Ni Shakira ni Rosalía: ‘Delirium Pepitatorum’, la enfermedad del entusiasmo que desató la bailarina Pepita de Oliva

Retrato de la artista malagueña Pepita de Oliva, en una imagen cedida por la editorial Nota al Margen, que ha publicado un libro sobre ella.

Cómo sería el sentimiento que avivaba Pepita de Oliva, la bailarina malagueña que en el siglo XIX causó furor en París, fiebre en Berlín, locura en Viena y delirio en Praga, que hasta se inventó el nombre de “la enfermedad del entusiasmo” para explicar lo que esta chica desataba.

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Cartel promocional de la bailarina Pepita de Oliva.Ilustración de Pepita de Oliva mientras baila, que la editorial Nota al Margen ha empleado para la cubierta del libro sobre la malagueña.Fotografía de la escritora Vita Sackville-West, nieta de Pepita y autora del libro que recoge la vida de la bailarina malagueña.Retrato de la escritora y aristócrata Vita Sackville-West, nieta de la bailarina Pepita de Oliva y amiga íntima de la escritora británica Virginia Woolf. La artista malagueña que triunfó en la Europa del siglo XIX resurge del olvido en un libro de Vita Sackville-West y un texto autobiográfico inédito  

Cómo sería el sentimiento que avivaba Pepita de Oliva, la bailarina malagueña que en el siglo XIX causó furor en París, fiebre en Berlín, locura en Viena y delirio en Praga, que hasta se inventó el nombre de “la enfermedad del entusiasmo” para explicar lo que esta chica desataba.

Lo llamaban el Delirium Pepitatorum y de ello se quejaba el periódico Lumír de Praga en el otoño de 1853. “El Delirium Pepitatorum cunde por Praga hasta resultar agobiante, por más que, por otro lado, no pocos cascarrabias sigan gruñendo contra Pepita. ¡Qué difícil es mantenerse en la justa y dorada senda del medio! ¿Es que Pepita no puede gustar sin desatar el delirio? Ante la posada U zlatého andela se apostan turbas de pepitistas o pepitómanos enloquecidos, cristianos y judíos, que pasan las horas embobados y braman hacia las ventanas de la señora”.

Es uno de los testimonios de este fenómeno social hoy olvidado. Pero ahora, por primera vez, una amplia muestra de aquella mitomanía desconocida y hasta cierto punto increíble llega a España gracias a la edición de Pepita (Nota al Margen), el libro donde Vita Sackville-West reconstruye la vida de su abuela, Pepita de Oliva, y la de su madre, Victoria, rechazada por la sociedad victoriana por haber sido fruto de una relación adúltera de la bailarina gitana y un aristócrata inglés. Y es en un anexo final, con una selección de la prensa centroeuropea de la época, donde refulge aquel delirio por los olés de la malagueña.

Escribe el Kladderadatsch: “¿Es que los berlineses se han vuelto locos? ¿A dónde se precipitan? ¡Hacia ella! ¡Hacia ella! Hacia la Deutsches Theater rueda la muchedumbre ebria de entusiasmo. (…) Los acreedores olvidan sus reclamaciones, el pueblo lo olvida todo, el diputado se olvida de sí mismo y el marido, de su mujer”.

Escribe un admirador anónimo en la prensa: “Si bailas la madrileña, encantadora dueña, ¡pierdo completamente el control! Pero si bailas el olé, ¡que me lleve el diablo de puro entusiasmo!”.

Escribe el Montagsblatt de Viena: “Sin Pepita no hay vida. Si hay vida, ¡no es lo mismo!”.

Escribe el Der Zwischen-Akt: “Su sonrisa de sirena, su andaluza mirada de fuego y su exuberante gracia hacen olvidar el hastío –esa dolencia de moda–, apartan al estoico y al asceta de sus más firmes propósitos y los encienden en pasión”.

Escribe el Der Humorist austriaco, con bastante retranca: “¡La paz está asegurada! ¡La señora Pepita de Oliva es la paloma de la paz que ha traído el ramo de olivo! Todas las pasiones belicosas se tienden, amansadas, a los pies de Pepita; ¡todas las cuestiones candentes han palidecido ante el fulgor de los ojos de Pepita”.

Los periódicos escriben y escriben de la danza arremolinada de Pepita, de la gracia salvaje de Pepita, de la cabellera negrísima de Pepita y de la blanca nuca de Pepita. Escriben de los ojos criminales de Pepita, que se envuelven en luto por todos los asesinatos que han cometido, de las pestañas como cortinas de cielos velados de Pepita, y, claro está, de las piernas de Pepita, que hasta sirven para un esbozo de epitafio: “Aquí yacen sus piernas, ¡las que quisiera que fueran mías!”. Y, por supuesto, escriben los periódicos de cómo las mujeres son todas antipepitas y cómo los maridos les dirán tienes razón, hija mía, e irán a ver a Pepita y quedarán embelesados con Pepita y volverán a casa y dirán tienes toda la razón, y luego volverán a ir a ver a Pepita solo para comprobar cuánta razón tienen sus queridas esposas.

Solo faltaba la autobiografía de Pepita en folletín. Y a eso se lanzó la artista malagueña en el periódico vienés Der Zwischen-Akt: a publicar diecinueve entregas sobre su vida en enero de 1859. Era una biografía “que ella misma redactó de su puño y letra en letra francesa”, explicaba el periódico. Esta es la primera vez que puede leerse en español.

A cada entrega, Pepita de Oliva, nacida como Josefa Durán en una familia gitana, habla de su vida. Del arrabal de Málaga. De la belleza de su madre y del pelo rubio de su padre. De esa niña hermosa, tan hermosa como un ángel, que nació en 1834, y que era ella. Y habla de las monedas de plata que arrojaba el rico padrino tras el bautizo y que hizo que la gente ya vitorease viva Pepita por las calles desde el segundo día de su vida.

En el folletín aparecen las castañuelas que encontró por azar a los tres años de edad. El baile español que le enseñó su niñera a hurtadillas: el llamado baile Olé. La furia del padre al ver que Pepita bailaba y bailaba sin parar. El verano en que ella casi murió por la enfermedad del tabardillo. El maestro de baile que la enseñó. El primer traje, tan brillante y deseado. La primera función benéfica en un teatro. La enfermedad de la melancolía porque su abuela no la dejase bailar en público. Los días de feria, helado y sonrisa. Y, claro, el encuentro con el conde Charles, que la pidió en matrimonio y cambió su vida: entonces ya era la novia del conde. Sin embargo, el folletín dará un volantazo. El primo Pepe se entremete entre Pepita y el conde, arrebatado por el amor a su prima. La niña solo tenía quince años y muchas lágrimas, desmayos, mejillas pálidas y angustias: había roto con el primo por decisión de aquella abuela censora que todo lo prohibía. Qué tormento emocional. Todo en Pepita es pronto, exagerado, desmesura. Todo en ella es pasión.

No extraña que su vida cautivase a Vita Sackville-West: la fascinante poeta, prestigiosa novelista, autora de Los eduardianos, biógrafa de Juana de Arco, aristócrata soñadora, jardinera romántica y amante de Virginia Woolf, con quien mantuvo una intensa relación amorosa e intelectual. Vita Sackville-West inspiró el Orlando de Woolf.

Pepita de Oliva era la abuela materna de Vita Sackville-West. El viejo retrato enmarcado de Pepita era lo único que rodeaba a Vita del mundo perdido de aquella abuela muerta veinte años antes de su nacimiento. Sin embargo, en el verano de 1936, mientras buscaba unos papeles antiguos, Vita encontró un cofre metálico negro de tapa redonda lleno hasta el borde. El cofre guardaba todos los documentos relacionados con su abuela española que la familia conservaba. Hasta las pesquisas de un detective estaban allí. Vita Sackville-West quedó intrigada nada más ojearlos. Se pasó el día siguiente leyéndolos, a solas, sin moverse del escritorio. “Son fascinantes”, escribió esa misma noche en su diario.

Allí dormía el germen de lo que sería su libro Pepita: un descenso a sus orígenes familiares. Los de su abuela bailarina, casada con su maestro de baile pero que mantuvo una larga relación extramatrimonial con el aristócrata y diplomático Lionel Sackville-West, secretario de la embajada de Inglaterra en Alemania. También relata los orígenes de su madre Victoria, rechazada por la sociedad victoriana. Otra víctima de aquella férrea moral que las rodeaba. A su abuela, a su madre, a ella misma.

Al verlo todo junto en aquel cofre, a Vita Sackville-West le entró la furia de escribir. Y escribió. Mucho. Trescientas páginas. El resultado es uno de sus textos más personales, según afirma su nieta en el prólogo de esta edición.

Un año después, en el otoño del 37, Vita ya había publicado Pepita. Virginia Woolf le confesó a la autora que había devorado el libro “como un tiburón engulle una caballa”. La novela era un tributo a dos mujeres fuertes escrito por una tercera fuerza de la naturaleza como Vita Sackville-West. La novela vendió 10.000 ejemplares en dos meses y tuvo cuatro reimpresiones en medio año. El tiempo, como a casi todo, la enterró. En 1989 la editó Tusquets en español. Ahora resucita de entre la desmemoria.

Hoy queda la novela Pepita. Y queda la polca Pepita de Johann Strauss hijo. Y queda la marcha militar Pepita-Marsch, del maestro prusiano Friedrich Pfeifke. Y la avenida Pepita Durán en las afueras de Málaga. Y queda el estampado Pepita que en 1947 popularizó Christian Dior. Y queda el tapizado Pepita para el asiento de los Porsche. Pero se echa en falta lo más necesario. Frente al hastío general –esa dolencia de moda–, dónde ha quedado el Delirium Pepitatorum. Dónde habita el entusiasmo.

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