Se ha ido Edgar Morin

A mi amigo Edgar, yo lo llamaba “inmortal”; el dolor que me ha causado la noticia de su fallecimiento, a una edad tan venerable, 104 años, digna de los profetas de la Biblia, es tan agudo como si le hubiera sobrevenido inesperadamente a los 50. Edgar estaba hecho de ese material puro y poco común de las grandes mentes, gracias —según repetía a menudo a sus amigos— a que siempre vivió según este sencillo adagio heredado de la gran sabiduría antigua: “Nada humano me es ajeno” (Terencio). Conoció las alegrías y las angustias del siglo XX y de esta primera mitad del XXI, siempre con la misma curiosidad, el amor por los seres humanos, una profunda tolerancia, altura de miras sobre las cuestiones que involucran al hombre en su relación con el mundo; pero también la amargura ante el avance inexorable de la barbarie, la exclusión, el antisemitismo, el racismo y el sufrimiento infinito de los pueblos mártires —entre ellos los palestinos, por quienes no dejó de dar testimonio—, víctimas expiatorias del poder destructor de los más fuertes.

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 Fue el último gran pensador de la Ilustración en esta época de especializaciones mutiladoras, en la que se sustituyen los valores de la humanidad por las categorías de la eficacia  

A mi amigo Edgar, yo lo llamaba “inmortal”; el dolor que me ha causado la noticia de su fallecimiento, a una edad tan venerable, 104 años, digna de los profetas de la Biblia, es tan agudo como si le hubiera sobrevenido inesperadamente a los 50. Edgar estaba hecho de ese material puro y poco común de las grandes mentes, gracias —según repetía a menudo a sus amigos— a que siempre vivió según este sencillo adagio heredado de la gran sabiduría antigua: “Nada humano me es ajeno” (Terencio). Conoció las alegrías y las angustias del siglo XX y de esta primera mitad del XXI, siempre con la misma curiosidad, el amor por los seres humanos, una profunda tolerancia, altura de miras sobre las cuestiones que involucran al hombre en su relación con el mundo; pero también la amargura ante el avance inexorable de la barbarie, la exclusión, el antisemitismo, el racismo y el sufrimiento infinito de los pueblos mártires —entre ellos los palestinos, por quienes no dejó de dar testimonio—, víctimas expiatorias del poder destructor de los más fuertes.

Podríamos glosar hasta el infinito su obra inmensa y polifacética, que abarca desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy y toca prácticamente todas las facetas del saber —sociología, filosofía, epistemología, ensayos, ética, ecología y otras—; pero sería en vano, porque ninguna interpretación parcial abordaría todo su sentido ni toda su originalidad. Solo el tiempo, es decir, la historia, seleccionará y revelará lo que en el futuro seguirá siendo un momento fundamental de la creación intelectual. Porque Edgar, y así lo escribí en el número especial que la revista L’Herne le dedicó en 2016, fue quizá el último gran pensador de la Ilustración en esta época de especializaciones mutiladoras, en la que se sustituyen los valores de la humanidad por las categorías de la eficacia: una civilización en formación en la que el hombre es un medio —no un fin— para el hombre.

Francés por su biografía, se consideraba también un “marrano” español, con una familia a la que habían expulsado por ser judíos en la época de las grandes persecuciones y que vagó por la costa norte del Mediterráneo hasta Italia, Grecia e incluso Turquía, pero siempre, decía, con España en el corazón. Y por eso, como ejemplo paradigmático de la fusión identitaria más allá de la historia, me sugirió —lo confieso aquí— que, dadas mis raíces en el país de Cervantes, le ayudara a adquirir la nacionalidad española. No pudo ser por falta de perseverancia, pero esto me sirve para recordar la alegría que sentíamos, a mediados de los años noventa, cuando teníamos que pronunciar conferencias, por ejemplo, a invitación del profesor Javier de Lucas en la Universidad de Valencia; los abundantes honores que le rendían las universidades catalanas y el júbilo que le causaba aludir a sus múltiples identidades: “Si mis genes pudieran hablar —declaró con ocasión de un premio que le otorgó la ciudad de Barcelona—, les dirían que ante todo soy, de los pies a la cabeza, mediterráneo”. Tenía razón: vuelvo a verlo bailando en un crucero que hicimos por el Nilo y cantando su reencuentro con esta tierra egipcia. Como buen universalista, también se encontraba así en toda Latinoamérica, donde se sentía como en casa. Y no es casualidad que, después de llorar la pérdida de su esposa Edwige a principios de los dos mil, al final recuperase la alegría entre París, Montpellier y Marraquech, rodeado y protegido por el amor y la complicidad intelectual de su última esposa marroquí, Sabah.

Así estamos, Edgar: nos has dejado, pero te has asegurado de que no quedáramos desamparados, porque tu ejemplo y tu obra seguirán guiándonos en la defensa de los valores humanos; y, si tuviéramos que resumir tu legado en una sola frase para contárselo a las nuevas generaciones, más allá de tu grandeza intelectual, bastarían estas palabras: “Era un hombre justo”.

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