Los estudiantes inmigrantes redefinen la PAU: “No sueño con ser millonario ni famoso. Quiero poder mantenerme y ayudar a mi familia”

En la foto, Fahmida Miah, de Bangladés, y Juliet Machado, de Venezuela, en su instituto de Madrid a finales de mayo.

Unos 300.000 estudiantes se han enfrentado este año a la convocatoria ordinaria de la Prueba de Acceso a la Universidad, y una parte creciente de ellos pertenece a familias llegadas de fuera de la Unión Europea. En apenas una década, el número de alumnos extracomunitarios que se presentan a la Selectividad se ha duplicado. Han pasado de 7.000 a 14.000, de acuerdo con los datos más recientes del Sistema Integrado de Información Universitaria (SIIU). Muchos de ellos están esperando al 10 de julio para saber si han sido admitidos en la carrera de su elección.

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Juliet Machado, estudiante venezolana, en el Instituto de Educación Secundaria Vallecas I en Madrid.Fahmida Miah, de Bangladés, en un aula de su instituto.Fabricio Guerrero, de Honduras, sentado en un pupitre de su instituto.Juan Manuel Pérez, de Venezuela, en un aula del Instituto Las Musas en Madrid. Los alumnos extracomunitarios que hacen la Selectividad pasan de 7.000 a 14.000 en una década. Sus historias hablan de desarraigo, adaptación y de vidas nuevas  

Unos 300.000 estudiantes se han enfrentado este año a la convocatoria ordinaria de la Prueba de Acceso a la Universidad, y una parte creciente de ellos pertenece a familias llegadas de fuera de la Unión Europea. En apenas una década, el número de alumnos extracomunitarios que se presentan a la Selectividad se ha duplicado. Han pasado de 7.000 a 14.000, de acuerdo con los datos más recientes del Sistema Integrado de Información Universitaria (SIIU). Muchos de ellos están esperando al 10 de julio para saber si han sido admitidos en la carrera de su elección.

Las trayectorias de estos jóvenes atraviesan el desarraigo, la adaptación, pero también el peso de las expectativas de sus familias. EL PAÍS conversó con un par antes y con otros dos después de los exámenes. La verdadera prueba, cuentan, inició hace algunos años. Lo hizo en un aeropuerto de Venezuela o Bangladés. En diferentes lugares e idiomas, pero con una geografía emocional similar: el haber crecido conscientes de que su presente descansa sobre una cadena de sacrificios compartidos.

“Las comparaciones hacen daño”

Juliet Machado tenía 11 años cuando llegó a España desde Venezuela. Se estableció con su madre en el barrio de Vallecas. Esta estudiante de 17 años recuerda su llegada y la sensación de estar completamente fuera del juego: “Quinto y sexto de primaria fueron probablemente los peores años de mi vida. No sabía de qué hablaban mis compañeros, no conocía la música que escuchaban o las referencias que tenían”. Incluso su acento le parecía un problema. “Me daba vergüenza que se notara tanto que no era de aquí. Los niños pueden ser muy malvados”, comenta la alumna del instituto Vallecas I.

Hoy su experiencia ha cambiado y este año se ha preparado para enfrentar la PAU. En el aula de su instituto —con pupitres dobles y paredes amarillas— explica su rutina de preparación. “Todos los días estudio al menos tres asignaturas durante una hora y media o dos”.

Su método se basaba en el repaso. “Veo a muchos compañeros demasiado agobiados. Al final son exámenes que ya hemos hecho durante el curso”, dice. Esa tranquilidad, sin embargo, no es compartida por su familia. “Mi mamá me pregunta todos los días qué tal voy. Mi padre igual. Para él, esto es algo nuevo y está muy orgulloso”, comenta.

En Venezuela, su madre laboraba en un banco y tenía una iniciativa turística. Todo eso quedó atrás con la migración. Desde que llegó, ha trabajado en lo que ha podido. “Limpiando casas, atendiendo en bares”, enumera. Actualmente es teleoperadora en una empresa distribuidora de frutas y carnes. “Ha sacrificado muchísimas cosas para estar aquí. Lo ha hecho por mí y por mi futuro”, subraya.

Juliet quiere estudiar Comunicación Audiovisual y Cinematografía. La nota de corte ronda el 10, pero intenta no obsesionarse. “Las comparaciones hacen muchísimo daño. No tienes las mismas circunstancias ni la misma historia que otra persona”, afirma.

Miah y la primera generación en ir a la universidad

En el mismo instituto estudia Fahmida Miah, de 18 años. Nació en Bangladés, pero llegó a Madrid a los dos años. Ha crecido en Vallecas, aunque en casa sigue viviendo entre dos mundos. “Vine muy pequeña”, cuenta. Habla español, inglés y bengalí, la lengua de sus padres. “Aún no se han acostumbrado del todo al español”, cuenta.

Esa situación ha convertido a Fahmida y a sus dos hermanos en traductores improvisados. “La mayoría de las veces estoy con ellos en reuniones del colegio”, explica y cuenta que su padre trabaja como cocinero y su madre se dedica al hogar, como hacía en Bangladés. “Mi padre tenía una tienda de alimentación”, recuerda. Aspira a ser la segunda universitaria de la familia, después de su hermana mayor, que ya cursa un grado en Administración de Empresas.

Fahmida, que obtuvo un 6,26 de promedio, cuenta que su preparación ocupó gran parte de sus tardes. A las 15:30, cuando muchos compañeros descansaban, ella comenzaba su segunda jornada de estudio. Lo hacía hasta las ocho de la tarde. “Desde esa hora, ya no toco un libro”, dice. Su objetivo es un doble grado en Administración y Dirección de Empresas y Turismo.

A pesar de haber crecido en España, Bangladés sigue muy presente en su identidad. Las tradiciones se mantienen en el ámbito familiar y religioso. “Vamos a rezar a la mezquita, comemos juntos y después solemos salir a pasear”, relata cuando se le pregunta por un fin de semana cualquiera.

En el instituto convivió con un surtido grupo de nacionalidades y considera que esa diversidad ha sido una de las experiencias más enriquecedoras que ha tenido. “Te ayuda a ver las cosas de diferentes maneras. Creo que me ha hecho más abierta a otras perspectivas”, señala.

El Bachillerato y la residencia: una lucha a dos frentes

La llegada de Fabricio Guerrero es más reciente. Cuando subió a un avión en San Pedro Sula, Honduras, tenía 16 años. Viajaba solo. Su padre se había trasladado a Estados Unidos y su madre lo esperaba en España, a donde había emigrado hacía más de un lustro. En esta ciudad también estaba su hermana mayor, con quien había pasado los años en los que sus padres estaban fuera.

En aquel vuelo conoció a otro joven que también se mudaba a Madrid, muy cerca de su nuevo barrio: Carabanchel. Fue él quien le recomendó matricularse en el Instituto Parque Aluche, donde comenzaría Bachillerato. Han pasado dos años y medio desde entonces y, con 19, cierra esa etapa con un 11,9 de nota.

“Creo que me ha ido mejor en la PAU de lo que me fue en segundo de Bachillerato”, cuenta. Desde Semana Santa intensificó el repaso de Historia, Física y Química. El objetivo, dice, es ingresar al grado de Ingeniería Industrial.

Aunque ha construido nuevas amistades, reconoce que el vínculo es distinto. Y la adaptación académica también ha sido un reto. En Honduras estaba acostumbrado a un modelo distinto y a ello se sumó un proceso administrativo exigente.

Para obtener la residencia tuvo que compaginar el instituto con un curso obligatorio. “Fue estresante y agobiante”, recuerda. Durante meses, su tiempo libre prácticamente desapareció: “Llegaba a casa y tenía que repartir el tiempo entre estudiar y hacer las actividades del curso”.

Cuando imagina su futuro, afirma que lo hace pensando en un deseo: “No tengo el sueño de ser millonario ni famoso. Quiero tener solvencia, poder mantenerme y ayudar a mi familia”.

Una vía alternativa

José Manuel Pérez llevó el proceso con calma. Tiene 19 años, nació en Caracas y se mudó a Madrid en 2017, con 9. “Estudié la semana de antes y creo que las mejores notas que he sacado han sido ahí”, cuenta el estudiante del instituto de Las Musas, en el distrito madrileño de San Blas.

Su rutina consistía en unas horas de estudio por la mañana, un repaso después de comer y las tardes libres. El caso de José Manuel es diferente al de otros estudiantes que dependen de la nota de la Selectividad. Este joven quiere apostar por la Formación Profesional, un modelo que no necesita la PAU si se viene de Bachillerato.

Quiere estudiar un grado superior de Desarrollo de Aplicaciones Multiplataforma, una formación orientada a la informática y la programación, la misma que estudió su hermano mayor. “Creo que encaja más con cómo soy yo. No me gusta tanto estudiar y me gustaría trabajar antes”, afirma el postulante que obtuvo un 9,86 de promedio.

Aunque sus padres siempre han visto con buenos ojos la universidad, nunca le han impuesto ese camino. “Están felices por nosotros”, afirma. Y dice que mientras él ha adoptado expresiones y costumbres de su nueva ciudad, ellos mantienen muchos vínculos culturales con Venezuela. De hecho, buena parte de su familia vive también en la capital española. “Siguen escuchando la misma música y seguimos comiendo prácticamente lo mismo”, relata.

La antropóloga social Estefanía Acién, especializada en migraciones, género y derechos humanos, considera que el sistema educativo ha desempeñado un papel decisivo en los procesos de integración de estos jóvenes. “Muchas veces, las medidas que no acomete el propio Estado las hace la escuela”, afirma.

Aun así, Acién recuerda que las trayectorias formativas de muchos siguen condicionadas por desigualdades propias de contextos adversos. “La educación pública es una herramienta estupenda para corregir las desigualdades estructurales. Puede ser una oportunidad porque tiene que estar al alcance de todos y de todas”, señala la socióloga.

Que el número de postulantes extracomunitarios a la convocatoria ordinaria de la PAU (a la espera aún de la extraordinaria) se haya duplicado es, a sus ojos, “una fotografía” de la evolución demográfica de España y de las grandes oleadas migratorias que comenzaron a consolidarse hace más de dos décadas.

España supera ya los 10 millones de residentes con nacionalidad extranjera, según los datos de enero de 2026 del Instituto Nacional de Estadística (INE). Una cifra inédita. “La cultura jamás ha sido única. Si hay algo que la caracteriza es que cambia y se mezcla constantemente. Pensar que en España siempre hemos sido una cultura homogénea es un absurdo”, sostiene Acién. El reto, apunta, consiste en asumirlo como parte de la sociedad: “Lo mejor que podemos hacer es aceptarlo como la realidad que es y dedicar recursos para gestionarlo”.

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