unidos», explica Beatriz Martos, portavoz de Amnistía Internacional, quien destaca la preocupante digitalización de este delito.
En África, las víctimas se dividen en proporciones casi iguales entre hombres y mujeres, pero con un dato devastador: más de la mitad son niños. De hecho, las víctimas procedentes de África representan el flujo transfronterizo más numeroso a nivel global, constituyendo el 31% del total mundial, según la UNODC.
En Oriente Próximo, la explotación laboral se perpetúa bajo el régimen de la kafala. Este sistema afecta a trabajadoras domésticas que quedan sometidas a condiciones de semiesclavitud, trabajando más de 100 horas semanales sin descanso y, con frecuencia sin comida, detalla Martos.
La crudeza de esta deshumanización, latente en la explotación laboral, encuentra un paralelismo con la explotación sexual: «En sólo tres meses perdí mi flora vaginal. El médico se sorprendió de que me hubiera durado tanto, porque atendía un promedio de 100 a 150 hombres diarios. Tenía que trabajar con la zona vaginal anestesiada. Las palizas eran tan brutales que nos quebraban huesos y nos dejaban inconscientes en el suelo; nos daban de comer sólo si querían».
Para las supervivientes, cada día de retraso político prolonga un sufrimiento que no termina con la liberación física. «Quedamos como muñecas rotas», confiesa Lola al rememorar las huellas del cautiverio, evidenciando que la reconstrucción de sus vidas es un camino largo y doloroso que requiere apoyo integral. Además, la incertidumbre sobre el destino de quienes no corrieron con su misma suerte sigue siendo una herida abierta: «Hoy yo estoy contando mi historia pero no se lo que le pasó a las dos chicas que llegaron conmigo», recuerda. Mientras los casos aumentan y las redes se expanden, países receptores como España aún congelan legislaciones para combatir este crimen, como el anteproyecto para la Ley Orgánica Integral contra la Trata de Seres Humanos, lo que para organizaciones como Amnistía Internacional perpetua la permanencia de las cadenas que Lola y Tatiana lograron romper.
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