La epidemia de ébola que golpea el noroeste de la República Democrática del Congo (RDC) —con al menos 177 muertes sospechosas y 750 casos bajo investigación— ha puesto de relieve el impacto directo de los recortes en ayuda humanitaria y financiación sanitaria sobre la capacidad de contener brotes en contextos frágiles, especialmente tras el cierre de USAID, la agencia de cooperación de Estados Unidos y mayor donante del país africano. Mientras la Organización Mundial de la Salud (OMS) evita establecer una relación directa entre financiación y retrasos en la detección de brote, que atribuye a múltiples causas, responsables sobre el terreno describen un sistema sanitario profundamente debilitado por la falta de recursos.
La responsable de la OMS en el país alerta de que la drástica caída del 70% de los fondos de EE UU merma la respuesta ante la crisis por falta de personal y equipamiento
La epidemia de ébola que golpea el noroeste de la República Democrática del Congo (RDC) —con al menos 177 muertes sospechosas y 750 casos bajo investigación— ha puesto de relieve el impacto directo de los recortes en ayuda humanitaria y financiación sanitaria sobre la capacidad de contener brotes en contextos frágiles, especialmente tras el cierre de USAID, la agencia de cooperación de Estados Unidos y mayor donante del país africano. Mientras la Organización Mundial de la Salud (OMS) evita establecer una relación directa entre financiación y retrasos en la detección de brote, que atribuye a múltiples causas, responsables sobre el terreno describen un sistema sanitario profundamente debilitado por la falta de recursos.
“La disminución de la financiación ha tenido un impacto tremendo en la acción” de las organizaciones humanitarias, admite Anne Ancia, representante de la OMS en la RDC, durante un encuentro con periodistas celebrado por videoconferencia desde Ituri, el epicentro del brote de ébola.
EE UU financiabaen2024 cerca de dos tercios de la respuesta humanitaria del país, según datos de Naciones Unidas, con 920 millones de dólares (793 millones de euros). Pero al año siguiente redujo su contribución en torno a un 85% hasta los 142 millones de dólares. Ese recorte ha dejado al sistema humanitario bajo mínimos: a comienzos de 2026 apenas se había cubierto una cuarta parte de los 2.500 millones de dólares necesarios para asistir a unos 11 millones de personas.
En el caso específico del sector sanitario, el recorte de los fondos estadounidenses ha supuesto “una caída del 70%” de la financiación, subraya Ancia, que añade que otros programas “extremadamente importantes como los de agua y saneamiento” han experimentado recortes del 73%. Estas infraestructuras son clave para frenar el ébola, ya que la falta de agua potable y saneamiento facilita la transmisión del virus en comunidades extremadamente vulnerables.
“Hemos tenido que disminuir completamente el número de personas objetivo de nuestra acción humanitaria”, explica la experta de la OMS. En el caso de la RDC, la falta de fondos ha obligado a que la respuesta humanitaria de 2026 se centre en 7,3 millones de personas, de los casi 15 millones que necesitan asistencia vital y protección, según anunció en enero la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU.
Sobre el terreno, el resultado es visible. Ancia describe campos de desplazados sin asistencia, donde “no hay ayuda” y la población se ve obligada a recorrer kilómetros para acceder a agua o atención médica. “No podemos dejar a la población así, sin ninguna asistencia, pero es lo que está ocurriendo”, lamenta. La escena, según Ancia, ilustra un contexto en el que el “debilitamiento de los servicios básicos” crea el caldo de cultivo perfecto para la propagación de enfermedades. “Si queremos estar bien preparados [para detectar un brote], tenermos que invertir más y más y más”, ha añadido.
La OMS ha elevado este viernes la evaluación de riesgo del brote, que pasa a ser “muy alto” a nivel nacional y “alto” a nivel regional —aunque se mantiene “bajo” a escala global— ante la rápida expansión de la epidemia. Según ha detallado su director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus, se han confirmado 82 casos y siete muertes en la RDC. “Pero sabemos que el alcance de la epidemia es mucho más alto”, ha dicho.
La falta de financiación también afecta a la vigilancia epidemiológica, clave para detectar brotes a tiempo. Ancia reconoce que “las capacidades de vigilancia e investigación son muy limitadas en esta región”, lo que contribuyó al retraso en la identificación del virus. En el epicentro del brote, una zona remota y con intensa actividad minera artesanal, el sistema sanitario no logró identificar a tiempo la enfermedad, porque el laboratorio de Ituri no disponía de reactivos adecuados para la cepa Bundibugyo, la del actual brote de ébola. “Solo tenía reactivos para la cepa Zaire [más común], por lo que las pruebas daban negativo”, detalla. En un primer momento, se pensó que se trataba de “malaria o fiebre tifoidea”, enfermedades endémicas de la zona, o incluso “salmonelosis”, dice la experta, todas ellas dolencias con síntomas iniciales parecidos a los del ébola.
A estas dificultades se suman los problemas operativos sobre el terreno. “Los fondos están empezando a llegar, pero cuando llegan necesitamos la logística para poder utilizarlos”, admite Marie Rosaline Belizaire, responsable de gestión del incidente en la OMS, en referencia a las dificultades para desplazar equipos y suministros en zonas remotas e inseguras.
La “complejidad” del contexto
No obstante, Tedros ha insistido en que sería “muy difícil asociar [los retrasos] únicamente a la financiación”, debido a la “complejidad” del contexto. Según recuerda el director general de la OMS, el brote se desarrolla en una región marcada por la violencia, con más de “100.000 desplazados” recientes y sistemas sanitarios profundamente afectados por la inseguridad. “Los centros de salud no pueden funcionar de forma óptima cuando hay conflicto”, señaló Tedros en un encuentro con periodistas, en el que recordó que el desplazamiento masivo afecta tanto a la población como al personal sanitario.
Pese a ello, desde el terreno se insiste en que la falta de financiación agrava todos estos problemas. “No tenemos los recursos para hacer todo lo que realmente querríamos hacer”, admite Ancia, que señala que la necesidad de priorizar intervenciones limita la capacidad de respuesta en un momento crítico.
“A menos que se realice un esfuerzo colectivo, esta crisis empeorará”, advierte Greg Ramm, director de Save the Children en la RDC, que insiste en que el brote avanza en un país con sistemas sanitarios “gravemente comprometidos”.
La OMS ha recurrido ya a sus propios fondos de emergencia: Tedros anunció la liberación de 3,4 millones de dólares adicionales del Fondo de Contingencia para Emergencias, hasta un total de 3,9 millones, para apoyar la respuesta. A este esfuerzo se suma la movilización de 60 millones de dólares por parte de Naciones Unidas, a través de la OCHA, mientras la organización ha reforzado su despliegue sobre el terreno con el envío de 22 expertos internacionales, incluyendo algunos de sus equipos “más experimentados”, según el director general de la OMS.
Javier Martínez-Picado, investigador ICREA de IrsiCaixa y experto en filovirus, como el del ébola y el de Marburgo, advierte de que el arsenal terapéutico para combatir el brote desatado en la RDC es muy limitado: “Este episodio infeccioso ha pillado por sorpresa porque no hay vacunas ni tratamiento para la variante Bundibugyo”.
El científico lleva una década desarrollando un anticuerpo monoclonal con potencial terapéutico y preventivo contra el ébola, pero admite que encontrar financiación no está siendo fácil. “Llevo arrastrándome para pedir financiación para filovirus desde 2020 y todos son puertas cerradas. La ciencia se mide por productividad y producción, no premia la anticipación ni aquello que no tenga un impacto inmediato en la sociedad. Así que, si no hay un brote, como no hay impacto inmediato, nadie te ayuda”, lamenta. Con los primeros resultados positivos in vitro, el investigador está intentando probar su molécula en animales.
El brote también será clave, sostiene Martínez-Picado, para calibrar el impacto de los recortes de Trump en ciencia y en ayudas al desarrollo. “Esta es la primera situación de un brote epidémico en el que Estados Unidos no está tan implicado en la OMS, así que veremos de cerca qué implicaciones tendrá eso. Además, hay otro componente: la agencia de cooperación estadounidense ha desempeñado siempre un papel importante en este tipo de brotes, pero ahora está medio desmantelada y veremos a ver qué efecto tiene esto y si EE UU se activa en cuanto al envío de recursos y personal entrenado para hacer frente al brote”, advierte.
La tendencia geopolítica priorice temas tecnológicos y de defensa por encima de la salud
Javier Martínez-Picado, investigador ICREA de IrsiCaixa
Con todo, el científico reparte responsabilidades más allá de Estados Unidos y mira también a la Unión Europea, a la que reclama más proactividad e invertir en investigación y recursos para afrontar estas amenazas a la salud pública. “Hay que ponerse las pilas. Europa y España también. La investigación en ébola no es un pastel suculento para las farmacéuticas porque los brotes son imprevisibles y esporádicos, y donde suelen ocurrir no hay dinero para pagar los medicamentos. Pero en estos casos, el dinero público tendría que tener un papel importante”, reclama.
El investigador lamenta que “la tendencia geopolítica priorice temas tecnológicos y de defensa por encima de la salud”. “Nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena y nadie invierte en filovirus hasta que truena. No hemos aprendido nada de la covid y de los brotes anteriores de ébola. A los virus hay que mirarlos con respeto y no presuponer que se comportarán como lo han hecho antes. Hay que estar preparado”, subraya.
Precisamente, un grupo de expertos de la OMS advirtió hace unos días en un informe de que la humanidad está al borde de sufrir una pandemia aún más dañina, entre otras cosas, por la falta de preparación y anticipación. Según estos científicos, el riesgo de que se desate una pandemia es cada vez mayor, pero la inversión y las medidas para hacerle frente a esta amenaza han menguado. “El mundo no es más seguro”, avisaron.
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