Los dibujos de Milo Manara han escandalizado a unos cuantos. Él mismo lo sabe, está más que acostumbrado. Pero el artista aún recuerda uno de los temores más inesperados que desató su obra. “En los sesenta, en las ediciones españolas, había que borrar los ombligos. Siempre debía añadir una planta, una nube de humo…”, comparte ante la cámara de Manara, un documental de Valentina Zanella recién estrenado en Filmin. En la película, el creador italiano repasa una vida repleta de aventuras ya desde la juventud: luchó en el 68, abandonó la pintura porque se alejaba del pueblo, falseó uno de sus primeros currículos. Todo para dedicarse justo a lo que su madre le vetaba en casa por poco educativo: i fumetti (tebeos en italiano). Y fumettaro se suele definir, pidiendo prestado un término de Hugo Pratt. A su amigo y colaborador Manara le llamaba “maestro”, apodo que se ha acabado mereciendo él. “Pero es solo por la edad”, sonríe al teléfono.


El legendario autor repasa a sus 81 años una carrera llena de tebeos de todo tipo, hitos creativos y polémicas por sus obras eróticas, en ocasión del estreno de un documental sobre su vida
Los dibujos de Milo Manara han escandalizado a unos cuantos. Él mismo lo sabe, está más que acostumbrado. Pero el artista aún recuerda uno de los temores más inesperados que desató su obra. “En los sesenta, en las ediciones españolas, había que borrar los ombligos. Siempre debía añadir una planta, una nube de humo…”, comparte ante la cámara de Manara, un documental de Valentina Zanella recién estrenado en Filmin. En la película, el creador italiano repasa una vida repleta de aventuras ya desde la juventud: luchó en el 68, abandonó la pintura porque se alejaba del pueblo, falseó uno de sus primeros currículos. Todo para dedicarse justo a lo que su madre le vetaba en casa por poco educativo: i fumetti (tebeos en italiano). Y fumettaro se suele definir, pidiendo prestado un término de Hugo Pratt. A su amigo y colaborador Manara le llamaba “maestro”, apodo que se ha acabado mereciendo él. “Pero es solo por la edad”, sonríe al teléfono.
Hace un mes cumplió 81 años. Y, a lo largo de una hora de conversación, demuestra lo que afirma en el filme: “Me siento un joven, con la cabeza de un veinteañero, encarcelado en el cuerpo de un anciano”. El autor de Giuseppe Bergman, Gulliveriana o Caravaggio ha dibujado de todo: epopeyas, viajes, crisis políticas, denuncias sociales, superhéroes, hasta un papa tocando un seno a una ángel. Aunque a raíz del triunfo de El clic le “encasquetaron”, como dice él, la etiqueta de autor erótico. Sus legendarios desnudos femeninos han atraído infinitas miradas: de admiración, estupor, agradecimiento y también cuestionamiento. Las instrucciones dibujadas para las esculturas del español Berrocal fueron sus primeras obras. La (pen)última dice tenerla delante durante la llamada: páginas para Sin City con guion de otro mito, Frank Miller.

No hay tabúes con Manara, ni en sus cómics ni en sus palabras. Hasta por la muerte se le puede preguntar. Al final, solo quedan sin réplica las preguntas irreales: ¿qué habría pasado se hubiera dedicado a sus otros impulsos, como ser marinero o camionero? ¿O si se hubiera fiado de aquel profesor que le suspendió en el primer examen de dibujo? Quizás, en el fondo, sí se pueda responder: habría sido peor. Para el tebeo. Y no solo.
Pregunta. En el arranque del documental asegura: “Todavía estoy enamorado de este maldito cómic”. ¿Por qué lo ama tanto? ¿Y por qué maldito?
Respuesta. Cuanto más avanzo, tanto por mis investigaciones como por las obras de otros, más entiendo sus potencialidades infinitas, cómo es extremadamente dúctil y capaz de contar cualquier cosa. “Maldito” porque, tras 50 años y pico juntos, me puedo permitir decírselo. Y porque sigue siendo un poco infravalorado.
P. ¿Qué investiga? ¿Qué obras de otros lee?
R. Últimamente descubrí la profundidad de ciertos mangas, antes tenía una mirada algo altiva al respecto. O tebeos indios. He podido explorar todo el cómic, y en cada una de sus formas hay cosas muy profundas. Por ejemplo, he llegado a explicarme el éxito de los superhéroes en EE UU como el Olimpo griego, una nueva cosmología de dioses, con sus vicios y virtudes humanos. La diferencia, respecto a los europeos, es que los estadounidenses creen en ellos de verdad y nosotros fingimos, aunque los dibujamos.

P. El documental rescata un viejo cuadro suyo en el que le pegaba una patada a una vaca que representaba el arte académico. Sin embargo, su estilo de dibujo es bastante clásico. ¿Dónde se dio su ruptura?
R. Yo soy de la generación del 68. Protestábamos porque el arte figurativo estaba cada vez más lejos de la sociedad. Ahora, esa lejanía se ha consumado. Si preguntas a un transeúnte por un artista contemporáneo, quizás, como mucho, en Italia alguien diga Cattelan, porque pegó un plátano a una pared. Frente a su larga tradición, de Praxíteles en adelante, el arte figurativo ha renunciado a su rol, para seguir caminos que no interesaban a la gente, y también porque ha sido marginado en contra de su voluntad. La aparición de fotografía, cine o televisión le ha arrebatado el papel de única fuente iconográfica posible para contar la vida. Ese fue mi último cuadro, con el que me despedí de la pintura.
P. Se ha definido como un “campeón de variedad del cómic”. ¿Qué es lo más le enorgullece?
R. Creo que el mérito que Hugo Pratt me transmitió fue abanderar la aventura, incluso en momentos en que el cómic de evasión se consideraba un desperdicio. Había que estar comprometidos, hablar de política, pero Pratt detestaba este modo de entender los tebeos como mítines, o parábolas. Fue el único, de entre los grandes, en creer en la aventura y sus enormes valores culturales. Nuestra civilización europea procede de La Odisea. En la aventura hay un sentimiento de no aplanamiento del ser humano, como dice Ulises en la Divina Comedia de Dante: “Hechos no fuisteis para vivir como brutos”. La aventura es una enseñanza para que nadie nos obligue a vivir como brutos. Esta sociedad nos pide renunciar a realizarnos, quiere que seamos productores o consumidores. Habría que preguntarse si hemos construido el mejor de los mundos posibles.
P. Intuyo que la pregunta es retórica. ¿Por qué no es el mejor?
R. Por ejemplo, el hecho de que el poder real esté en mano de las finanzas, el lucro, y no de la política. Líderes religiosos como el papa o el dalai lama piden poner en el centro al ser humano, justo lo que no se hace. El mercado, el capitalismo, deben tener reglas. Si no, en nombre del beneficio económico, terminamos matando y desatando guerras.

P. ¿Es la inteligencia artificial una de esas razones para estar preocupados?
R. Me preocupa, sí. Aunque no directamente: tengo una edad por la que puede importarme un bledo la IA. Pero sí creo que es inquietante para nuestro sector. El cómic llamado comercial, que es la espina dorsal de la industria, se puede hacer íntegramente con IA. Y no solo crea desempleo, sino que vehicula los contenidos que sus dueños quieran. Su único límite por ahora es que no puede ser totalmente creativa, solo alimentarse de algo que ya existe. No puede imaginar un futuro que no ha visto. Eso es cosa de los seres humanos, de los artistas, como Moebius.
P. Siempre admiró a Moebius, Fellini o Pratt, al que llamaba “maestro”. ¿Qué efecto le hace que ahora le llamen maestro a usted?
R. Solo me lo dicen por la edad. Yo, en cambio, se lo decía a Pratt o Fellini en el sentido real de enseñar, de la tradición renacentista del taller.
P. En el documental, algunos entrevistados le atribuyen haber roto tabúes y empujado más allá los límites del sentido de la decencia. ¿Lo comparte?
R. Lo he intentado. Si lo he conseguido en mínima parte, me alegro mucho. En particular, me alegra cuando hay mujeres que me dicen que mis cómics contribuyeron a su educación sentimental y sexual. No tengo la pretensión de haber movido los límites del pudor. En España están Pedro Almodóvar, Bigas Luna, Almudena Grandes, que también lo hicieron. Y encima cuando el país acababa de salir de la pesadilla franquista. En aquellos años veraneaba a menudo en Andalucía, con mi caravana. Y recuerdo que ver a la Guardia Civil, con sus gorras, daba realmente miedo.

P. Ya que cita a Almodóvar, nunca supo si le gustó el trabajo que usted hizo para ilustrar su relato Fuego en las entrañas. ¿Al fin han podido hablar?
R. Sigue el misterio. La edición española la ilustró Mariscal, de ahí que me imaginara que prefiere ese tipo de dibujo, no tan naturalista. Obviamente, mis diseños son más feos. Pero es como si no se tuviera el coraje de poner realmente en escena episodios eróticos de forma muy explícita, y que se puedan hacer más digeribles algunas situaciones. Picasso tiene grabados eróticos que, si estuvieran dibujados de forma realista, serian incluso pornográficos. Últimamente he intentado rediseñarlos así, y el resultado es sorprendente.
P. ¿Es usted tan transgresor solo en el tebeo o también en la vida?
R. Creo que soy transgresor solo en los cómics, pero me basta. Algunas personas, cuando escuchan mi nombre, sonríen espontáneamente. Otros prefieren no tener ni siquiera una conversación conmigo.
Él, en cambio, habla de todo. En el filme asegura: “Si cada uno se portara de forma totalmente natural, probablemente se lanzaría a las aventuras eróticas más impropias”. En el tebeo, por lo menos, ha podido fantasear con ello. Manara recoge declaraciones de autoras, editoras o la cantante Elodie, muy conocida en Italia, que le reconocen haber contribuido a la liberación de la sexualidad femenina. “Si no hay al menos una mujer, creo que es una historia insulsa. El género masculino es poca cosa”, dice él en el filme. Pero la mirada contemporánea también ha llevado a cuestionar si la propia obra de Manara en realidad cosificaba aún más en lugar de empoderar. Preguntado por ello, hace tres años, contestaba: “Me daría y me da pena cuando se me considera un dibujante erótico por interés o fin monetario. Para mí es una pasión, lo hago de verdad porque me gusta. Si no tuviera éxito, seguiría haciéndolo. La suerte es que mi imaginario figurativo ha sido compartido por muchos, pero sentiría mucho si resultara ofensivo hacia las mujeres. Aunque en mi experiencia sucede lo contrario”.
P. ¿Por qué en su obra aparece mucho más el desnudo femenino que el masculino?
R. Por un lado, como heterosexual, me gusta mucho más dibujar el desnudo femenino. Y luego, en nuestra sociedad está enraizado el concepto de que el cuerpo de las mujeres tiene valores estéticos que lo hacen más fascinante. Aunque creo que eso es una herencia cultural que procede de la dominación total de la mirada masculina.

P. ¿Qué significa para usted que su obra siga generando de vez en cuando escándalo?
R. Pensaba que, una vez pasados los años sesenta o setenta, se apaciguaría. Hoy existe tal acceso a la pornografía que mis dibujos, por desgracia, no creo que desaten ningún escándalo. Me gustaría seguir escandalizando, pero creo que es imposible. Es uno de los roles del arte, en el sentido de poner en cuestión nuestras convicciones.
P. De todas las épocas que ha vivido, ¿cómo de puritana es esta?
R. Nuestras sociedades son más complicadas que antes. Multiculturales, multireligiosas… hay muchas más sensibilidades y una atención mayor. Y, a la vez, se ha dado un paso atrás en cuanto al comportamiento público respecto al erotismo.
P. Tengo entendido que se ha declarado alguna vez “antifascista”. ¿Qué significa hoy?
R. No es del todo cierto. Por supuesto que lo soy. Pero me molesta quien se cree un héroe de la libertad porque se declara hoy como tal. El antifascismo estaba, justamente, cuando estaba el fascismo. Repetirlo tanto ahora es una falta de respeto hacia los que combatieron de verdad, y murieron. Ahora todo el mundo se siente partisano, pero son antifascistas a falta de fascismo. ¿Dónde están las expediciones con los palos, los campos de concentración, las leyes raciales y las demás infamias? Es una jugada electoral, por falta de argumentos. Hace años la izquierda pedía el voto en contra de Berlusconi: yo encantado, eh, pero, ¡proponme algo, dame una alternativa de mundo! Creer que el fascismo está vivo hoy roza el negacionismo.

P. En el documental se dice de usted que en sus ojos pueden verse ironía, melancolía por el tiempo perdido y alegría por el que vendrá. ¿Qué se ha perdido? ¿Qué vendrá?
R. Me he perdido mucho. Estoy contento con la elección de ser fumettaro, pero me pregunto cómo habría sido mi vida si hubiera sido marinero. Y también perdí una oportunidad maravillosa cuando Moebius me propuso dibujar una historia. Le pedí que esperara, porque estaba con otra. Y al final nunca pudimos trabajar juntos. Tengo la suerte de seguir enamoradísimo de este oficio, así que lo que venga estará ligado a él. Salvo que hablemos de eventos biológicos: mi edad me lleva a considerarlo.
P. Ya que usted siempre rompe tabúes, permítame que afrontemos otro: ¿le da miedo la muerte?
P. Me asusta, sobre todo el hecho de dejar de tener conciencia, que se apague la luz de modo definitivo. Nuestra mente contiene todo lo sucedido del big bang en adelante. Y, de repente, clic. El hecho de que seamos conscientes de todo eso me parece una injusticia enorme.

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