Trabajadores digitales del mundo, uníos (bajo la batuta de Maisa)

Esta ‘scaleup’ valenciana huele a unicornio y tiene un producto único para ejecutar tareas con IA sin alucinaciones. Leer Esta ‘scaleup’ valenciana huele a unicornio y tiene un producto único para ejecutar tareas con IA sin alucinaciones. Leer  

Es inevitable acordarse del cineasta canadiense David Cronenberg cuando David Villalón, CEO de Maisa AI, muestra en su móvil una imagen de lo que parece una medusa púrpura junto a un ordenador. En realidad se trata de uno de los 59 computadores que la estadounidense Truffle ha puesto en el mercado en todo el mundo. El concepto que subyace en sus dispositivos es sutilmente revolucionario, como si se tratase de una de las escenas iniciales de Hijos de los Hombres (Alfonso Cuarón, 2006), pues estos dispositivos, explica Villalón, cuentan con una GPU optimizada para correr modelos de IA, carecen de pantalla y se conectan al ordenador principal vía bluetooth para garantizar el acceso a la herramienta de moda «incluso si se va la luz».

Maisa imprime a su producto esa misma visión diferencial. El tándem fundador compuesto por Villalón y Manu Romero, autor de más de 600 modelos de código abierto y capaz de lograr más descargas que la propia Mistral, propone al mercado una solución única: desplegar trabajadores digitales en sectores regulados (banca, seguros, energía), entrenados para ejecutar tareas end to end de forma trazable -y, por lo tanto, auditable-, libres de alucinaciones y sometidos al control de una aplicación (checker) que la propia scaleup aporta para supervisar el desempeño.

«Hay que asumir que el LLM [gran modelo de lenguaje] siempre te está mintiendo. El mercado comete el error de usarlo como fuente de verdad», alerta Villalón antes de probar su tesis con una consulta rápida a ChatGPT. Le plantea a la máquina una multiplicación de varios dígitos, la máquina piensa brevemente y responde y después el emprendedor radicado en Valencia saca su propia calculadora, introduce los mismos números y obtiene una cifra que baila en los decimales respecto a la oficial. «Si esto sucede con una misión rutinaria, imagina cuando el encargo se materializa en sectores regulados donde el margen de error es cero».

Para evitar el desliz, Maisa obliga a sus trabajadores digitales («preferimos esa palabra a la de agente») a que todo lo que hagan se base en código. «El error de código se puede detectar, no es un invento de la IA como las alucinaciones. Se escribe código, se valida, y en base a la línea validada se escribe la siguiente línea de código. Además, el humano controla ese entorno y le dice al trabajador/agente cuáles son sus límites y a qué información puede acceder. Maisa no vende un chatbot, ni una charla con el chatbot: es un software que ejecuta software para entregar valor al cliente».

Dice Villalón que su checker es «muy puntilloso» y fue concebido para «resolver problemas casi efímeros». Así se entiende que siete grandes corporaciones confíen en la scaleup (sus nombres se desvelan tras el verano), que la plantilla ronde las 70 personas y vaya a doblarse antes de 2027, que la gestora sueca Creandum liderase en agosto de 2025 una ronda de 21,4 millones de euros o que a lo largo del presente ejercicio se abran oficinas en Madrid, Barcelona, Dallas, Miami y Londres. «Hemos llevado múltiples casos de uso a producción», preludia el emprendedor. Caben tantas posibilidades como la empresa en cuestión plantee: desde la verificación de la documentación necesaria para aprobar el crédito de un coche, hasta los cierres contables o la gestión de impuestos, pasando por el control de horarios y el pago de horas extra en plantillas extensas o la comparativa entre los tickets generados en un parking y la información que recogen las cámaras de seguridad. «No es una automatización, sino una delegación de funciones. Es como si contratase a un humano como mi secretario. Igual que él, el trabajador digital se adapta a las circunstancias, mejora poco a poco su rendimiento y es capaz de destapar situaciones en las que yo no habría caído».

El secreto está en la charla. Cuando Steve Jobs desveló el primer iPhone y la gente comenzó a comprarlo, el nivel de sofisticación del aparato era tan obvio que la propia Apple invitaba al usuario a visitar una de sus tiendas para que un dependiente le explicase allí todos los trucos y secretos. Maisa sigue una estrategia similar y acompaña a la empresa durante el debut de los dos o tres primeros trabajadores digitales hasta asegurarse de que acontece ese cambio de chip que lleva a los equipos a comprender las posibilidades que encierra esta tecnología. «Ahora abrimos la ventana a tiques más bajos [compañías de entre 500 y 1.500 trabajadores] y ahí seguiremos el método 1-3-6: una semana para tener al primer worker, tres semanas de testeo y seis semanas para superar el periodo de prueba y acometer tareas. La clave está en saber que al trabajador digital hay que hablarle no como a un técnico, sino como a un humano».

Podría sugerirse que la aproximación de Maisa rompe el discurso que atribuye a la IA el papel de devoradora de empleos. Aquí emerge más bien una simbiosis. Esto opina Villalón: «En primer lugar, y en contra de lo pronosticado, se están creando muchos más puestos para programadores. En segundo lugar, las empresas, en lugar de despedir, están reubicando sus recursos humanos en aquellas áreas donde más aportan (soft skills y colaboración con las aplicaciones basadas en IA). Y, en tercer lugar, Goldman Sachs estima en 300 millones los trabajos afectados, pero sin equiparar esa palabra al despido, y Anthropic admite que el impacto laboral, siendo innegable, no depara un horizonte tan negro como lo pintan».

Sabe mucho Villalón y por eso conviene preguntarle por los world models, la megavisión de Yann LeCun, que acaba de levantar la friolera de 1.000 millones para AMI Labs. Si los LLM se entrenan con datos aportados por los humanos, los world models permiten a la IA entrenarse con toda una red de sensores conectados al mundo, de modo que resulte mucho más fácil comprenderlo y lanzar predicciones. «No existe un solo camino hacia la inteligencia artificial general. Es más un conjunto bien orquestado, igual que el ser humano, y en ese conjunto habrá distintas capas, como si combinásemos las piezas de un Lego. Yo soy optimista. En los próximos 15 años vamos a evolucionar más que en los dos últimos siglos».

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