Vivir el verano como las palomas: sin pedir permiso y sin pagar

Es complicado saber cuándo uno deja de ser niño.

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 Hace tiempo que dejé de tomarme el verano como paz y me lo empecé a tomar como guerra. Salgo a la calle como quien sale de una trinchera  

Es complicado saber cuándo uno deja de ser niño.

En mi caso, la convención social me obliga a elegir una fecha entre el día en el que me enteré de lo de los Reyes Magos y la tarde que me bajó la regla, pero pensar que la infancia desaparece de golpe y porrazo a causa de una supuesta experiencia transformadora es cursi. Moñas, incluso.

También es mentira: la deserción de la infancia no queda tan lejana. De hecho, creo firmemente que, mientras el verano dure de mediados de junio a finales de agosto, se conserva niñez. Aunque sea un resquicio.

Cuando hablo de verano me refiero a vacaciones, claro. La parte por el todo. Deformación profesional, supongo: durante los primeros años de mi vida fui niña.

A pesar de lo que pueda parecer, no defiendo el verano, siempre lo he recibido como a ese amigo que le cae bien al resto del grupo menos a ti y —como suele ocurrir con ese amigo que le cae bien al resto del grupo menos a ti— el tiempo me ha acabado dando la razón: ya no mola tanto. El estío hastía.

Más allá de que no me gustara, hace tiempo que dejé de tomarme el verano como paz y me lo empecé a tomar como guerra. Salgo a la calle como quien sale de una trinchera: piso intencionadamente fuerte (¡que se entere el asfalto de que gran parte de la culpa es suya!) y camino pegada a la pared aprovechando las sombras raquíticas que proyectan las cornisas sobre la acera mientras pienso en cómo de susceptibles son estas micro-peregrinaciones de empezar a considerarse un lujo.

Puede parecer una exageración esto que estoy diciendo, pero entre el auge de la arquitectura hostil y la privatización de la sombra, no me extrañaría que la nueva tendencia urbanística de las macrociudades fueran edificios cúbicos, sólidos y lisos que no supusieran ningún tipo de respiro para aquellos que pasaran por su lado a ciertas horas del día… De hecho, ya está ocurriendo: los llamados bloques cebra están haciéndose con los extrarradios.

El rey de la jungla ya no es el león, ahora es la cebra. Al menos en la de asfalto.

En estos momentos no puedo evitar pensar en Marc Augé (el antropólogo francés que acuñó los no-lugares) y me da mucha ternura imaginarme lo bien que se lo pasaría un verano en Valdebebas: caminaría por una urbanización desierta con aspecto de polígono industrial cuyas aceras arderían como el noveno círculo del infierno, cogería dos buses para llegar a un centro comercial, se daría una vuelta por el Stradivarius y, cuando el aire acondicionado del lugar le empezara a hacer mella en la garganta, iría al multicine a ver Backrooms. Que le encantaría.

La pulsión de la periferia española tiene mucho que enseñarles a los etnólogos de mediados de siglo XX.

Además de en Marc Augé, este verano estoy pensando también mucho en las palomas, que son criaturas que normalmente no me despiertan simpatía porque las noto muy envalentonadas desde el covid: se creen que las ciudades son suyas. Ahora podría decir que incluso las admiro, también me dan un poco de envidia; al fin y al cabo, se creen que las ciudades son suyas.

Las palomas viven el verano que nosotros nos prometemos vivir cada año, el que creemos vivir pero no vivimos: el de habitar la calle sin perdón, sin permiso y, sobre todo, sin pagar. Nada de suplementos de terraza ni de policías de balcón vigilando si se sacan una silla a la calle; simplemente su charquito con agua estancada y algún que otro fluido humano. Y ea, tirando, más joie de vivre que los protagonistas de un anuncio de perfume. En eso me recuerdan un poco a Dua Lipa.

Siento que la omnipresencia de las palomas es la única constante en esta suerte de verano transgénico en el que estamos atrapados, de este verano sintético en el que ha dejado de existir la fruta de temporada y en el que somos inmunes al olor de la crema solar porque se ha popularizado su uso durante todo el año (no estoy en contra, eh, no soy de la escuela marcosllorentina). Además, para más inri, los nuevos ricos se han enterado de que en el hemisferio sur las estaciones van al revés y ahora están morenos todo el año. Ya me dirás tú qué nos queda si no las palomas en sus charcos.

Estoy aprendiendo mucho de ellas observándolas mientras camino de acera en sombra a acera en sombra. No les importa dar un poco de asco y su ocio no va ligado al consumo. En definitiva, ponen en jaque los dos yugos del verano humano: la imagen y el capital. Es complicado pero hay que, a toda costa, intentar conseguir un verano de paloma.

La reconquista del verano es una cosa que hay que tomarse muy en serio y solo se puede conseguir de una forma: estando en medio.

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