Fuera del Palacio de festivales, a unos cien metros de su entrada principal, se encuentra la Villa Internacional del Pantiero, un conjunto de pabellones —en realidad, unos puestos a medio camino entre caseta y pérgola— que alberga instituciones nacionales de cine. Y allí, en la 206, está el Instituto de Cine de Palestina, luchando por encontrar su propio eco con encuentros, muestras de proyectos y peticiones de solidaridad.
En la villa internacional, el pabellón del Instituto de Cine de Palestina muestra cómo, a pesar de la guerra, aún hay artistas que quieren mostrar sus filmes y que su relato resuene
Fuera del Palacio de festivales, a unos cien metros de su entrada principal, se encuentra la Villa Internacional del Pantiero, un conjunto de pabellones —en realidad, unos puestos a medio camino entre caseta y pérgola— que alberga instituciones nacionales de cine. Y allí, en la 206, está el Instituto de Cine de Palestina, luchando por encontrar su propio eco con encuentros, muestras de proyectos y peticiones de solidaridad.
Que Palestina posea su voz en el mercado de Cannes se debe al aporte internacional de fondos (desde Escocia al festival Visions du Réel), y sus trabajadores y panelistas son voluntarios de distintos países. Es la cuarta vez que Palestina cuenta con presencia industrial de Cannes. Y sí, han despertado cierto interés, como apunta Angel Cheng, la responsable de la relación con los medios: “Se nota en la presencia de oyentes en las charlas. Hay documentales atractivos y muchos proyectos”. En el festival, en la sección Una cierta mirada, se proyecta la coproducción palestina Yesterday The Eye Didn’t Sleep, de Rakan Mayasis (palestino nacido en Alemania que actualmente vive en Líbano), una historia de dos hermanas beduinas en el valle de la Becá, entre Líbano y Siria. Además, la delegación palestina la componen unos cuarenta cineastas, entre directores y productores, y han concentrado sus eventos del 15 al 20 de mayo.

Y aunque hay un obvio activismo político, también hay un esfuerzo porque se comprenda su apuesta industrial. Como mensaje, desde el Instituto de Cine de Palestina aseguran: “Mantenemos nuestro compromiso de apoyar a los cineastas palestinos, construir redes de solidaridad global y garantizar que el cine palestino continúe desafiando el silencio y la complicidad. El cine es memoria, el cine es resistencia”.
Pero una mañana de lunes en el pabellón palestino, el cine es también una enseñanza. Los organizadores muestran en una pantalla su escuela de cine, toda online. Asisten una veintena de personas, que posteriormente verán algunos adelantos de películas, como Citizen Osama, de Ahmed Hassouna, que retrata la vida de un fotoperiodista y padre de familia en Gaza, y que se puede ver en proyecciones del mercado de Cannes.

El Instituto se fundó en 2019, y actualmente lo lidera un trío ecléctico: el ingeniero y activista palestino-estadounidense Abu Ayyash; el confundador del organismo Mohanad Yaqubi, cineasta que reside en Bruselas; y el productor serbio-palestino Rashid Abderhamid.
Para el Instituto, aseguran para EL PAÍS, es tan importante “la presencia en Cannes como encontrar mecanismos financieros” que garanticen su presencia anual en el mercado. “Buscamos estabilidad a la vez que mostramos nuestras posibilidades artísticas”. Y batallan porque esa presencia no sirva solo como mero acompañamiento cuando tengan películas seleccionadas en el certamen.

No olvidan el aspecto industrial. El domingo, Yakubi, en un encuentro con la prensa, apuntaba: “Si no tenemos cineastas que se preocupen por la maquinaria y el proceso industrial, no seremos capaces de controlar el relato”.
El encuentro de los documentales acaba. Cheng agradece el “firme apoyo de España contra el genocidio en Gaza”. La sola mención de Javier Bardem hace sonreír de oreja a oreja a los voluntarios.
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