¡Viva la caída de los influencers!

Ojo que igual a los influencers que viven del cuento se les acaba el chollo. Sus seguidores se han hartado de que les vendan la moto, disfrazando publicidad ramplona de contenido. Parece que está dejando de hacer gracia ver en el móvil desde el curro esas vidas idílicas de eternas vacaciones gratis y que encima protesten porque compartirlo en redes es que es un trabajazo. Por eso los mismos seguidores que con sus likes les permitieron vivir del cuento ahora han iniciado una enmienda a la totalidad haciendo unfollow que yo aplaudo hasta con las orejas.

Es que no tiene ni pies ni cabeza que millones de chavales sigan a gente que no se sacó ni la ESO y que opina con la misma rotundidad de cómo combinar un bolso que de geopolítica. No todas las opiniones son igual de válidas y ni mucho menos todas merecen un altavoz. Y sé que no todos son como el Xokas y la Pombo, también hay buenos divulgadores que no deberían darse por aludidos. Pero lo que sí les pasa a todos es que, en cuanto empiezan a petarlo, pierden la espontaneidad, empaquetan el contenido y, zas, publi que te cuelan.

En 2025 esa subió un 73% en TikTok y un 45% en Instagram, recortando a machete la credibilidad de los creadores. Normal porque el contenido por sí solo no parece rentable y aquí todo el mundo tiene derecho a llevarse lo suyo. El problema es que el precio puede ser la autoestima de los chavales.

Según un estudio, los menores de 12 a 18 años muestran niveles de bienestar mucho más bajos si pasan de las cinco horas diarias en redes sociales (de lo que nos ocurre a los mayores no he encontrado datos, pero fijo que tampoco nos libramos). A esa edad, para tener la autoestima en tu sitio antes bastaba con conseguir la validación de los amigos del cole, que no era fácil. Ahora hay que sumar la que dan los likes de unas redes dominadas por un montón de influencers que te recuerdan en cada reel, con dosis de falsa humildad, que tú no eres tan especial como ellos. Es de juzgado de guardia.

Pero que esto de la caída de los influencers se va a quedar en agua de borrajas. Desde que saltó la liebre, han aparecido un montón de influs hablando del asunto, todos siendo supercríticos y haciendo como si la cosa no fuera con ellos porque son «distintos». Ya hay tantos reels del tema que la crisis es un trend más con el que rascar seguidores.

Igual ponen algo de freno al descalabro influencer sentencias como las de hace unos días en EEUU, que condena a Meta a pagar más de quinientos millones por perjudicar el bienestar de los menores. Pero lo que de verdad urge para cambiar la historia es algo que nuestra generación se saltó: educación digital.

No podemos darle un móvil a un chaval con el pensamiento crítico en construcción sin explicarle que lo que va a ver ahí está milimétricamente producido. Empecemos por dar ejemplo, que se supone que los mayores sí tenemos criterio para no hacer famoso a quien da dos dedos de frente. Y ojo que tampoco se trata de demonizarlo todo, rescatemos lo que hay de positivo en las redes, influencers válidos incluidos.

La publi no puede emponzoñarlo todo y las plataformas no pueden siempre lavarse las manos. Y, sobre todo, enseñémosles a los chavales que tu valor no lo determinan los likes y que el único sitio en el que de verdad te tienen que seguir es en tu casa.

 La autoestima de los jóvenes peligra desde que en las redes sociales se pueden seguir las falsas vidas idílicas de los influencers.  

Ojo que igual a los influencers que viven del cuento se les acaba el chollo. Sus seguidores se han hartado de que les vendan la moto, disfrazando publicidad ramplona de contenido. Parece que está dejando de hacer gracia ver en el móvil desde el curro esas vidas idílicas de eternas vacaciones gratis y que encima protesten porque compartirlo en redes es que es un trabajazo. Por eso los mismos seguidores que con sus likes les permitieron vivir del cuento ahora han iniciado una enmienda a la totalidad haciendo unfollow que yo aplaudo hasta con las orejas.

Es que no tiene ni pies ni cabeza que millones de chavales sigan a gente que no se sacó ni la ESO y que opina con la misma rotundidad de cómo combinar un bolso que de geopolítica. No todas las opiniones son igual de válidas y ni mucho menos todas merecen un altavoz. Y sé que no todos son como el Xokas y la Pombo, también hay buenos divulgadores que no deberían darse por aludidos. Pero lo que sí les pasa a todos es que, en cuanto empiezan a petarlo, pierden la espontaneidad, empaquetan el contenido y, zas, publi que te cuelan. En 2025 esa subió un 73% en TikTok y un 45% en Instagram, recortando a machete la credibilidad de los creadores. Normal porque el contenido por sí solo no parece rentable y aquí todo el mundo tiene derecho a llevarse lo suyo. El problema es que el precio puede ser la autoestima de los chavales. Según un estudio, los menores de 12 a 18 años muestran niveles de bienestar mucho más bajos si pasan de las cinco horas diarias en redes sociales (de lo que nos ocurre a los mayores no he encontrado datos, pero fijo que tampoco nos libramos). A esa edad, para tener la autoestima en tu sitio antes bastaba con conseguir la validación de los amigos del cole, que no era fácil. Ahora hay que sumar la que dan los likes de unas redes dominadas por un montón de influencers que te recuerdan en cada reel, con dosis de falsa humildad, que tú no eres tan especial como ellos. Es de juzgado de guardia.

Pero que esto de la caída de los influencers se va a quedar en agua de borrajas. Desde que saltó la liebre, han aparecido un montón de influs hablando del asunto, todos siendo supercríticos y haciendo como si la cosa no fuera con ellos porque son «distintos». Ya hay tantos reels del tema que la crisis es un trend más con el que rascar seguidores. Igual ponen algo de freno al descalabro influencer sentencias como las de hace unos días en EEUU, que condena a Meta a pagar más de quinientos millones por perjudicar el bienestar de los menores. Pero lo que de verdad urge para cambiar la historia es algo que nuestra generación se saltó: educación digital.

No podemos darle un móvil a un chaval con el pensamiento crítico en construcción sin explicarle que lo que va a ver ahí está milimétricamente producido. Empecemos por dar ejemplo, que se supone que los mayores sí tenemos criterio para no hacer famoso a quien da dos dedos de frente. Y ojo que tampoco se trata de demonizarlo todo, rescatemos lo que hay de positivo en las redes, influencers válidos incluidos. La publi no puede emponzoñarlo todo y las plataformas no pueden siempre lavarse las manos. Y, sobre todo, enseñémosles a los chavales que tu valor no lo determinan los likes y que el único sitio en el que de verdad te tienen que seguir es en tu casa.

 20MINUTOS.ES – Gente

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