
Uno de los grandes temas de las películas del dibujante japonés Hayao Miyazaki es cómo entran en contacto mundos que pertenecen a dimensiones muy diferentes. En Mi vecino Totoro o El viaje de Chihiro, sus personajes cruzan el umbral desde la realidad hasta un universo misterioso, a veces temible, a veces reconfortante. El genial cineasta japonés no explica cómo se produce esa transición. Simplemente, ocurre. Espectadores de todo el mundo se preguntan si alguna vez tendrán la oportunidad de volver a realizar ese viaje con una nueva película de Studio Ghibli, la productora de animación japonesa que recibirá el próximo viernes en Oviedo el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades sin que ese misterio se haya resuelto. Como tituló recientemente la revista Bloomberg Businessweek, “el gran secreto de Ghibli es qué viene ahora”.
El presidente de la productora de animación japonesa, Kenichi Yoda, explica que “Hayao Miyazaki sigue dibujando cada día”. Visitamos la sede y el museo de la compañía, que recibe el viernes el premio Princesa de Asturias de Humanidades
Uno de los grandes temas de las películas del dibujante japonés Hayao Miyazaki es cómo entran en contacto mundos que pertenecen a dimensiones muy diferentes. En Mi vecino Totoro o El viaje de Chihiro, sus personajes cruzan el umbral desde la realidad hasta un universo misterioso, a veces temible, a veces reconfortante. El genial cineasta japonés no explica cómo se produce esa transición. Simplemente, ocurre. Espectadores de todo el mundo se preguntan si alguna vez tendrán la oportunidad de volver a realizar ese viaje con una nueva película de Studio Ghibli, la productora de animación japonesa que recibirá el próximo viernes en Oviedo el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades sin que ese misterio se haya resuelto. Como tituló recientemente la revista Bloomberg Businessweek, “el gran secreto de Ghibli es qué viene ahora”.
“La respuesta de Ghibli es que todavía no se ha definido nada, siempre se piensa que estamos ocultando algo, pero la realidad es que todavía no hemos tomado una decisión”, explica el presidente de la compañía, Kenichi Yoda, de 51 años, en un apartamento del barrio de Shibuya, en Tokio, decorado con dibujos y todo tipo de objetos relacionados con el estudio. La conversación tuvo lugar el pasado 6 de octubre, durante un viaje organizado y financiado por el Gobierno de Japón. “Lo que no es cierto es que el estudio esté inactivo: todos los días Hayao Miyazaki dibuja y se dedica a pensar qué es lo siguiente que vamos a crear. Aunque no haya un proyecto escrito, estamos creando. Antes de esta entrevista, he estado hablando durante dos horas sobre esos temas con Suzuki, nuestro productor. Ghibli no es solo una empresa que debe generar beneficios; es sobre todo un estudio para crear arte. Nosotros no trabajamos con fechas límite, no nos ponemos ese tipo de objetivos. No funcionamos así: para nosotros es esencial tener tiempo para pensar”.

Yoda, afable y reposado en sus respuestas, se encuentra al frente de Studio Ghibli desde junio, después de que Nippon Television Holdings se hiciese con el control del 42,3% de la compañía de anime. El estudio fue fundado en 1985 por Miyazaki, de 85 años; Isao Takahata, fallecido en 2018, y el productor Toshio Suzuki, de 78 años. El problema de Ghibli no es su salud financiera —según Bloomberg, tuvo casi 34 millones de euros de beneficios en 2024 y sus películas acumulan cada año millones de espectadores en todo el mundo, además del Museo y el Parque Ghibli en Japón, que están siempre llenos—; sino su futuro creativo. Miyazaki anunció por primera vez que se retiraba en 1998 y tres años después estrenó El viaje de Chihiro, que ganó el Oscar a la Mejor Película de Animación y que es considerada una obra maestra.
Cuando parecía que se había retirado de verdad, estrenó en 2023 El chico y la garza. Sin embargo, con 85 años, dado el tiempo y la energía que consume cada uno de sus filmes, parece difícil que vuelva a completar una película (aunque nunca se sabe). Su perfeccionismo es inagotable: de los 144.000 dibujos creados para La princesa Mononoke, Miyazaki realizó o retocó más de 80.000. Un posible heredero creativo de Studio Ghibli es su hijo Goro, de 59 años, aunque siempre se ha mostrado reacio a adoptar ese papel, pese a que ha dirigido cortos y películas. Otra posibilidad es que Ghibli participe en la producción de largometrajes de otros animadores, como ocurrió con La tortuga roja, de Michael Dudok de Wit.

Pero los responsables del estudio insisten en que viven en el presente: las películas de Ghibli pueden verse en streaming en todo el mundo —en Netflix o en HBO según los mercados—, menos en Japón, donde cada vez que se ponen en televisión se convierten en un acontecimiento nacional. De hecho, el pasado 15 de agosto, en el 80º aniversario de la rendición incondicional de Japón en la Segunda Guerra Mundial, se emitió en Nippon TV La tumba de las luciérnagas, el filme de Isao Takahata sobre dos niños huérfanos que sobreviven como pueden después del bombardeo estadounidense contra la ciudad de Kobe. El filme, que no se programaba desde hacía siete años en televisión, alcanzó unos índices de audiencia espectaculares.
Takahata y Miyazaki crecieron en la posguerra en Japón, cuando el país arrasado por los bombardeos vivía en una pobreza extrema. Su niñez transcurrió en un mundo en el que faltaba de todo, horrorizados por lo que la humanidad había sido capaz de hacerse a sí misma. De forma realista en el caso de Takahata y de forma fantástica en el caso de Miyazaki, los efectos de la guerra son un tema central en sus filmes. Cuando recibió el Oscar, Miyazaki declaró en su discurso que había tenido la fortuna de vivir 50 años sin pasar por una guerra.
Cuando es preguntado si cree que en estos tiempos peligrosos y oscuros que vive el mundo, las películas de Ghibli son más relevantes que nunca, Kenichi Yoda responde: “Esa pregunta tendríamos que hacérsela directamente a Miyazaki. Sí puedo decir que sus dos últimas obras, El viento se levanta y El chico y la garza, transcurrían en la posguerra en Japón y los temas que trataban eran inseparables de la guerra. En este sentido, podría decirse que quiso transmitir de nuevo aquel mensaje. Miyazaki ha colaborado siempre con un músico, Joe Hisaishi, que ha compuesto la banda sonora de sus principales obras. Cuando estaba trabajando con él, Hisaishi decía que ya no estamos en un momento de posguerra, sino que estamos en una etapa de preguerra. Viendo la situación actual del mundo, esa idea se siente como algo real”.
Kenichi Yoda asegura que en todas las entrevistas le preguntan sobre el papel que la inteligencia artificial puede tener en el futuro de la animación, ante lo que reivindica la artesanía de Ghibli. “La forma de creación de obras en el estudio Ghibli está lo más lejos posible de la producción por inteligencia artificial”, explica. “Para una secuencia de tres segundos, en la que aparecen multitud de personajes, hemos llegado a invertir seis meses. Si nos importase la eficiencia, no optaríamos por esta forma de hacer animación. En mi opinión personal, me gustaría ver obras creadas por seres humanos”.
Una visita al Museo Ghibli en el suburbio tokiota de Mitaka —un barrio plácido de casas bajas— resume muchos de los valores que encarna el estudio. Está situado en mitad de un parque, con unos cerezos enormes, un árbol esencial en la cultura japonesa, que venera su floración —el famoso hanami— y, aunque los carteles están en japonés, es visitado por turistas de todo el mundo que entienden perfectamente lo que están viendo aunque no comprendan una palabra. Está el autobús gato de Totoro, hecho de peluche; hay una sala dedicada a la historia de la animación, otra a las influencias de Miyazaki y también una recreación de su primer despacho, con un cenicero lleno de colillas —es un fumador empedernido— y una caja enorme llena hasta los topes de lápices gastados, con bocetos de los filmes de Ghibli en las paredes.
Paseando por sus salas abarrotadas, en un edificio lleno de recovecos, el visitante se da cuenta de la felicidad colectiva y el asombro ante la vida que es capaz de generar Ghibli. Pero sus películas son también capaces de transmitir misterios y desasosiego: frente a la naturaleza benigna de Mi vecino Totoro —o de la serie Heidi, que aunque anterior a Ghibli, fue realizada por Takahata y Miyazaki— también está el bosque salvaje de La princesa Mononoke.
“Lo que siento al ver sus obras es que no solo describe la belleza de la naturaleza, sino también el terror que puede producir”, explica Yoda. “Es algo que siempre me ha llamado la atención. Creo que Miyazaki sabe que es muy complicado tratar con la naturaleza. En sus filmes no solo muestra su admiración por ella, es algo más complejo”. En Japón, la naturaleza es una fuente de belleza —de hecho, los árboles son sagrados para el sintoísmo, la religión autóctona del país, como se puede comprobar cada vez que se visita un templo, siempre rodeado de verde—; pero también de miedo ante los terremotos y los tsunamis. Miyazaki y Takahata no solo vivieron en los rescoldos de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, sino que en su juventud contemplaron cómo la industrialización masiva del país —que pasó de estar arruinado a ser la segunda economía del mundo— tuvo como consecuencia una contaminación desatada. Ghibli fue uno de los pioneros en introducir la ecología en sus tramas. “Siempre me ha asombrado su capacidad para mirar hacia el futuro cuando trata ese tema”, señala.
Sobre la universalidad de Ghibli, Yoda explica: “Este año se organizó una exposición muy grande sobre el estudio en la isla de Jeju, en Corea. Durante la ceremonia de inauguración, a Suzuki le preguntaron por qué a todo el mundo le gustan las películas de Ghibli y un cantante muy famoso que participaba en la ceremonia pidió contestar a la pregunta. Dijo que bastaba con verlas para darse cuenta inmediatamente de por qué son universales. Explicó que existen tres etapas para contar una historia: una es la expresión terrenal, que transmite información pura, por ejemplo, que esta pared es blanca. Pero debajo de ella hay otra forma de expresión, que transmite emociones como alegría, enfado o tristeza. Miyazaki alcanza un estadio más profundo, llega al alma, porque su forma de expresión trasciende el idioma y las culturas. Es capaz de superar también las diferencias de edad. A través de su obra, Miyazaki siempre ha tratado de entender a los seres humanos. Hay un dicho que pronunciamos con frecuencia en el estudio: ‘Mira a tu alrededor, contempla lo que hay en un radio de 10 metros, observa a las personas que están frente a ti, porque eso nos permite conocer el mundo’. Es una información más valiosa que la que nos transmiten los medios o la mercadotecnia”.
Ghibli no ha recibido el Princesa de Asturias de las Artes, sino de Comunicación y Humanidades, precisamente por los valores que encarna y por su capacidad para transmitir emociones. Sus películas son profundamente japonesas por los dibujos, la comida, los códigos culturales, la influencia de la historia reciente del país o incluso la influencia del ukiyo-e, el arte del grabado que nació en el periodo Edo, en el siglo XVII, que floreció en los siglos XVIII y XIX y del que han surgido obras tan universalmente reconocibles como La gran ola de Kanagawa o las 36 vistas del monte Fuji, de Katsushika Hokusai. Y, a la vez, tratan temas que han influido profundamente en varias generaciones. Pocos niños que crecieron en los setenta habrán olvidado lo que significaron Heidi o Marco para ellos, como también millones de espectadores recuerdan la primera vez que vieron Mi vecino Totoro o El viaje de Chihiro —tal vez la película menos para niños de todo el universo Ghibli—.
Sin embargo, como recuerda Yoda, el primer consejo que da Miyazaki a los padres es que no vean sus películas más de una vez al año, que salgan a la calle a descubrir el mundo. “Miyazaki se pone incómodo cuando un niño dice que ha visto decenas de veces Mi vecino Totoro, porque su deseo es que, después de verla, los niños salgan a jugar. Se pregunta por qué sigue en la habitación delante de la pantalla, cuando lo que tiene que hacer es estar jugando. Me identifico totalmente con él. Sus películas logran que la cotidianidad cobre una importancia que antes no tenía. Al final de El chico y la garza, el protagonista regresa al mundo de la realidad y la garza le reprocha que haya traído algo desde el mundo de la fantasía. Al verlo, me di cuenta de que estaba hablando de las obras de Ghibli. En la película no debía haber traído esa piedra del otro mundo, pero a la vez le sirve como amuleto. A través de mi experiencia, creo que las obras de Ghibli son un punto de contacto entre lo real y lo irreal, entre nuestro mundo y el mundo de la fantasía. Y no lo digo como presidente de la empresa, sino que es algo que siento como persona”.
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