El decreto de vivienda dice proteger a los inquilinos, pero se olvida de quienes buscan un hogar y de quienes se lo alquilan: personas corrientes con uno o dos pisos Leer El decreto de vivienda dice proteger a los inquilinos, pero se olvida de quienes buscan un hogar y de quienes se lo alquilan: personas corrientes con uno o dos pisos Leer
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El decreto de vivienda se olvida tanto de quienes necesitan acceder al mercado del alquiler como de quienes les alquilan el piso. Detrás de la mayoría de esos pisos hay una señora que heredó la casa de su madre, un jubilado que compró dos con el ahorro de media vida o un matrimonio que alquila para pagar la carrera de la hija. Personas corrientes que sostienen el alquiler en España.
El decreto de vivienda prometía protegerlos. No lo cumple. Solo hay una excepción: quien tiene dos pisos o menos se libra de la suspensión de desahucios. Enhorabuena. Es lo único de lo que se libra.
Porque después empieza la fiesta. Imagine que el contrato se acaba y quiere recuperar su piso: no puede, la ley lo prorroga hasta dos años en las mismas condiciones. Imagine ahora que el inquilino quiere irse a los seis meses, aunque firmara cinco años: puede, y sin indemnización. Uno queda atado; el otro, libre. Es un matrimonio en el que solo uno puede pedir el divorcio.
Y hay más detalles. Seguro de impago, no. El IBI lo paga usted y ya no puede repercutirlo. ¿Se rompe algo y tarda más de quince días en contestar? El inquilino llama al fontanero y se lo descuenta de la renta. ¿Se va y no firma el documento de entrega? La ley entiende que dejó el piso en buen estado. En este juego, quien no firma, gana. ¿Y todo esto es temporal? Solo la prórroga y la suspensión de desahucios. Lo demás se queda para siempre.
¿Qué hará el casero? Lo que haría usted: hacer cuentas. Y las cuentas dicen que es más cómodo no renovar, vender o dejar el piso cerrado que jugar una partida en la que las reglas cambian a mitad de juego. Es la gran paradoja del decreto: para proteger al inquilino de hoy, se echa del mercado el piso que necesitará el de mañana.
Y ese piso hace falta. Lo necesita el joven que quiere independizarse sin esperar a cumplir los treinta y tantos. Lo necesitan la enfermera que llega destinada a otra ciudad, el maestro, la policía o el cuidador: quienes sostienen los servicios públicos y no encuentran dónde vivir cerca de donde trabajan. Lo necesitan las empresas, que no atraen ni retienen talento si el talento no tiene dónde dormir. Un país que no puede mover a su gente no es competitivo. Y un país serio cuida a quienes ponen su vivienda al servicio de los demás, en lugar de ahuyentarlos.
El alquiler asequible no se decreta, se produce. Se produce con un verdadero parque de vivienda pública y una inversión a la altura del reto, similar a la de los países de nuestro entorno; con seguridad jurídica para quien alquila; y con normas técnicas, negociadas con las comunidades autónomas y con amplio consenso. El escudo social no puede ser el propietario. Quien alquila su piso no es el enemigo de los jóvenes: es, hoy por hoy, quien les da un techo. Convendría no descubrirlo cuando ya no quede nadie que alquile.
Helena Beunza, fue secretaria general de vivienda del PSOE en el gobierno de Pedro Sánchez y ahora es presidenta de ASVAL (Asociación de Propietarios de Vivienda en Alquiler).
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