
La actual huelga indefinida del profesorado valenciano es un hito sin precedentes en la historia reciente. En la educación valenciana no se había vivido una protesta de estas dimensiones en casi cuarenta años, a pesar del progresivo abandono y la privatización que ha sufrido la escuela pública durante las últimas décadas. La clave de este movimiento radica en su carácter indefinido: ha superado ya las dos semanas de duración con un seguimiento elevado y una gran implantación en todos los centros públicos, desde Infantil hasta Bachillerato y Formación Profesional. Además, el profesorado valenciano ha conseguido interpelar a amplios sectores de la sociedad que muestran simpatía por su lucha, como se ha demostrado en la gran manifestación del pasado 23 de mayo y en las cajas de resistencia que se nutren del apoyo social externo.
Los recortes, las ratios imposibles, las infraestructuras peligrosas y el enorme desgaste profesional del sector son las principales reivindicaciones
La actual huelga indefinida del profesorado valenciano es un hito sin precedentes en la historia reciente. En la educación valenciana no se había vivido una protesta de estas dimensiones en casi cuarenta años, a pesar del progresivo abandono y la privatización que ha sufrido la escuela pública durante las últimas décadas. La clave de este movimiento radica en su carácter indefinido: ha superado ya las dos semanas de duración con un seguimiento elevado y una gran implantación en todos los centros públicos, desde Infantil hasta Bachillerato y Formación Profesional. Además, el profesorado valenciano ha conseguido interpelar a amplios sectores de la sociedad que muestran simpatía por su lucha, como se ha demostrado en la gran manifestación del pasado 23 de mayo y en las cajas de resistencia que se nutren del apoyo social externo.
La Conselleria de Educación —encabezada por Carmen Ortí y Daniel McEvoy— desestima las demandas del profesorado alegando imposibilidad económica, mientras la Generalitat rechaza el nuevo modelo de financiación del Gobierno que podría incrementar significativamente sus recursos. Asimismo, la administración autonómica destina 72 millones de euros en conciertos a colegios vinculados al Opus Dei que segregan por sexo. Todo esto mientras suprime cerca de 200 grupos solo en Formación Profesional para el próximo curso, en áreas clave como Informática, Comercio o Administración. Ante la reducción de plazas públicas, la alternativa privada implica un coste sustancial, con matrículas que oscilan entre 2.500 y 4.500 euros por año académico y que no son accesibles para la educación de la clase trabajadora valenciana. Estas contradicciones, sumadas a la falta de un plan rector por parte de Ortí, han llevado al profesorado a un punto de no retorno en el que el sacrificio personal de los profesionales ya no debe ejercer de dique de contención frente a la incompetencia política y a la gestión desnortada.
A pesar de perder una media de 150 euros diarios por cada huelguista (la Conselleria se ha ahorrado más de 43,3 millones de euros hasta ahora), el colectivo ha rechazado la propuesta de Carmen Ortí. Aunque una de las demandas es la recuperación del poder adquisitivo perdido —porque los salarios llevan 19 años congelados— no es el elemento central de la huelga. Las reivindicaciones se focalizan en la dignificación de la educación pública: contra los recortes inminentes, las ratios imposibles, las infraestructuras peligrosas y el enorme desgaste profesional del sector —con cuadros de burnout que derivan en un alto consumo de psicofármacos—; en definitiva, la lucha por la enseñanza de calidad.
El pulso en la negociación se mantiene activo, pues el profesorado ha evidenciado su capacidad de resistencia tras varias semanas de desgaste económico, emocional e incluso físico. Y este es uno de los grandes secretos. Los días de huelga no son de vacaciones. Los días de huelga son de lucha frenética. La actividad es incesante: asambleas preparatorias, acciones locales en los centros, horas de presión bajo el sol a las puertas de la Conselleria y de sus delegaciones territoriales, manifestaciones kilométricas con columnas descentralizadas que desembocan en mareas verdes y encuentros lúdicos con el alumnado y las familias. A todo ello cabe sumar la tensión de seguir minuto a minuto unas negociaciones entre los sindicatos y la administración que se pueden alargar hasta la madrugada. Pese a ello, otra de las grandes claves es que impera un estado de ánimo de euforia, de motivación y de orgullo generados por la fuerza colectiva de una causa digna.
De hecho, la organización de esta huelga ha nacido de las bases de cada escuela e instituto junto con los sindicatos, que mantienen un trabajo incesante y la unidad en la lucha por encima de sus diferencias ideológicas. Las pequeñas asambleas se coordinan a nivel local o comarcal a través de la Coordinació d’Assemblees Docents del País Valencià y con el impulso de la Plataforma de Docents en Lluita. Así, se combinan mareas verdes gigantescas de decenas de miles de personas en la capital con protestas descentralizadas que llegan a cada pueblo y plaza, donde se palpa el apoyo de la sociedad valenciana. Paralelamente, los equipos directivos han unido sus fuerzas al profesorado presentando más de 260 dimisiones en bloque, y fueron recibidos como héroes cuando entregaban sus ceses formalmente a la administración. El colectivo ha provocado un pulso sin parangón que amenaza con colapsar la gestión del final de curso.
Por último, el alumnado valenciano merece una mención especial en este episodio histórico. A pesar de que la Conselleria ha tratado de instrumentalizar a los estudiantes y a las familias para desacreditar la huelga, el respaldo de la comunidad educativa es evidente. De hecho, la manifestación más numerosa ha sido la del sábado 23 de mayo, convocada por las principales organizaciones de familias y asociaciones de madres y padres, de sobra conocedoras del deterioro de la educación de sus hijos e hijas.
Una de las principales lecciones que los docentes y las familias están enseñando a los jóvenes es la necesidad de implicarse en la transformación de la sociedad. A través de su propia participación, la juventud está experimentando cómo la lucha puede mejorar sus condiciones vitales. Al aportar sus instrumentos musicales a las bandas que tocan en las protestas, acudir a las actividades de apoyo a la huelga, compartir en sus redes sociales el deterioro de sus centros y movilizarse de múltiples formas, interiorizan que la educación pública es un bien común que requiere ser defendido.
Mientras que la generación del 15M y la Primavera Valenciana está teniendo un enorme protagonismo en la huelga indefinida, la generación que se está educando en esta lucha histórica tendrá que enfrentar sus propios desafíos en el futuro. No cabe duda de que esta explosión colectiva les servirá de herramienta para los retos del mañana. En definitiva, la historia no ha acabado; la historia sigue en marcha.
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