Si a un consultor político le dijeran que un presidente y candidato a la reelección puede decir —sin mentir— que su país crece más que sus vecinos y rompe récords de empleo, y que además su ministro de Economía es el político mejor valorado, probablemente diría que tiene el trabajo medio hecho. Pero las cosas pueden no ser tan fáciles. Sobre todo si al consultor no le mencionan un factor que altera toda la ecuación: la inflación.
Mientras el Gobierno presume de liderazgo en crecimiento y récords de empleo, con su ministro de Economía como el más valorado, la visión social sobre la situación y las perspectivas de futuro se deteriora por el alza de los precios
Si a un consultor político le dijeran que un presidente y candidato a la reelección puede decir —sin mentir— que su país crece más que sus vecinos y rompe récords de empleo, y que además su ministro de Economía es el político mejor valorado, probablemente diría que tiene el trabajo medio hecho. Pero las cosas pueden no ser tan fáciles. Sobre todo si al consultor no le mencionan un factor que altera toda la ecuación: la inflación.
Las previsiones del Fondo Monetario Internacional sitúan a España como la economía desarrollada que más crece en 2026. Si se cumplen sus pronósticos, será por quinto año seguido líder en crecimiento en Europa. En cuanto al empleo, histórica obsesión de la opinión pública española, la Seguridad Social marcó en octubre un nuevo máximo de afiliados, con 22,62 millones. Desde que Pedro Sánchez llegó al Gobierno en 2018, la tasa de desempleo ha caído del 14,55% al 10,18%, con datos del INE, rebatiendo todos los pronósticos sombríos sobre la destrucción de puestos de trabajo que iba a provocar —decían sus detractores— la reforma laboral aprobada por el Gobierno en 2021. En el mismo periodo, el salario mínimo ha subido un 66%, hasta los 1.221 euros.


Para vender esos datos, Sánchez cuenta con su vicepresidente primero y ministro de Economía, Carlos Cuerpo, que acaba de asumir la cartera de Transportes tras la dimisión de Óscar Puente por el accidente de Urda. Cuerpo supera en valoración tanto al resto de miembros del Gobierno, incluido el presidente, como a los líderes de los grandes partidos, con datos del CIS de octubre. No solo es el ministro mejor valorado por quienes en 2023 apoyaron al PSOE, sino también el segundo preferido de los que votaron a Sumar —solo por detrás de Pablo Bustinduy y por delante de la candidata que respaldaron, Yolanda Díaz— y también al PP y Vox —detrás de Margarita Robles—

Buenos datos y un ministro con buen cartel para defenderlos ante una audiencia transversal. Haciendo caso a la famosa frase atribuida a un asesor de Bill Clinton en su exitosa campaña de 1992, “¡Es la economía, estúpido!”, el PSOE parece cargado de razones para frotarse las manos. Sin embargo, la realidad de la campaña pinta de otra forma. El PSOE, con una tendencia levemente a la baja en las encuestas en el último año, comprueba cómo los relucientes indicadores de macroeconomía y mercado laboral rara vez ocupan el centro del debate político, algo que tiene que ver con la volatilidad de la agenda, los cada vez más frecuentes acontecimientos traumáticos y la capacidad de la oposición para condicionar el marco de discusión. Pero, además, las tripas de los sondeos muestran cómo el diagnóstico económico positivo y el pronóstico optimista del Gobierno están lejos de ser una visión mayoritaria en la sociedad.
Preocupación económica
Las percepciones sombrías sobre la economía avanzan y se imponen sobre las favorables. En el último barómetro del CIS, de octubre, la “crisis económica” es citada como uno de los tres principales problemas por un 20,3%, 4,6 puntos más que hace un año, con lo que ha pasado de ser el quinto al tercero más grave, solo por detrás de la inmigración (20,9%) y la vivienda (55,7%). El cuarto es la baja “calidad del empleo”, citado por un 19,4%. Así que tres de los cuatro desafíos percibidos como más acuciantes son económicos o tienen un fuerte componente económico. La suma de los porcentajes de quienes citan la vivienda, la “crisis económica” o los “problemas relacionados con la calidad del empleo” como los más graves ha subido en un año de 71,1 a 95,4.
Más datos acompañan a los anteriores. Quienes creen que la “situación económica general” es “mala” o “muy mala” son más (57,8%) que quienes opinan que es “buena” o “muy buena” (36,2%), con datos de octubre. También abundan más los que creen que la economía está “peor” que hace seis meses (51,7%) que los que la ven “mejor” (23,6%), con registros de julio, los últimos de la serie Índice de confianza del consumidor.


El peso de la inflación
¿Dónde hay que buscar las razones de este abismo entre el discurso del Gobierno, sostenido en un puñado de buenos registros que en efecto distinguen a España incluso en comparaciones económicas internacionales, y la percepción a pie de calle? Como en todas las encuestas, un factor que hay que considerar es la ideología. La opinión sobre el Gobierno condiciona con fuerza el diagnóstico económico. Eso se ve con claridad en las respuestas sobre la situación general de la economía. En la izquierda, los porcentajes de quienes la ven “mala” o “muy mala” no alcanzan el 40%. En la derecha, superan el 80%.
No obstante, dos expertos en opinión pública consultados por EL PAÍS coinciden en que la explicación fundamental a la escasa rentabilización electoral de los datos macroeconómicos por parte de la izquierda no hay que buscarla en los prejuicios ideológicos, sino en las dificultades económicas que se quedan fuera de los grandes titulares sobre el liderazgo en crecimiento o los récords de empleo.
“Si el Gobierno, y el PSOE en particular, no están sacando rédito a los datos no es principalmente por un problema de relato. De hecho, siempre que pueden, los ministros salen a reivindicar los números positivos e intentan que la atención se dirija ahí, por ejemplo Carlos Cuerpo con la EPA [Encuesta de Población Activa]”, explica Juan Francisco Caro, analista de datos y director del instituto de investigación Opina 360, autor de un reciente informe sobre la elevada valoración del ministro de Economía.
“La clave del escaso rédito electoral está en que, pese a todas esas mejoras, se lo come todo la inflación. Si lo más inmediato, la cesta de la compra y la vivienda, resulta cada vez más difícil de pagar, los éxitos macroeconómicos se diluyen y pierden buena parte de su impacto”, añade Caro, que plantea esta reflexión: “Cuando ves que en el CIS la gente nombra la ‘crisis económica’ como problema, puedes pensar ‘¡pero si ahora no hay crisis!’. Pero lo cierto es que mucha gente, por mucho que se alegre cuando se baten récords de empleo y por mucho que haya un ministro que lo sabe vender, sí siente que hay crisis, aunque ahora los principales indicadores digan lo contrario”, concluye el analista.
Hay datos que avalan que el oscurecimiento de las visiones económicas está estrechamente ligado a la experiencia personal, no solo a la ideología. En un solo año, el porcentaje de encuestados por el CIS que citan la “crisis económica” no ya entre los tres problemas más graves del país, sino entre los tres que más le afectan personalmente, ha pasado del 24% al 30,3%, y todo en el mismo periodo en que la vivienda pasaba del 26,2% al 33,8%. La “crisis económica” es vista como el segundo problema más grave cuando se les pregunta a los encuestados por los que más les afectan.
Los que consideran que la salud económica de su hogar ha empeorado en el último medio año (29,4%) superan a los que ven que ha mejorado (20,8%). Y de los que creen que se ha degradado, un 61,2% lo imputan a la inflación, casi 4 puntos más que hace un año. La percepción de que hay una fuerte inflación no cae del cielo. Los precios dibujan una tendencia ascendente en 2026. En septiembre, la inflación interanual alcanzó su máximo del año con un 4,9%, registro repetido en octubre, impulsado por los combustibles. Capítulo aparte merece la vivienda. Entre 2015 y 2025, la renta media por persona creció un 50% y los salarios, un 30%. Mientras, comprar una casa se encareció un 80% y alquilarla, un 87%.


Pesimismo e incertidumbre
La inflación se observa con un mayoritario pesimismo. El 65,6% cree que en el próximo año se agravará y solo el 5,2%, que se atenuará, con datos del CIS de julio. Estas perspectivas poco halagüeñas se extienden a las respuestas sobre la economía doméstica. Por ejemplo, son más (34,3%) los que creen que las posibilidades de ahorro de su hogar menguarán que los que pronostican que aumentarán (19,1%).

Ahora bien, las mayores cotas de pesimismo e incertidumbre las desata la vivienda. A casi la mitad de la población le preocupa verse obligada a dejar su vivienda actual en los próximos dos años por motivos económicos, según una encuesta de 40dB. publicada el mes pasado. Entre las generaciones Z (de 18 a 29 años) y millennial (30-45), este temor alcanza a más del 56%. Tomando como muestra a los que viven de alquiler de todas las generaciones, roza el 75%. Es decir, casi tres de cada cuatro inquilinos sienten esa espada de Damocles pendiendo sobre su futuro.

César Calderón, director de la consultora política Red Lines, afirma que los datos dan la “fotografía exacta” de la brecha entre el discurso del Gobierno y la opinión mayoritaria. “Que el 61,2% de quienes ven peor su economía lo atribuya a la inflación lo dice todo: la gente no percibe el crecimiento, percibe los precios. Los datos macroeconómicos son buenos, pero el ciudadano no entiende el cuerpo místico del PIB. Entiende su nómina, su pensión, su hipoteca, su alquiler y su carro de la compra”, señala el autor de Cómo ganar unas elecciones (Catarata, 2026), que considera que “el triunfalismo macroeconómico” del Ejecutivo puede llegar a “irritar” a quien no llega a fin de mes y recuerda que una misma persona puede formar parte de las estadísticas que muestran récords de empleo y al mismo tiempo de las que muestran un extendido pesimismo.
¿Y no suma a favor del Gobierno, y ahora en un contexto electoral del PSOE, la alta valoración del ministro de Economía? ¿No hay un efecto Cuerpo? “Cuerpo puede tener la mejor valoración del Gobierno, pero al igual que en unas municipales nadie vota por el concejal de Cultura, en unas generales nadie vota por el ministro de Economía ni por la de Defensa. Cuando la elección es un plebiscito, solo hay un nombre en la papeleta”, expone Calderón en referencia a Sánchez.
Uno de los factores que impulsan la inflación es la guerra de Irán, emprendida por Donald Trump y Benjamín Netanyahu y a la que el Gobierno de Sánchez —enfrentado a ambos— se opuso con claridad desde el principio. Sánchez y los suyos suelen recordarlo, así como la condición de Vox —aliado del PP— de sucursal del trumpismo en España. Pero, a juicio de Juan Francisco Caro (Opina 360), es difícil que estos mensajes provoquen gran impacto electoral. Para el “votante emocional”, que según Caro es la mayoría, ni los “argumentos de política exterior” ni la explicación de las medidas adoptadas para atenuar el encarecimiento de los combustibles tienen fuerza suficiente para contrarrestar la tendencia a que sean las fuerzas del Gobierno las que paguen el pato de la inflación.
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