
“Ojalá los moros que defiendes te violen”. Esta amenaza la recibió hace poco la guionista y cómica Marina Lobo por una de sus publicaciones: “Hice una parodia de la hija del dueño de Mercadona, ¡y me amenazaron de muerte!“, lamenta. Con 73.000 seguidores en Instagram, esta leonesa de 34 años que suele subir vídeos sobre política y feminismo lamenta el tremendo desgaste que supone exponerse en redes a los insultos y mensajes de odio dirigidos contra voces incómodas como la suya. Pero por ahora no se ha planteado denunciar los numerosos ataques de los que es objeto: “Tendría que dejar mi trabajo para atender tantas denuncias judiciales que te cuestan salud mental, dinero y tiempo. Es un rollo. Tiene que ver con que soy mujer, hago comedia y doy mi opinión política de izquierdas”.

Políticas, cómicas y creadoras de contenido denuncian ataques diarios de hombres para vejarlas. Perfiles como los suyos —jóvenes de izquierdas— son la diana predilecta de la violencia digital
“Ojalá los moros que defiendes te violen”. Esta amenaza la recibió hace poco la guionista y cómica Marina Lobo por una de sus publicaciones: “Hice una parodia de la hija del dueño de Mercadona, ¡y me amenazaron de muerte!“, lamenta. Con 73.000 seguidores en Instagram, esta leonesa de 34 años que suele subir vídeos sobre política y feminismo lamenta el tremendo desgaste que supone exponerse en redes a los insultos y mensajes de odio dirigidos contra voces incómodas como la suya. Pero por ahora no se ha planteado denunciar los numerosos ataques de los que es objeto: “Tendría que dejar mi trabajo para atender tantas denuncias judiciales que te cuestan salud mental, dinero y tiempo. Es un rollo. Tiene que ver con que soy mujer, hago comedia y doy mi opinión política de izquierdas”.
La violencia digital es una lluvia torrencial de insultos, vejaciones y amenazas que cada día inunda las redes sociales. Sin embargo, este odio se encauza especialmente a ciertas personas. Uno de los blancos predilectos son las mujeres jóvenes y de izquierdas, ya sean creadoras de contenido o políticas, según coinciden expertos y estudios científicos.
EL PAÍS ha hablado con tres mujeres que han recibido ataques coordinados y muy numerosos por parte de hombres agresivos y machistas para intentar silenciarlas. Estas embestidas les provocan un desgaste diario que a menudo consigue su objetivo, aunque sea temporal: abandonar las redes para evitar tanta rabia. Saben que es imposible luchar o intentar convencer con argumentos y lo consideran una batalla perdida. Algunas dan el paso de denunciar en los juzgados las amenazas más graves, pero como víctimas saben que lograr justicia es tedioso y caro.
Los mensajes provienen en su mayoría de hombres anónimos, pero algunos son personajes famosos ligados a la ultraderecha que, de manera sistemática, atacan a mujeres progresistas. Las grandes plataformas como YouTube, X, Facebook, Instagram o TikTok les permiten propagar día tras día estos mensajes, incluso a sabiendas de que a veces cometen un delito, según denotan los informes de monitorización de estos mensajes de odio.
Marina Lobo habla de una plaga de ataques que generan un estado de alerta constante. “Cuando ves el perfil, son padres de niñas pequeñas. Intentas pasar de esos comentarios, pero lees cien positivos y el único negativo es con el que te vas a la cama”, asegura la también subdirectora del programa de sátira política La comedia nacional (La Séptima). “En Zaragoza un chico del público se levantó y todos nos cagamos de miedo porque llevábamos mucho tiempo con amenazas de muerte, y yo con ataques de pánico y pesadillas. Al final, el chico estaba indispuesto y se lo llevó una ambulancia”, revela.
Los expertos que estudian los mensajes tóxicos hablan de una “industria del odio” que se lucra gracias a una espiral continua de mentiras y que ataca con especial rabia a las mujeres. “El abandono de las redes por parte de mujeres jóvenes es progresivo, sobre todo con cierta ideología. Las plataformas casi potencian el acoso que sufren. Hay un desamparo total y estamos en una situación compleja. Hay una matriz con Vito Quiles, Alvise, Dani Desokupa y Javier Negre que se inventan una historia que cabree a la gente. Y que el guion sea verdad da igual, son ingenieros del odio”, critica Julián Macías, director del observatorio Pandemia Digital.
Las políticas progresistas sufren estos ataques con especial virulencia: el análisis de tres millones de mensajes en las cuentas de 88 candidatos a las elecciones europeas de 2024 de España, Francia, Italia, Portugal e Irlanda en la red social X, elaborado por la Comisión Europea, reveló cómo las mujeres recibieron el 71% de los comentarios tóxicos y agresivos hacia los aspirantes a parlamentarios. “Las mujeres reciben más insultos sexistas o de degradación moral como ‘basura’ o ‘rata’, que deshumanizan. Siete de cada diez mujeres recibieron insultos sexistas para silenciarlas y expulsarlas del debate. La violencia está mucho más personalizada en las mujeres y tiene mayor intensidad que en los hombres, que a menudo reciben ofensas sobre su conducta, como ‘ladrón’ o ‘gilipollas’. Las mujeres postean menos, y aun así reciben más reacciones, tanto neutras como negativas”, desvela Arianna Sala, investigadora principal de este estudio en prepublicación realizado por el Centro Europeo para la Transparencia Algorítmica en Sevilla, titulado Cállate y friega los platos, como uno de los reproches más rancios y llamativos analizados.
Estudios similares que peinaron mensajes de TikTok en Alemania, Francia y Hungría y de X en Brasil encontraron patrones muy parecidos, con insultos y degradaciones morales que afectan sobre todo a las políticas y demuestran cómo persiste la misoginia digital. “Las mujeres de izquierda, en particular las más jóvenes y de baja jerarquía, eran más atacadas. Encontrarse a diario con esa violencia tiene impactos devastadores en la vida personal, pero también un efecto disuasorio para no volver a presentarse a las elecciones. Eso tiene un impacto negatvo sobre la calidad de nuestra democracia”, alerta Sala.
La proporción de mujeres electas en las elecciones europeas pasó del 40% en las listas de 2019 al 38,7% en las de 2024. “Se suele pensar en las redes sociales como las nuevas plazas donde se discute y se intercambian ideas. En realidad, esos espacios tienen dueños que pueden favorecer un contenido frente a otro en función de sus intereses económicos y políticos”, critica esta investigadora.

La creadora de contenido digital Albanta San Román ha sufrido oleadas de ataques: “Son grupos muy organizados, nada es casual para silenciar perfiles. Es el precio a pagar. A veces fueron youtubers o streamers que mandaron a sus seguidores, otras veces foros para amenazas como ‘no voy a descansar hasta que estés en una cuneta’. No se les da la importancia que requieren”, lamenta. La artista y comunicadora Yolanda Domínguez también ha sufrido este acoso y violencia masivos, además del uso torticero de la justicia: “Estamos como demandadas por señalar públicamente qué es violencia, para apartarte, señalarte y acallarte. Es un objetivo colectivo para expulsar a las mujeres del espacio digital. La gente le suele quitar importancia porque confundimos y creemos que no es real, pero tiene un efecto brutal y real en tu salud y profesión, porque no puedes usar las redes sociales. Yo abandoné las redes más dañinas, pero la solución no es ir a terapia porque no es un problema individual, sino de regulación del espacio”, sostiene.
Domínguez acusó de “machista y violento con las mujeres” al youtuber Sergio Candanedo, autodenominado Un tío blanco hetero, por su intervención en un foro de una universidad privada. Y este la demandó en 2019 y prosiguió con el pleito hasta llegar al Tribunal Constitucional, que en 2025, seis años después, inadmitió su recurso. “Llegó a decir que él sabía que la justicia es patriarcal. Saben que las plataformas les amparan porque para ellas es un negocio y les da igual las mujeres y la democracia”, critica la artista.
Denunciar ante la justicia el torrente de odio recibido es un paso que muchas mujeres renuncian a dar por el desgaste, dinero y retraso que implica hasta obtener una sentencia condenatoria. Algunas se deciden para que el próximo propagador de odio se lo piense dos veces, pero son conscientes del esfuerzo y el peaje mental y físico que supone interponer una denuncia.
Para frenar el aluvión de odio, desmentir bulos y que nadie se sienta impune, nació hace dos años Acción contra el Odio, que ha interpuesto 30 denuncias, de las cuales 12 están judicializadas. “Hoy tenemos más herramientas que antes: una jurisprudencia que nos orienta, un Código Penal más afinado, una Fiscalía especializada, una línea más clara que separa el delito de la libertad de expresión, unos cuerpos de seguridad más especializados y una ciudadanía más informada. El número de ataques ha aumentado, pero también la infradenuncia es menor. ¿Estamos parando el discurso de odio? No”, responde Pastora Filigrana, directora de esta asociación de juristas y activistas, que corrobora cómo a los tribunales llega “la punta del iceberg”.
Entre otras razones, por el tremendo desgaste que supone denunciar para las víctimas. La abogada experta en violencias digitales Laia Serra censura el criterio del Supremo para abrir un procedimiento por cada tuit. “Tengo mujeres peregrinando por Barcelona, Pamplona o Bilbao por ataques de 20 tuiteros. Hay que empezar por la respuesta institucional; todo no puede caer en un juzgado de guardia. No son malas experiencias aisladas, el sistema no da una respuesta efectiva, y no es una cuestión de empatía, sino de higiene democrática”.

Entre las víctimas del torrente de odio, hay excepciones que denuncian cada abuso que reciben, como la periodista Sarah Santaolalla o el secretario general de Facua, Rubén Sánchez, que tiene decenas de procedimientos judiciales abiertos y ha logrado más de 30 sentencias favorables, algunas de ellas con indemnizaciones de hasta 80.000 euros. Aunque a menudo con menor inquina, decenas de hombres soportan también esta lluvia violenta digital de los ultras.
Más allá de que una denuncia judicial prospere, las grandes plataformas tienen identificados los perfiles que repiten amenazas y bordean o cometen delitos de odio. A preguntas de este diario, ninguna de las grandes redes ―Youtube, Facebook, Instagram, TikTok y X― ha aclarado de manera transparente por qué no cierran esos perfiles que acosan a las mujeres con contenidos tóxicos.
Cada día, las redes sociales eliminan contenidos de violencia extrema, pero también sobre homofobia, porno, pederastia y racismo. Sin embargo, este último ámbito es un pozo de bulos, que son replicados a menudo por Vox y medios de comunicación afines, y el cumplimiento de las compañías no es especialmente diligente. El Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia monitoriza los contenidos de odio racista y solo durante septiembre detectó 96.270 mensajes con contenidos de discurso de odio, de los cuales las plataformas solo retiraron el 59%. De este porcentaje de mensajes para deshumanizar a los inmigrantes o incitar a su expulsión, solo el 9% fue eliminado por decisión propia de las plataformas, y el 50% fue eliminado tras los avisos de las organizaciones dedicadas a monitorizar sus contenidos. YouTube solo retiró un 33%, Instagram, un 52%; Facebook, un 63%; X, un 83%; y TikTok, un 89%.
A pesar de su bajo porcentaje de eliminación, YouTube defiende que penaliza a los creadores de contenido “que rozan el límite de forma reiterada, lo que puede conllevar su exclusión”. Mientras, Facebook alega que la pasada primavera retiró 1,5 millones de mensajes tóxicos en todo el mundo e Instagram 1,4 millones, según fuentes de Meta. Por último, TikTok arguye que combate el discurso de odio con un banco de audio especializado para recuperar audios infractores, y que los perfiles que lo difunden pueden ser advertidos o suspendidos para siempre. X no ha contestado.
Mientras, los cientos de miles de mensajes de odio que inundan las redes permanecen en este debate desigual, parecido al lejano Oeste, tal y como denuncia el experto en redes y seguridad Marcelino Madrigal: “Las redes son ahora la jungla, y lograr una condena es superdifícil. Habrá que apretar a las empresas, pero eso no se está haciendo, ni por el Gobierno ni por Bruselas. En los últimos tiempos, los ultras tienen una tremenda situación de impunidad”.

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