Carmen de Santa Ana, sevillana de 66 años, se despidió de su marido el 28 de octubre y cogió el AVE que chocó contra el Iryo en Urda. Estaba a punto de jubilarse como empleada en El Corte Inglés. Hoy, su marido, Javier Barrio, recuerda las horas interminables junto a sus hijos esperando noticias que llegaron con un comunicado de la muerte de su esposa.
Javier Barrio relata en una carta la desesperación que vivió con sus hijos mientras esperaba noticias de su esposa
Carmen de Santa Ana, sevillana de 66 años, se despidió de su marido el 28 de octubre y cogió el AVE que chocó contra el Iryo en Urda. Estaba a punto de jubilarse como empleada en El Corte Inglés. Hoy, su marido, Javier Barrio, recuerda las horas interminables junto a sus hijos esperando noticias que llegaron con un comunicado de la muerte de su esposa.
Nena, dime algo
Soy el marido de Carmen de Santa Ana Gil, fallecida hace una semana en el accidente de tren de Urda y el título es el WhatsApp que le envié a las 10 de la mañana del pasado miércoles 28 de octubre. Desde la distancia del tiempo, ahora espero y deseo que, en el momento del WhatsApp, llevara muerta una hora; significaría que el sufrimiento habría sido mínimo. El mensaje culmina una serie de llamadas desesperadas en las que la crispación crece desde que vinculo su viaje con el accidente y, su secretaria, me dice que no contesta al teléfono. Viaja en el vagón 7 del AVE, asiento 15 A. Cuatro horas antes se había despedido, como siempre, con un cálido beso en un Madrid todavía anochecido.
Escapo de la oficina y camino por Arturo Soria en círculos concéntricos alrededor de mi trabajo. En los pasos un ruego enloquecido para que me devuelva la llamada. Dejo mis datos a Renfe después de 20 minutos de llamadas. Todavía no quiero poner en alerta a mis hijos. Marco (30 años) está en Torrejón de Ardoz; Alexander (28 años) vive en Cambrils.

Lo que entra es un mensaje del mayor al Family: “¿Ninguno cogía trenes hoy, verdad?”. Me veo obligado a llamar y confirmarles que “mamá va en el tren”.
Marco me dice que viene a buscarme y que nos vamos a Toledo. Álex inicia su largo viaje desde Cambrils. Comienzan las cábalas. Si Carmen viaja en el vagón 7 está en la cola del convoy; llegan noticias de que algunos están saliendo por su propio pie. Vamos a recogerla y nos la traemos a casa.
A mitad de camino de Toledo, un jarro de agua fría. La realidad empieza a cobrar forma. Álex va por Zaragoza y nos dice que el tren va invertido. El siete es el segundo vagón después de la máquina, uno de los más perjudicados por el choque. ¿Hubiéramos preferido que no nos dijera nada? Cuando colgamos, sí; 5 minutos después, no. Los dos habríamos hecho lo mismo. No valen los paños calientes. Esta familia es así.
Urda
Hay operativos funcionando de apoyo en Consuegra y en Urda. En la primera población toledana se está desmantelando y nos indican que vayamos al polideportivo de Urda. Nada más llegar, nos filian con papel y bolígrafo al entrar al polideportivo. Los ordenadores apenas tienen cobertura. El caos y la descoordinación se están adueñando de todo; muchas horas después, ese descontrol será el único clavo ardiendo al que agarrarnos para confiar en volver a ver a Carmen viva.
A las tres de la tarde, la Guardia Civil nos dice que debemos ir a la Comandancia en Toledo y poner la denuncia por desaparición; también para dejar muestras de ADN. Me quedo en Urda y Marco se va para la capital castellanomanchega. Aprovechará para preguntar en los hospitales. Me quedo en el polideportivo de Urda; está rodeado por periodistas, lleno de voluntarios y de bocadillos de queso y lomo que nadie es capaz de tragar. Las moscas trabajan sin descanso en este verano interminable. Durante las cinco horas que estaré en Urda haré 10.000 pasos por el polideportivo.
A mitad de tarde, el absurdo más atroz. Los responsables de los afectados de Renfe nos hacen pasar a una casa próxima. Podría ser un estupendo decorado para una película de Almodóvar. Los periodistas han sido alejados una calle más atrás. En un patio atestado comienza una lectura de nombres y apellidos que escuchamos con el corazón en la garganta. Uno a uno van llegando 15, 20, 30, 40 nombres de hombres y mujeres; todos respiramos cuando no sale el nuestro y cerramos los ojos para escuchar el siguiente. Cuando se acaba la lista, la condena. Nadie quiere decirnos con qué se corresponden. ¿Desaparecidos, no identificados, en hospitales, heridos? Ningún familiar ha levantado la mano. ¿Todos los nuestros están muertos? Me cruzo con miradas de pánico; ojos arrasados por las lágrimas. Serán mis tristes compañeros de vida en los días siguientes. No queremos hablar entre nosotros. Hacerlo sería como reconocer que nos ha tocado la bola negra. ¡Se han cubierto de gloria los de Renfe!
Anochece el miércoles en Urda y nos dicen que a partir del día siguiente el Centro de Atención a los Familiares (CAF) funcionará cerca de la Comandancia de la Guardia Civil, en la Casa Diocesana de El Buen Pastor, en Toledo. Tres voluntarias me acercan en su coche; tres chicas jóvenes para las que ayudar no tiene límites. Me vuelvo a reunir con Marco. Denuncia, prueba de ADN y recorrido por los hospitales concluido. La noche en el hotel asignado la pasaremos deseando que cualquier teléfono desconocido reviente la noche; apenas pegamos ojo. El silencio que nos rodea comienza a prepararnos para lo peor. Nos dormimos con las manos enlazadas.
CAF de El Buen Pastor
El jueves nada tiene sentido. Día eterno. Álex llega a primera hora de la mañana. “¿Dónde está mi mami? ¿Estará pasando frío?“, pregunta entre lágrimas. Carmen sigue desaparecida. La rumorología se dispara y los responsables de Renfe siguen en un salón de actos parapetados tras sus ordenadores. Las escasas comunicaciones que nos dedican son un sinsentido y no paran de tratarnos como clientes, cuidando la reputación de su empresa. No saben manejar una situación que les sobrepasa.
Los familiares pasamos todo el día reconociéndonos en paseos sincopados, temiendo el fatal desenlace; ahora dentro, después fuera. Al sol o a la sombra. Sentados o caminando. Buscando en la mirada de los psicólogos, guardias civiles, curas, voluntarios alguna esperanza que llevarnos al cerebro. Encomiable la labor de todos ellos de principio a fin. En realidad, lo que quieren decirnos no lo queremos escuchar… Las moscas siguen trabajando. Igual que se abalanzan sobre los cadáveres no dejan de perseguir con fruición a estos vivos que, en muchos momentos, quieren estar muertos. A lo largo del día se van sumando a esta absurda concentración más familiares y amigos. Vuelta al hotel; otra noche de silencio y sueño roto. El diazepam sólo funciona un rato.
La llegada del viernes al CAF tiene una buena noticia; hay una reunión con la Guardia Civil en el salón principal para todos los afectados a las 10 de la mañana. No creemos que vayan a ser buenas noticias, pero estamos agotados y necesitamos certidumbres. Con tacto al principio y determinación después, un coronel y una comandante nos dicen lo que el alma repite a gritos hace horas. En el CAF hay un número de familias que se corresponde con el número de muertos en la morgue. Carmentxu está muerta y no va a volver. Estrecho la mano del coronel, agradecido porque sus palabras nos permiten empezar el duelo. La comandante se pone a llorar en mi hombro. Estoy muy cerca de las primeras filas y hemos intercambiado miradas crudas durante las interpelaciones. Confirman nuestros teléfonos porque llamarán a cada familia para confirmar el deceso, entregar el Certificado de Fallecimiento y ofrecer apoyo psicológico. Vuelta a la calle con mis hijos. Nos abrazamos con rabia y desconsuelo, no hay forma de dejar de llorar. Comienza la vida sin Carmen y decido que vamos a airearnos por Toledo. A la salida del Centro Diocesano me encuentro con multitud de cámaras y me pongo en el centro. Necesito verbalizar. La mosca no falta a la cita. Caminata por una Toledo empinada y vuelta después de comer. Nos vamos al hotel y el teléfono seguirá callado toda la noche.

El sábado a primera hora, a la llegada al CAF, nos espera la Guardia Civil. Con delicadeza y determinación nos comunican de forma oficial el fallecimiento de Carmen.
Mi mujer fue velada en el cementerio de Pozuelo de Alarcón por todos los que la queríamos el Día de Todos los Santos en una ceremonia multitudinaria, como ella hubiera querido. Con familia, amigos, compañeros de trabajo y una gran representación del sector turístico en el que ella trabajó durante toda su vida.
Desde entonces en mi Spotify solo suena la música de funeral de Purcell. La reina Mary ha muerto y aprender a vivir sin ella va a ser el mayor reto de mi vida. No hay palabras para describir este desconsuelo.
España en EL PAÍS
