Desde marzo en que empezó la guerra en Irán no se ha producido un encarecimiento en el supermercado Leer Desde marzo en que empezó la guerra en Irán no se ha producido un encarecimiento en el supermercado Leer
El inicio de la guerra entre Estados Unidos e Irán a finales de febrero y el posterior cierre del Estrecho de Ormuz se tradujo, casi de forma inmediata, en un encarecimiento del petróleo y el gas que disparó el coste de la gasolina, el gasóleo y la electricidad a nivel mundial. Las alertas sobre el contagio de estos incrementos al precio de los alimentos no tardaron en sonar, a lo que se sumaría el encarecimiento de los fertilizantes dada su imposibilidad de salir de la zona. Tres meses después, los precios de la cesta de la compra en España aún no se han resentido, pero fuentes del sector de la distribución aseguran que antes o después lo harán.
Aunque los datos de inflación del INE muestran que los precios de los alimentos y bebidas no alcohólicas en España son a cierre de mayo un 2,2% más altos que hace un año y que hay productos que exhiben tasas preocupantes -como los huevos, un 13,7% más caros-, la evolución del índice en términos mensuales refleja que desde marzo no se ha producido un encarecimiento. Los supermercados subieron sus precios un 0,6% en enero frente a diciembre, por ejemplo, otro 0,6% en febrero, pero desde marzo han moderado los incrementos: ese mes, de hecho, bajaron un 0,2%; en abril, recuperaron ese descenso con un alza de dos décimas, y en mayo se han mantenido sin cambios (0,0%).
Si las plataformas de distribución no elevan los precios es, principalmente, por que los alimentos que compran en origen no están subiendo por el momento, así como por la elevada competencia que existe en el sector y el miedo a que el cliente se vaya a otra tienda.
La cuestión es por qué la menor disponibilidad de fertilizantes y su encarecimiento -provocado porque alredor de un 30% de las exportaciones globales de fertilizantes atraviesan diariamente el Estrecho de Ormuz- no se están traduciendo en precios más elevados. Fuentes del sector de la distribución alimentaria explican a este medio que los productores que han tenido que comprarlos en estos tres meses a precio más alto son los que cultivan en el Hemiferio Sur, mientras que los del Norte -incluidos los españoles- en esta época han estado cosechando lo sembrado y no tendrán que hacerlo hasta que llegue septiembre.
Es difícil prever a qué precio lo harán entonces, dados los vaivenes de las negociaciones de paz, pero es muy posible que no lo hagan a los precios que existían antes del bloqueo, lo que impactará en la etiqueta final de los alimentos. Los frescos tardan semanas en contagiarse; los elaborados, más. El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, de hecho, teme que los agricultores opten por comprar menos fertilizantes para contener sus costes, lo que a su vez reduciría la producción cuando España importa la mitad del cereal que consume, por poner un ejemplo.
Lo que sí afectará al consumidor español es que la soja que están cultivando en el Hemisferio Sur a un coste mayor es la que compraremos después nosotros más cara para alimentar a nuestro ganado, lo que acabará repercutiendo en el precio final de la carne. ¿Cuándo? Variará en función del periodo de cría: puede pasar de uno a dos años hasta que se sacrifica a una vaca, mientras el pollo tarda 40 días en engordar.
La cadena de valor de este último, además, muestra cómo va subiendo su precio. La patronal de la distribución, Asedas, lo explica con datos de 2024: el pollo ya alimentado salía de la granja a un precio de 0,92 euros por kilo; después iba al matadero (que había pagado el pollo vivo al precio ya mencionado, más el transporte, el sacrificio y faenado, despiece y envasado y otros costes), del que salía a un precio de 2 euros el kilo. A continuación las empresas de logística o distribución lo transportan refrigerado hasta la tienda, lo manipulan y cargan y gestionan los pedidos, vendiéndoselo a las cadenas de distribución por 2,06 euros el kilo; para que estas últimas se lo hagan llegar al consumidor final por 2,90 euros el kilo después de incurrir en gastos de personal de carnicería, refrigeración y mermas y caducidades, entre otras.
Con todo, el encarecimiento de los alimentos en origen no se trasladará de manera exacta a los lineales de los supermercados, ya que estos aseguran que ante picos de inflación tratan de amortiguar parte de la subida contra sus márgenes. Según los datos del Ministerio, desde 2021, justo antes de que se propagara la ola inflacionista vinculada a la invasión de Ucrania, los precios de los alimentos en origen han subido un 45%, mientras que el IPC de los alimentos y bebidas no alcohólicas, según el INE, asciende al 35,9%, lo que supone que el consumidor final no ha asumido todo el aumento.
Por ahora, «no hay evidencia de que se haya encarecido ningún producto alimentario debido a la crisis en Oriente Medio. De hecho, la variación anual del IPC en alimentos y bebidas no alcohólicas se situó en mayo en el 2,2%to, cuatro décimas por debajo de la del mes anterior. Este dato demuestra, una vez más, la responsabilidad de la cadena en la absorción de los sobrecostes, entre otros, los que afectan al combustible», señala a este medio Felipe Medina, secretario general técnico de Asedas.
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