Óscar Naranjo, ex vicepresidente de Colombia: «El crimen organizado llena el vacío en territorios donde no hay Estado»

Este general formó parte de los operativos que acabaron con Pablo Escobar y fue negociador de la paz en La Habana. Es un referente como experto en seguridad en América Latina Leer Este general formó parte de los operativos que acabaron con Pablo Escobar y fue negociador de la paz en La Habana. Es un referente como experto en seguridad en América Latina Leer  

América Latina es un continente acostumbrado a lidiar con la inseguridad, pero ahora este problema atraviesa todas sus venas casi sin excepción de ningún país. Óscar Naranjo (1956, Bogotá) es un referente en una cuestión que está marcando las contiendas electorales en la región. En concreto, los comicios en su nación tendrán lugar a finales de mes.

Vicepresidente de Colombia con Juan Manuel Santos, este general integró antes la Policía Nacional durante 36 años -participó en operaciones que acabaron con Pablo Escobar– y fue negociador plenipotenciario en representación del Gobierno colombiano en La Habana. También ha sido asesor de seguridad con el mexicano Enrique Peña Nieto.

«Hay una evolución del crimen. Ya no estamos hablando de estructuras tipo cártel como Medellín, Cali o Sinaloa. Son grupos organizados que no tienen un apetito por producir impactos nacionales o pretender, como Escobar, la toma del poder nacional. Han introducido la idea de gobernanza criminal, que significa que ejercen control en territorios, imponen reglas de comportamiento a los ciudadanos, cooptan autoridades locales vía intimidación o corrupción y protegen sus fuentes de economía criminal», explica Naranjo, de visita en España para participar en el seminario internacional ‘América Latina bajo presión’, celebrado en Casa de América y organizado por la Fundación Carolina.

Además, son grupos que «están más coordinados transnacionalmente», llevando así la violencia a lugares hasta ahora pacíficos; cuyo principal objetivo es «influir en la política» para «ganar impunidad»; y que «están matando menos, pero ejercen violencias que a veces resultan invisibles: desplazamiento, confinamiento, reclutamiento forzado de menores, extorsión y secuestro».

¿Sería hoy el Tren de Aragua el principal problema?
Yo diría que el Tren de Aragua es una expresión disruptiva en relación con el crimen organizado en América Latina, pero que no necesariamente es de importancia prioritaria o estratégica. Como fenómeno, yo creo que hay que contenerlo porque es un grupo que nace desde una cárcel venezolana, pero tiene la habilidad de irradiar por lo menos en nueve países latinoamericanos.
Entonces, ¿cuáles serían los retos en la región en torno a la violencia?
Diría que es contener la integración criminal que se está dando. Este crimen transnacional está cada vez más integrado y coordinado. Al mismo tiempo, es un reto importante hoy no concentrarse solamente en el narcotráfico como la economía criminal única, dado que la explotación de oro, el tráfico de personas, la deforestación de la selva amazónica, el tráfico de especies, el secuestro… son parte ya de esa nueva realidad. Estamos frente a organizaciones que uno podría llamar multicrimen. Y, por otro lado, es importante no cerrar los ojos a la corrupción.
Precisamente, ahora que hay elecciones en varios países latinoamericanos, los expertos hablan de que el escollo es que el crimen organizado está en las estructuras del Estado.
Hay una triple combinación con el crimen organizado. Ha llegado a llenar el vacío en territorios donde nunca hubo Estado. En otros, ha competido con el Estado, ofreciendo, entre otras cosas, servicios. Y, en diferentes casos, ha penetrado el Estado para cooptarlo y se ha incrustado dentro de él.
Como asesor de seguridad que fue de Peña Nieto, ¿por qué es tan difícil acabar con los cárteles?
El gran telón de fondo es que frente al tema de las drogas la política prohibicionista basada en el punitivismo ha demostrado que no ofrece resultados. Es decir, mientras persistamos en esta idea que no combina procesos de regularización de algunas drogas, habrá siempre una fuente motivacional basada en la economía, que es lo que mantiene persistente a esas organizaciones.
Usted fue en su día elegido como el mejor policía del mundo, ¿qué plan armaría para atajar la violencia?
Hay varias prioridades que asumir: fortalecer los procesos de Inteligencia para saber exactamente cuál es el fenómeno que se está enfrentando; que ningún país aisladamente puede enfrentar algo que es transnacional; detrás del tráfico de estupefacientes hay una cadena de valor que realmente hay que desmantelar y tiene que ver con cómo se llega a la identificación de las finanzas, de los vehículos que hacen posible ese lavado de activos y atacar esa economía criminal; y no caer en la tentación de que solamente una política de encarcelamiento resuelve el problema.
¿Las políticas de mano dura y la militarización que anuncian tanto candidatos como presidentes que ya están en ejercicio son eficaces?
Francamente, creo en las políticas de firmeza, no de mano dura. Yo creo que la mano dura expresada simplemente como la salida, eliminando delincuentes, es un gran error. Abren caminos a la violación de Derechos Humanos y especialmente deterioran la confianza de los ciudadanos en el Estado de derecho. La militarización que estamos viviendo supone que un delincuente es un enemigo, y la verdad es que en un Estado de derecho es alguien a someter a la ley para resocializarlo con el pago de su pena. Las posturas de mano dura simplistas no son sostenibles y no son eficaces.
El referente es el ‘modelo Bukele’, con el que la población salvadoreña nota que puede salir la calle, que ha ganado en seguridad…
A ese modelo le hago tres observaciones. En democracia y en un Estado de derecho, el fin no puede justificar los medios. Segundo, me parece que el caso de El Salvador no es replicable en la región porque hace frente a una especie de subcultura criminal basada en las tribus de las maras, que es un caso muy excepcional. Tercero, el tamaño de El Salvador y su población no son comparables a países donde hay crimen organizado en vastas regiones, como el caso colombiano.
¿EEUU puede ayudar a acabar con la inseguridad en la región?
Acaba de ser publicada la política y el plan antidrogas de EEUU, un documento de casi 200 páginas. Buena parte de la política norteamericana hoy se basa en lo que uno podría llamar la disuasión dura como el punto de entrada. La pregunta es si logra su cometido. Suelo poner un ejemplo, si el ataque a las lanchas que transportan alcaloides en el Caribe o en el Pacífico, utilizando misiles para destruirlas, es disuasiva o no. Yo lo que veo es que el narcotraficante lo que hace es cambiar rápidamente su modalidad delictiva para adaptarse a una nueva realidad.
¿Ha cambiado algo desde la intervención que hubo en Venezuela?
Ha cambiado que se ha lanzado el Plan Escudo de las Américas, donde no participaron Colombia, Brasil y México, siendo los países que más podrían aportar.
¿Qué ha supuesto la Presidencia de Petro para Colombia?
En algunas materias sensibles para el país el balance no es positivo. Por ejemplo, el presidente nos creó una expectativa ambiciosa con la paz total y la verdad es que los resultados que deja son tremendamente deficitarios.
Poco se habla ya de ese proceso de paz en Colombia, ¿qué ha quedado no solo de la firma también de la implementación?
Estamos a punto de cumplir 10 años de la firma del acuerdo y se podría decir que la implementación ha sido agridulce, porque hay aspectos donde ha sido deficitaria. A cinco años que faltan para culminar la implementación, tengo la convicción de que recuperaremos el tiempo perdido.
Respecto a las próximas elecciones colombianas, ¿algún candidato le ha propuesto ser asesor de seguridad en su campaña?
El candidato Sergio Fajardo me pidió que le diera opiniones sobre su plan en materia de seguridad y tuve un par de reuniones donde yo hice observaciones.
¿Qué aspirante cree que tiene la mejor política de seguridad?
He visto propuestas de seguridad, sin embargo creo que son propuestas muy perfectibles. No basta con invocar el fortalecimiento de la fuerza pública, hacer anuncios de la mano dura…
Abelardo de la Espriella es conocido como el ‘Bukele colombiano’, ¿cree que tiene opciones?
No hay un resultado que hoy sea predecible. Hice pública una declaración diciendo que yo tengo diferencias abismales de vida con él. Reconociendo que él es un abogado penalista, mientras él defendía criminales, yo trataba de llevarlos ante la justicia. Hoy las campañas se mueven en una especie de surrealismo político. Dicen muchas cosas como candidatos, pero una vez que llegan a gobernar, ese surrealismo tiene que hacerse realismo total.
¿Por qué mataron a Miguel Uribe Uturbay?
Yo le atribuyo ese asesinato a la irracionalidad de los grupos criminales. En medio de la campaña, el asesinato de Miguel Uribe fue un hecho que pretendía desestabilizar el país y generar, si no caos, desconfianza institucional.
¿Y cree que ahora mismo algo similar puede pasar?
No hay que bajar la guardia. Dada la historia trágica de Colombia, no podemos relajarnos en esa protección.

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