Una mirada más profunda a la belleza de un eclipse

Ahora que vuelven a estar de moda los poemas griegos y los diez años del regreso de Odiseo están llenando las taquillas, me gustaría hacer una reflexión acerca de otros viajes. Comencemos por un fotón, uno cualquiera, pero eso sí, uno que comienza a andar en ese colosal reactor nuclear que habita en las entrañas del Sol. Necesitará cientos de miles de años en atravesar el interior solar y escapar desde su superficie. Después, en tan solo ocho minutos y 12 segundos, puede plantarse en tu ojo. Para una energía concreta, digamos que solo uno entre un millón de esos fotones pertenece a la corona. Por eso nunca la has visto, a pesar de que siempre está ahí.

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 En un eclipse conviven física y belleza. Quizá ahí reside la verdadera fascinación: en recordarnos que podemos, al mismo tiempo, aprehender el universo y maravillarnos de su encanto  

Ahora que vuelven a estar de moda los poemas griegos y los diez años del regreso de Odiseo están llenando las taquillas, me gustaría hacer una reflexión acerca de otros viajes. Comencemos por un fotón, uno cualquiera, pero eso sí, uno que comienza a andar en ese colosal reactor nuclear que habita en las entrañas del Sol. Necesitará cientos de miles de años en atravesar el interior solar y escapar desde su superficie. Después, en tan solo ocho minutos y 12 segundos, puede plantarse en tu ojo. Para una energía concreta, digamos que solo uno entre un millón de esos fotones pertenece a la corona. Por eso nunca la has visto, a pesar de que siempre está ahí.

Si el próximo 12 de agosto tienes la suerte de ocupar una diminuta franja de la superficie terrestre, durante unos pocos segundos excepcionales, el Sol, la Luna, la Tierra y tú estaréis perfectamente alineados. Entonces tendrás la oportunidad, si las nubes lo permiten, de ver con tus propios ojos algo que el Sol casi nunca revela a los habitantes del planeta. Aparecerá la corona. Así que recuerda ese viaje épico del fotón y la suerte que tienes no solo de existir, sino también de estar ahí, ya que la probabilidad de que ocurra un eclipse en un lugar concreto del planeta es muy pequeña, apenas una vez cada 400 años.

Tomemos ahora un poco de perspectiva temporal. El Sol brilla desde hace 4600 millones de años y la vida en la Tierra surgió apenas mil millones de años después. La presencia de seres con cerebros grandes, tecnología y conocimiento para descifrar el complejo movimiento de tres cuerpos celestes es muy reciente. Aunque diversas culturas de la antigüedad eran capaces de predecir la duración y fecha de los eclipses, no entendían su mecanismo. Lo doctrinal del conocimiento no se divulgaba a la población, se mantenía en las élites y los eclipses eran utilizados como arma de poder. Ya no. Por eso ahora, aunque el Sol se oscurezca en mitad del día, no tendremos miedo, otro privilegio muy reciente. Esos terrores, gracias a la astronomía, ya no nos pertenecen. Los astrólogos ya no susurrarán a sus príncipes buenos o malos augurios para hacer cambiar las tornas de las batallas.

Dejemos a un lado las guerras, bastantes tenemos ya. Volvamos a la vida y al Sol, esa bola prodigiosa de plasma incandescente que seguirá brillando durante miles de millones de años proporcionando energía. Sin Sol, no hay vida, así de sencillo. A veces hay que repetir lo obvio.

La fuerza que mueve la cola de los cometas está hecha de pequeños pedazos de Sol. También son retazos de Sol los que provocan las auroras boreales, protones y electrones expulsados de su superficie a cientos de kilómetros por segundo. El Sol es mucho más complejo que ese disco de luz que vemos cada día aparecer por el este. No es una esfera cerrada. Podríamos decir que tiene cientos de dedos que se extienden hacia el espacio exterior. Nuestra estrella se evapora, como todas, transformándose en un viento que nos envuelve, nos protege y también nos amenaza.

Los dedos que empujan al viento solar están hechos de material de la corona, que es a su vez la extensión de su atmósfera. Ese halo tenue que desvelará el eclipse solo se extiende millones de kilómetros más allá de la superficie del Sol, pero el viento solar sopla más allá del espacio interplanetario, más allá de la atmósfera de Plutón, envolviendo todo el sistema solar. Al proyectarse hacia el exterior, el viento solar forma una inmensa estructura denominada heliosfera.

En la superficie solar, regiones dinámicamente activas interaccionan con la corona mientras que los campos magnéticos se retuercen bajo la influencia de plasma caliente de diferentes densidades. Cuando la gravedad ya no puede retener el material, se desplaza a lo largo de las líneas del campo magnético hacia el exterior. El Sol en su giro cada 27 días, enrolla esas líneas sobre las regiones polares formando una gran espiral en rotación y generando viento. Los bucles de las líneas del campo magnético atrapan parte del plasma y evitan que escape o explote en procesos muy complejos que todavía no entendemos bien y que seguimos descifrando.

En un eclipse conviven física y belleza. La expresión de la emoción y la explicación de la ciencia se complementan y nos ofrecen una mirada más profunda y rica de la realidad. Quizá ahí reside la verdadera fascinación: en recordarnos que podemos, al mismo tiempo, aprehender el universo y maravillarnos de su encanto.

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