Las primeras legislativas desde la invasión incorporan las regiones ucranianas anexionadas en 2022, dejan fuera la única lista nacional antibelicista y elevan a los veteranos como la «nueva élite» rusa Leer Las primeras legislativas desde la invasión incorporan las regiones ucranianas anexionadas en 2022, dejan fuera la única lista nacional antibelicista y elevan a los veteranos como la «nueva élite» rusa Leer
Rusia vuelve a las urnas en unas elecciones cuyo resultado se conoce de antemano. Las legislativas del 18 al 20 de septiembre serán las primeras desde la invasión a gran escala de Ucrania y las primeras en las que Moscú incorporará a la votación las cuatro regiones ucranianas cuya anexión proclamó unilateralmente en 2022, sin controlar por completo el territorio que reivindica. En un régimen sin alternancia, las urnas sirven menos para decidir quién gobierna que para medir qué parte del resultado necesita fabricar o maquillar el Kremlin para demostrar que sigue mandando. La cita llega además cuando los ataques ucranianos, cada vez más profundos, han agravado la escasez de gasolina, interrumpido rutas decisivas para la exportación de grano y destruido una parte sustancial de la red de almacenes de Wildberries, una de las mayores plataformas de comercio electrónico del país.
Se renuevan los 450 escaños: la mitad por listas y la otra mitad en circunscripciones uninominales. Rusia Unida llega con 315 diputados y el sistema le permite aspirar de nuevo a la mayoría constitucional incluso sin una victoria arrolladora en el voto nacional. Tras rebajar durante el verano sus objetivos ante la caída en los sondeos, la Administración Presidencial ha vuelto a exigir más: alrededor del 47% en las regiones de apoyo medio y más del 50% en el conjunto del país. Esta vez Vladimir Putin se ha implicado activamente en la campaña de Rusia Unida para la Duma Estatal. Ha recorrido varias regiones de Siberia y el Lejano Oriente, fuera del alcance de los drones ucranianos, y «hasta se arriesgó a viajar a Nizhni Nóvgorod», ironizó el analista Andrei Pertsev.
La guerra está ausente de la competición y omnipresente en la vida de los votantes. Yabloko, la única formación nacional registrada con un lema abiertamente contrario a la guerra, «Por la paz y la libertad», reclamaba un alto el fuego y negociaciones, aunque evitaba concretar las condiciones territoriales de un eventual acuerdo. El Tribunal Supremo anuló en agosto el registro de su lista federal, cuando ya había sido admitida y comenzaba a ganar apoyo. El medio independiente Vyorstka contabilizó al menos 36 candidatos contrarios a Rusia Unida excluidos o no admitidos en circunscripciones uninominales de las elecciones a la Duma y a los parlamentos regionales. Diecinueve de ellos pertenecían a Yabloko.
El escritor ruso Mijaíl Zygar ha descrito esta «democracia soberana» como un sistema basado en retocar las reglas electorales hasta apartar a los candidatos incómodos. Dentro del Kremlin conviven un bloque policial y otro político. Ambos quieren un respaldo elevado a Putin y una alta participación, pero esta vez parece haberse impuesto el primero, ligado a los servicios secretos: prefiere dejar fuera cualquier alternativa capaz de atraer el voto de los descontentos, aunque así termine de apagar el escaso entusiasmo de los rusos por votar. El Kremlin ha esquivado de este modo la posibilidad de convertir las elecciones en un referéndum sobre la guerra.
El periodista exiliado Roman Dobrojotov describe el estado en el que el país llega ahora a las urnas: «La Rusia de 2026 no se parece en absoluto a la Rusia de 2021. Antes cientos de miles de personas podían salir a protestar; ahora puedes tener problemas incluso por lo que dices en una cocina». «La atmósfera dentro del país es muy, muy tóxica», añade. Un rumor que está condicionando el significado político de las elecciones: una posible nueva movilización para ir al frente, que podría suceder después de votar.
A su manera, la guerra entra físicamente en la Duma, pero no en forma de debate, sino de santificación. Más de 1.600 veteranos o participantes en la guerra fueron propuestos como candidatos en comicios de todos los niveles y unos 200 aspiraban a un escaño nacional. Putin lleva tiempo presentándolos como la «nueva élite». Tampoco la oposición parlamentaria ofrece una alternativa sobre lo esencial. Novaya Gazeta Europe seleccionó 30 de las leyes más polémicas aprobadas durante la guerra: en la votación final de 20 de ellas no hubo ni un solo voto en contra entre los diputados de las cinco facciones. Comunistas, LDPR, Rusia Justa y el partido Gente Nueva, discretamente respaldado por el Kremlin, pueden discrepar sobre las pensiones o internet. Pero en lo que se refiere a la guerra, la persistente represión o la ampliación de la arquitectura autoritaria del régimen, las diferencias casi desaparecen.
La transformación no se limita a las instituciones: también alcanza a la sociedad. «Putin necesitaba la guerra para Rusia. Necesitaba conquistar Rusia», explica Zygar a EL MUNDO. «Se estaba dando cuenta de que las generaciones más jóvenes eran cada vez menos leales a él y estaban cada vez más alejadas de esos valores soviéticos, imperiales y obedientes. Necesitaba la guerra para devolver el miedo soviético, para volver a tenerlas bajo control».
En un sistema donde las elecciones ya no sirven para decidir quién gobierna, todavía conservan otra utilidad: obligan a la sociedad a representar periódicamente su adhesión al poder. El ensayista Andrei Kolesnikov lo explica en su nuevo libro The Closing of the Russian Mind al describir cómo ha cambiado el contrato entre Putin y los rusos. Durante años, sostiene, a la mayoría le bastaba con mantenerse al margen de la política y «votar automáticamente a favor de cualquier cosa que apareciera en la papeleta». Pero la guerra ha elevado la exigencia: «En un sistema autoritario basta con guardar silencio y obedecer, mientras que en uno totalitario el Estado exige complicidad». Para Kolesnikov, esa complicidad incluye precisamente «el voto forzado en las elecciones como una forma de exigir apoyo directo al régimen».
El escritor Mijaíl Shishkin describe el mismo mecanismo como una representación teatral. «De vez en cuando, cuando hay una ‘elección’, el Estado necesita que las masas silenciosas hablen. Se recluta entonces a un grupo de extras para ayudar a organizar el espectáculo», escribe en su alegato contra Putin y la invasión, Mi Rusia. La guerra o la paz. Entre esos figurantes incluye a los profesores que trabajan en los colegios convertidos en centros electorales y pasan, durante unas horas, de espectadores del sistema a participantes en su puesta en escena.
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