La izquierda abatida

Hace apenas unas décadas, para decirse de izquierdas bastaba con reconocerse de clase trabajadora o defender un bienestar común. La complejidad del mundo actual ha llenado la mochila de causas que la ciudadanía ha ido haciendo suyas: ecologismo, feminismo, animalismo y gestos cotidianos como el reciclaje, el consumo responsable del agua y la calefacción, el rechazo del plástico, la compra en el mercado, la comida de temporada. Los domingos, la misa de algunos es la manifestación por causas justas antes del aperitivo. Este proceder cotidiano ha pasado de característica de la izquierda a caricaturización en manos de la derecha y los resultados electorales se hacen eco de ello, en la abstención o en cambios de voto que capitaliza la derecha o la ultraderecha. En este escenario, apenas las opciones nacionalistas de izquierda, como ha pasado recientemente en Aragón o Andalucía, encuentran una vía de éxito, que los expertos encuadran más en el bajo suelo del que partían que en una ilusión renovada. Y los casos de corrupción que se suceden ponen un clavo tras otro en el ánimo de los progresistas, que ahora miran con inquietud lo que pueda resultar de la imputación de Zapatero.

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Concentración en Sevilla por los fallos en los cribados de cáncer de mama en Andalucía, en octubre. Varios tractores en el Paseo del Prado de Madrid durante una protesta en febrero. La pesada mochila de causas globales que cargan algunos ciudadanos no encuentra eco en la política diaria y la desesperanza hace mella en los resultados electorales  

Hace apenas unas décadas, para decirse de izquierdas bastaba con reconocerse de clase trabajadora o defender un bienestar común. La complejidad del mundo actual ha llenado la mochila de causas que la ciudadanía ha ido haciendo suyas: ecologismo, feminismo, animalismo y gestos cotidianos como el reciclaje, el consumo responsable del agua y la calefacción, el rechazo del plástico, la compra en el mercado, la comida de temporada. Los domingos, la misa de algunos es la manifestación por causas justas antes del aperitivo. Este proceder cotidiano ha pasado de característica de la izquierda a caricaturización en manos de la derecha y los resultados electorales se hacen eco de ello, en la abstención o en cambios de voto que capitaliza la derecha o la ultraderecha. En este escenario, apenas las opciones nacionalistas de izquierda, como ha pasado recientemente en Aragón o Andalucía, encuentran una vía de éxito, que los expertos encuadran más en el bajo suelo del que partían que en una ilusión renovada. Y los casos de corrupción que se suceden ponen un clavo tras otro en el ánimo de los progresistas, que ahora miran con inquietud lo que pueda resultar de la imputación de Zapatero.

No todos los que se dicen de izquierda son tan estrictos siguiendo los principios que la definen, pero quienes los cumplen se sienten defraudados a menudo porque no encuentran reflejo en el proceder de la política diaria ni de sus líderes. Y se cansan. A otros, más laxos, que algún tiempo contribuyeron a las victorias progresistas, las urnas no les mueven ahora del sofá o se han pasado al frente enemigo: la mencionada superioridad moral de la izquierda les abruma. “La objetividad ética de todas esas luchas no se pone en duda”, dice el escritor y filósofo marxista Santiago Alba Rico. Otra cosa es cómo se convence de eso a la ciudadanía que vive una realidad con carencias y que tiene sus gustos propios. Criticarles por salir de caza o ir a los toros no es el camino, reflexiona el ensayista. Maximalismos de ese estilo han desviado a muchos de la senda, pero los que siguen en ella también presentan un aspecto abatido. La izquierda está cansada, “eso es innegable”, dice la exdiputada de Más Madrid Clara Ramas: “No solo hay desafección, es desesperanza”.

Mientras los partidos a la izquierda del PSOE ensayan la enésima unión que pueda conjurar el fantasma de la ultraderecha en las siguientes elecciones generales, Celso Martín recoge su cosecha de cerezas. No hace tanto tiempo que en el cacereño Valle del Jerte, el PSOE era un partido casi único, la misma hegemonía que representó en la comunidad entera durante lustros. Hoy, este campesino se duele de una izquierda que no deja “el abanico más abierto” y le pesan las críticas que soportan quienes piensan, como él, que la caza tiene su lado saludable en las tierras, o las acusaciones de machismo: “Nadie quiere que maltraten o maten a las mujeres, desde luego, pero ahora todo está mal visto, por cualquier cosa se ponen a gritar y a los agricultores nos tienen en la oficina, todo el día haciendo papeles. El hartazgo es grandísimo”, sostiene. Pide moderación: “Ahora tenemos que escuchar en las redes a esos que dicen que qué lástima, que antes solo había un tonto por pueblo”.

En el campo cunde la desazón por la burocracia instaurada sobre la tierra, que viene de Europa, dice Martín, mientras que en la universidad, Clara Ramas constata cada día esa “desesperanza” de sus alumnos ante la sensación de una crisis permanente, la incertidumbre laboral y “en general, el curso del mundo con el cambio climático, las guerras, el fascismo”. Vox, el partido en cabeza de la ultraderecha española, está llenando sus alforjas con los votos de los jóvenes y del campo, pero no solo. Entre los 18 y los 34 años no hay ningún otro partido que reúna mayor intención de voto, da igual el estrato social del que provenga esta población, aunque levemente escorado hacia las clases medias o medias bajas y a las que tienen menos formación académica, según sondeos de la encuestadora 40dB. para este periódico.

El nacionalismo regional es el único que está dando algunas alegrías a la izquierda en las elecciones autonómicas recientes, pero tampoco es para lanzar las campanas al vuelo, a decir de Carlos Martínez, director de Investigación de 40dB. “Son formaciones que, en cierta medida, recogen un voto menos politizado, que se sale del eje clásico izquierda-derecha, aunque se dicen de izquierda, pero no suponen un ensanchamiento del bloque tradicional de izquierda, solo que partían de un resultado tan malo en las anteriores que era difícil empeorarlo”, explica Martínez. Al revés, considera que “las luchas, conflictos y desencuentros” entre partidos como Podemos, Sumar y otros hacen perder muchos votos, es lo que más espanta al electorado». “El voto de izquierda sigue sin estar movilizado”, añade.

Sobre esa desmovilización, la sindicalista Laura Muñoz cree que los jóvenes de hoy en día son un tanto “blanditos” para encajar un mal momento global, pero su reproche fundamental es para un sistema que “no cree en la educación, algo fundamental para no votar en contra de tus propios intereses”, sostiene. “Es básico, no se fomenta el pensamiento crítico desde la escuela y acabamos en un sistema en el que la gente compra todo y cae en todos los timos”, asegura. Cree que la desafección, el hundimiento, llega cuando se ve a miles de ciudadanos manifestándose por la sanidad pública en Madrid y luego gana la popular Isabel Díaz Ayuso con mayoría absoluta, o con los cribados del cáncer en Andalucía. La ugetista reclama optimismo y lucha, de todas formas. “Lo que tenemos no ha sido un regalo, ha costado mucho”, afirma. Pero dice que los jóvenes, vía redes sociales, viven en una ficción, y también las clases medias, instaladas en el yoísmo, como denomina al individualismo en la sociedad: “La gente ya no cree en el poder de lo colectivo, pero la izquierda no es cualquier cosa, hay que saber que perteneces a una clase. Si tienes un jefe, eres clase trabajadora; el sueño americano de que con esfuerzo se prospera no existe. Las crisis se llevan por delante la casita de la playa”, ejemplifica. La lucha colectiva y los esfuerzos individuales son lo que cuenta, dice. “Yo no compro en Amazon, ¿sirve de algo? No lo sé, pero si lo hiciéramos todos… Pero sí, reconoce que la pedagogía social ha sido “un gran fracaso de la izquierda”, que ha gobernado en España décadas. Y también que la izquierda lleva demasiadas batallas a su espalda, “mientras que los que hacen el mal se especializan, cada uno en una sola cosa”.

En dar la vuelta a esa tortilla y sacar a la gente de casa se han empleado el PSOE y otras formaciones a su izquierda en los pasados comicios andaluces y en todos, en busca de unas esencias comunes que no desfonden la calculadora electoral, algo que Vox ha conseguido con apenas cuatro consignas: el mundo agrícola sin andar por las ramas, antieuropeísmo, una españolidad taurina y la migración. No buscan los detalles. “Son más bien un movimiento que trasciende lo partidista, tienen una manera de ver el mundo, un contacto emocional, algo que quizá la izquierda ha perdido, y la fuerza de Vox no está actuando como movilización de la izquierda”, afirma Belén Barreiro, directora de 40dB.

“La izquierda no puede hablar de ilusión, sino de cansancio; no encuentra una forma ilusionante de explicarse”, lamenta Alba Rico. “Tiene que sacudirse ese cansancio físico y moral, porque lo de Vox solo es un revulsivo en negativo; ilusionante fue el 15-M”, asegura. Aboga por buscar terrenos comunes, antropológicos, básicos. Cuando él llegó a su pueblo de Ávila, Piedralaves, de 2.183 habitantes, la conversación no fue fácil, pero acabó dándose cuenta de que ni los otros eran fascistas ni él un elitista displicente. “Tenemos que cerrar la puerta a Abascal [Santiago, el líder de Vox], con quien no hay nada que dialogar, pero no a nuestros vecinos, son votantes volátiles”, afirma. “No puedes llegar al pueblo e intentar convencer a alguien que caza y que está educado en el patriarcado y en cierta idea de España de que, de la noche a la mañana, hable del Estado Español. Pondremos fin a la conversación”, dice. “Yo mismo pasé de los recelos a compartir la comida con ellos, nos sentamos juntos a la mesa”. Alba Rico reconoce que el campo se ha abandonado, que ciertos parámetros ecologistas chocan con la agricultura, que se están colando formas de espiritualidad, de terraplanismo y antivacunas que pueden ser más peligrosas que la religión clásica, y lanza una idea que puede sonar extraña: “La izquierda debe ser conservadora en estos momentos: revolucionaria en lo económico, reformista en lo político y conservadora en lo antropológico”. Opina que hay que conservar los derechos, pero también los vínculos devastados por las redes sociales. Pone como ejemplo el velo islámico, una batalla que se debería haber ganado en las escuelas públicas “como el sistema más eficaz de integración”. Ahora solo se habla de prohibir o no prohibir. Quitarles el velo, es decir, “sacarlas de las escuelas, es entregarlas a sus padres”, sostiene el filósofo. ¿Sobre los toros? “Que se extingan solos”, sugiere, tirando de una suerte de posibilismo para tiempos temibles. A pesar de los pesares, el pensador afirma que votará a opciones a la izquierda del PSOE “para que el PSOE pueda seguir gobernando. ¿Quién me iba a decir a mí que llegaría a mis 65 años defendiendo al PSOE?”.

“El problema es que en un mundo de complejidad creciente, de poderes económicos fuertes y de monopolios tecnológicos”, resume la exdiputada de Más Madrid y también profesora de Filosofía Clara Ramas, “los ciudadanos no encuentran cauces en la política institucional, al ciudadano le llega un mundo salvaje que nadie gobierna —“la brocha gorda de la corrupción y los acosos sexuales”, dirá Barreiro—, en el que ganan los fuertes. Ahí la izquierda tiene una tarea que hacer porque, ante eso, la salida que proponen los reaccionarios es la rabia y el resentimiento, culpar a los migrantes y a las mujeres”, explica. “Hay que hacer autocrítica por el puritanismo moral y tanto reparto de carnés”, dice, pero no cree que se trate de un maximalismo ideológico; al revés, opina que la izquierda debe ser “más ambiciosa: si Milei [presidente de Argentina] quiere motosierra para el Estado, igual la izquierda debe cargarse el capitalismo”.

“Primero te hartas y luego te cansas”, resume la sindicalista Muñoz entre risas optimistas por teléfono. No piensa bajar la guardia ni dejar de dar batalla, si no la da la izquierda, quién, dice. Y en las mismas está la periodista Brenda Chávez, especializada en consumo responsable, autora de Al borde de un ataque de compras y de Tu consumo puede cambiar el mundo. Preguntada por algunas de las razones para este abatimiento de la izquierda, contesta así: “¿Razones? Las que hay que buscar cada mañana para levantarse con ánimo de la cama”. Pero sonríe. No cree que este desasosiego por los anhelos que no se cumplen del todo en la política pueda mover el voto hacia otras opciones que serían peores en terrenos como el suyo, el del consumo responsable y sostenible. “La gente de izquierda tiene más ecofatiga y ecoestrés que la de derecha. Los microhábitos suman, pero es la política la que debe cambiar. Acabas hasta el moño, sí”, dice cuando piensa en algunos acuerdos políticos a los que se llega, sobre todo en Europa, relacionados con la deforestación, por ejemplo, o con las grandes distribuidoras, etcétera. No se resigna a bajar los brazos, solo dice: “La política es el arte de negociar, hay que emplear sabiduría, estrategia, eso es lo que falta, pero no saben hacerlo, y de ahí viene el cansancio”, sostiene. “La izquierda tiene poca mano izquierda”. Si estuviera escrito en pasado sonaría a epitafio.

“Canadienses, asesinos”, les gritó la actriz Brigitte Bardot en 1977 a quienes capturaban focas para comerciar con las pieles. La lucha animalista de la francesa no cesaría nunca. Tampoco sus polémicas críticas a la migración y la “islamización” de su país, según decía. En efecto, explica Elena García Guitián, catedrática de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid, “algunas de esas causas, como la ecología o el animalismo, no pertenecen en exclusiva a la izquierda, también otros hacen esfuerzos por ello y están cansados”. Además, añade, este abatimiento “es una tendencia global, no solo española, el cansancio viene de lejos, de una crisis de objetivos generales que, además, van cambiando”. Subraya el puzle que conforman las izquierdas y cómo se enfrentan a sus propias diferencias: en el feminismo, en la cuestión de las identidades, en los nacionalismos. “Hay una incapacidad de elaborar una alternativa global”, sostiene. Los discursos maximalistas son difíciles de seguir. García Guitián, que participó en algún gobierno de Rodríguez Zapatero, recuerda cuando los Verdes entraron en los gobiernos de Alemania y cómo “mucha gente acabó harta de tantos cambios como se pretendieron. No todo el mundo puede seguir la lista completa de causas y creo que ha habido algunos excesos, que también tienen que ver con esa cultura de la cancelación. Hay una izquierda que impone demasiado y que no deja espacio al debate”, asegura. Afirma, incluso, que determinadas izquierdas “no entienden bien la democracia y el pluralismo de perspectivas o la renuncia a posiciones más radicales para negociar en las instituciones”. A pesar de todo, les pide a sus estudiantes cada día “que sean positivos, que defiendan los valores básicos”.

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