Así gestó Sánchez el adelanto electoral: “Este Congreso no nos vale, tenemos que ir a elecciones, podemos ganar”

Aún no había amanecido en Nueva York, donde dormía Pedro Sánchez, cuando en Madrid se estaba produciendo a la vista de todos el acontecimiento que precipitaría un adelanto electoral que el presidente había rechazado decenas de veces. Rodeada de activistas del Sindicato de Inquilinas, de caras conocidas y muy identificadas con el progresismo —como Ana Belén, Juan Diego Botto y Carlos Bardem—, Maricarmen Abascal, de 87 años, abandonaba su casa en camilla, desahuciada por el fondo que la compró, después de 70 años pagando su alquiler.

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La portavoz de Junts en el Congreso, Miriam Nogueras, el 2 de octubre. El presidente y su núcleo duro ya hablaban de elecciones el jueves por la tarde, cuando empezaron a conocer que Junts iba al ‘no’. Las dudas eran por cómo está la izquierda, pero nunca se vio otra opción más que convocar ya  

Aún no había amanecido en Nueva York, donde dormía Pedro Sánchez, cuando en Madrid se estaba produciendo a la vista de todos el acontecimiento que precipitaría un adelanto electoral que el presidente había rechazado decenas de veces. Rodeada de activistas del Sindicato de Inquilinas, de caras conocidas y muy identificadas con el progresismo —como Ana Belén, Juan Diego Botto y Carlos Bardem—, Maricarmen Abascal, de 87 años, abandonaba su casa en camilla, desahuciada por el fondo que la compró, después de 70 años pagando su alquiler.

Sánchez vivía en ese momento angustiado por la crisis de Ceuta, el gran asunto de la política nacional durante dos meses, que según algunos analistas podía ser la puntilla para el Ejecutivo y ahora ha quedado relegada a un segundo plano. Su núcleo duro, sus ministros, su entorno más cercano insistía ante todas las consultas: “Las elecciones están más lejos que nunca, necesitamos tiempo para resolver Ceuta, intentaremos los Presupuestos y después veremos. Podría ser marzo, pero cada vez es más probable ir a julio”.

En esta mañana del miércoles 23 de septiembre, ninguna de las personas clave del entorno del presidente, y mucho menos él mismo, podía siquiera vislumbrar que la política española estaba a punto de sufrir un enésimo giro completo de guion que llevaría a una convocatoria electoral en 2026, justo lo único que Sánchez dijo que no haría en ningún caso. “Habrá Presupuestos en 2026 y elecciones en 2027, repetía como un mantra el presidente.

Sánchez sí estaba intentando por todos los medios salir del agujero de Ceuta, en el que le metían una y otra vez los medios, incluso los internacionales —en Nueva York la CNN le preguntó de forma muy directa qué había hecho mal para que entraran 80.000 personas y él admitió que Marruecos había fallado— y para ello había organizado una cita clave con Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York, gran referente progresista que ganó las elecciones precisamente con propuestas radicales en vivienda. El español estaba pletórico con los aplausos de Mamdani en la residencia oficial del alcalde, un hermoso palacete pegado al East River: “España ha subido el SMI el 66%. Sánchez ha mandado el mensaje de que el trabajo y la dignidad importan”, clamaba el neoyorquino.

Pero en España las cosas iban por otro lado. La indignación crecía con el desahucio de Maricarmen Abascal, especialmente en el mundo progresista. Sánchez entendió rápido que ese era un asunto que iba a cambiar totalmente el eje de la política, aunque en ese momento no podía imaginar que 10 días después le iba a llevar a convocar elecciones. En la rueda de prensa en Nueva York, Sánchez ya se lanzó con todo contra Ayuso: “Están más preocupados en comprar aticazos pero han hecho caso omiso a una tragedia social como la de Maricarmen, que debería ser resuelta”. Ceuta empezó a pasar a un segundo plano en las noticias.

Sánchez ya había hablado con sus colaboradores en Madrid y le habían dicho que la conmoción era tan grande que esta vez sí había agua para aprobar un decreto sobre vivienda con el escudo antidesahucios que llevaba meses negociándose, pero nunca se llevaba al Consejo de Ministros porque Junts daba largas. En esos días, Junts empezó a hablar de otra manera con la ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez. Ella se convenció, y se lo dijo al presidente, de que había agua en la piscina. Así se lo hizo pensar Miriam Nogueras, portavoz de Junts.

A partir de ahí se abrió una negociación intensa con todos los grupos pero cuidando especialmente a Junts, el eslabón más frágil de la cadena, y a Podemos, que también amenazaba con romperla si el decreto no era contundente y sobre todo si metían en él la reforma de la ley del suelo que pedía el PNV. Se consiguió eso: el PNV renunció a meter ahí la ley del suelo. Podemos además tenía la presión del Sindicato de Inquilinas, que pedía el voto a favor. Se cerró con Sumar la prórroga de los alquileres.

Todo iba bien. Junts logró incluir el 90% de sus propuestas, según explicó la ministra. Sobre todo deducciones fiscales. Incluso ya a punto de entrar al Consejo de Ministros el martes 29, Junts colocó la última medida, la garantía definitiva: si se paraliza un desahucio, las comunidades están obligadas a pagar al propietario la deuda que tiene si no encuentran una solución habitacional. Junts hizo ver que eso le valía.

Pero el miércoles, cuando leyó el decreto en el BOE, empezó ponerle pegas. Aun así, a Sánchez le preguntaron con Macron en La Moncloa, incluso le hablaron de elecciones anticipadas si no salía el decreto, y se mostró confiado: “Soy razonablemente optimista”.

El jueves al mediodía llegaron las primeras alertas. “Ojo, que Junts se puede ir al no, ni siquiera a la abstención. Se lo puede cargar todo”, le transmitieron a Sánchez algunas personas que conocían el debate interno. Varios ministros consultados empezaban a dudar. “Tienen que elegir entre la gente, que quiere el decreto, también los que les votan, o las presiones de la patronal y los lobbies de los fondos. Ellos sabrán, pero han demostrado hasta ahora varias veces que están muy perdidos”, señalaba uno de los mejor informados.

Ahí es cuando la hipótesis electoral empieza a fraguarse. Junts convoca su ejecutiva a las 21.00, pero muchos se temen ya lo peor. Sánchez habla con su núcleo duro: Félix Bolaños, Óscar Puente, Óscar López, Diego Rubio [su jefe de Gabinete], la secretaria general del PSOE, Rebeca Torró. También contacta varias veces con Salvador Illa, su persona de máxima confianza, que además conoce bien a Junts aunque se relaciona más con la parte más pactista, encabezada por Jordi Turull. El presidente también habla con la andaluza María Jesús Montero.

Son los dirigentes clave. Y la mayoría empieza a ver muy claro que si Junts tumba los decretos hay que ir a elecciones. No hay mucho más margen. “Si el Congreso no aprueba algo tan básico como un decreto de emergencia para parar desahucios como el de Maricarmen, ¿con qué cara vamos a ir a intentar unos Presupuestos?“, le dicen varios dirigentes. Otros se entusiasman. ”Es una oportunidad, podemos girar el discurso, hablar de vivienda, de sanidad, de educación, de los temas que importan, hay que ir a por todas», le repiten varios.

Sánchez siempre prefiere escuchar para madurar su decisión y no dejar claro qué va a hacer, mantener el misterio. Pero esta vez varios de los consultados le vieron mucho más decidido que otras. Él les repite a todos una frase que acabaría siendo definitiva, y que está de alguna manera en la comparecencia en la que anunció las elecciones el lunes: “Si no podemos aprobar políticas en el tema más fundamental, tenemos que convocar y decirle a la gente que necesitamos más diputados para aprobarlas”.

Las dudas, en realidad, según explican varios, pasaban más por el lado del espacio de la izquierda del PSOE, al que esta convocatoria le pilla desarmado, sin estructura, con un nombre recién elegido —Frente Amplio— y aún sin candidato, aunque rápidamente el fin de semana se ha apuntado hacia Mónica García.

Llega el viernes, y Sánchez comprueba en el Congreso que no es un farol. Que va en serio y con Junts no hay nada que hacer. Han decidido cargarse la legislatura a pocos días de que Carles Puigdemont sea definitivamente amnistiado por el Tribunal Constitucional, que está a punto de concederle el amparo que ha pedido. La sensación de traición de Junts, y también de suicidio político, es enorme en todo el equipo de Sánchez.

El presidente lo tiene cada vez más claro. Por la zona de Gobierno del Congreso pasan todos los ministros en una larga mañana de debate de los decretos. Hay un ambiente de funeral en los bancos de la izquierda del hemiciclo. Todo el mundo es consciente de que se está acabando la legislatura. Algunos en Sumar tienen más dudas. Otros, como Gabriel Rufián, de ERC, también rechazan ir a elecciones. Tampoco está preparado su proyecto de unificar a la izquierda.

Sánchez habla con Yolanda Díaz, con la que ha trenzado una relación política intensa de confianza en estos años. Lo llevan haciendo desde el jueves. Para él es importante entender si ese espacio está preparado. Necesita que aguanten, no le basta con absorberlos, porque hay millones de personas que jamás votarán al PSOE. Habla con los demás ministros de Sumar, entre los que está la probable candidata. Algunos de ellos también creen que es el momento de ir a elecciones. “Lo único seguro es que si hay elecciones nos pillan con la bandera correcta en las manos”, señala uno de ellos.

Todo se va a precipitar y no parece que la izquierda esté lista. Pero Sánchez no ve manera de seguir y sus ministros socialistas creen que la situación es una oportunidad para movilizar a la izquierda como en 2023, cuando el presidente dio la campanada con un millón de votos más de los previstos y logró seguir en La Moncloa. Sánchez prepara su discurso en la tribuna, a la que va a subir de manera inesperada e inusual, con una frase que ya huele a elecciones: “Hagan lo correcto, porque creo que, si no, la historia les juzgará antes de lo que creen y con más contundencia de la que imaginan”, le dice a PP, Vox y Junts.

Sánchez se va por la tarde a La Moncloa. No hay reuniones de crisis, solo una interminable lista de llamadas interrumpida por alguna sesión de deporte durante el fin de semana. Uno tras otro, todos los dirigentes socialistas consultados le van diciendo lo mismo: “La gente está indignada. Hay que ir a elecciones. Es una oportunidad”. Sánchez empieza una ronda con todos los dirigentes provinciales. Esta vez no habla solo con su núcleo duro, como es habitual. Ahora amplía al partido. Además pide análisis de datos. Los expertos de La Moncloa los escrutan. Las encuestas son muy malas, todas dan que el PP y Vox suman cómodamente la mayoría absoluta. Sánchez no se fía de esos sondeos, que ya fallaron en 2023. Los suyos le animan a ir a elecciones, a jugársela, porque ninguna encuesta puede medir ya el efecto de la conmoción Maricarmen.

Lo va teniendo cada vez más claro. Pero aún quiere ver las manifestaciones del sábado, probar cómo está el ambiente en la calle. La convocatoria de “rodea el Congreso” el viernes ha sido pequeña. El sábado, sin embargo, las manifestaciones se llenan. Es un mensaje contundente, aunque no definitivo.

Pero Sánchez está cada vez más decidido. A sus interlocutores les deja claro que es inviable intentar seguir con un Congreso que tumba el “decreto Maricarmen”. Y además señala lo que le dicen muchos dirigentes socialistas: hay que aprovechar el momento, como en 2023, subirse a una ola de movilización de la izquierda por la vivienda, darle la vuelta a las encuestas como entonces.

—Este congreso no nos vale, tenemos que ir a elecciones. Además tenemos una oportunidad para que la campaña vaya sobre vivienda, sobre educación, sobre sanidad. Podemos ganar —les repite Sánchez a los suyos.

Las elecciones están decididas, aunque el remate llegará el domingo, ya cuando Sánchez empieza a trabajar en su discurso con su Gabinete. Además habla con Bolaños para organizar todo lo que va a venir después, con dos consejos de ministros, uno extraordinario para las elecciones y otro ordinario para aprobar el contenido del decreto Maricarmen y llevarlo a convalidar ya en la diputación permanente, donde el Gobierno tiene mayoría sin Junts. Por último llama al rey para informarle a media tarde en una larga conversación telefónica, según La Zarzuela, de sus planes de convocar elecciones al día siguiente, cuando Felipe VI viaja a Finlandia.

“La derecha siempre dibuja a Sánchez como alguien aferrado al poder. Por eso se han vuelto a equivocar pensando que no convocaría elecciones. Pero Sánchez ya es un dirigente maduro, es el segundo presidente más longevo, ya tiene un legado muy claro, está en la historia. Él ha entendido que no hay condiciones para seguir con este Congreso y hay una oportunidad para ganar. Y por eso convoca. No hay más”, resume alguien que conoce muy bien al presidente y ha hablado mucho con él estos días. “No había manera de seguir. Con qué cara íbamos a intentar negociar ahora unos Presupuestos con Junts. No tenía sentido y por eso nos vamos a elecciones”, señala un ministro.

Atrás han quedado todas las teorías conspiranoicas de que Sánchez no convocaría elecciones o incluso intentaría un referéndum de monarquía o república que circularon en muchos sectores. Todo ha sido mucho más normal. Una convocatoria como otras.

Resuelta la decisión, Sánchez la comunica el lunes y convoca un Consejo de Ministros extraordinario. Y ahí se lanza con un tono mitinero muy distinto al que había usado en la comparecencia institucional, donde se le veía cansado. El presidente arranca casi gritando: “¡Salimos a ganar y vamos a ganar!“. Eso obliga a todos los ministros del PSOE a hablar y lanzar mensajes similares, hasta convertir el consejo en una especie de mitin. Los de Sumar son más contenidos, pero también hacen discursos sobre la importancia de las elecciones y confían en ganar.

Todos son conscientes de lo importante que es que se espacio se reactive. Poco antes de empezar el Consejo de Ministros, Sánchez bromea con los ministros de Sumar. Pero en realidad habla en serio: ”¡Tenéis que sacar un mínimo del 10%!“. La clave de las elecciones de 2023 es que el PSOE y el PP quedaron empatados arriba, por encima del 30%, y Vox y Sumar abajo, rondando el 14%. Pero ahora la ultraderecha ronda según las encuestas el 18% y la izquierda, que de momento va por separado, no llega al 9% entre todos. Del cambio en esos números iniciales puede depender todo. Y de la capacidad de Sánchez de crecer más allá del 30%. El punto de partida de 2019 era difícil, el de 2023 casi imposible y este de 2026 parece más imposible aún. Sánchez y los suyos tienen 54 días para convencer a millones de personas de que vale la pena volver a cuadrar la carambola irrepetible.

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