‘La casa de los espíritus’: el hogar inmortal en el que Isabel Allende atrapó la memoria, el exilio y las heridas de Chile

A comienzos de la década de los ochenta, Isabel Allende vivía exiliada en Caracas, empapada por la nostalgia. Se había marchado de Chile junto a su familia un año y medio después del golpe de Estado de 1973 contra Salvador Allende -primo de su padre-, por sentirse en riesgo y tras perder sus trabajos de periodista. En Venezuela administraba un colegio, su matrimonio estaba hundiéndose y sus dos hijos se hacían mayores. El 8 de enero de 1981 le informaron que su abuelo se estaba muriendo. Esa misma noche se instaló en la cocina a escribirle una suerte de carta espiritual en la que le relataba todos sus recuerdos para que el hombre se pudiese ir en paz. Ella sería la guardiana de su memoria. La primera línea rezaba: “Barrabás llegó a la familia por vía marítima”. Cuando regresó a la cama al amanecer y su marido le preguntó qué estaba haciendo, ella, de 38 años, respondió: “Magia”. Su abuelo falleció, pero ella continuó con el proyecto, que finalmente se convertiría en su primer libro, La casa de los espíritus. “Fue un ejercicio de recuperar todo lo que había perdido en el exilio”, ha dicho. Ahora, 44 años después, la secuela de aquella obra, La hora antes del alba, le acaba de dar el Premio Planeta.

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 Cuarenta y cuatro años después de su publicación, la autora gana el premio Planeta con una obra que cierra el universo de su primer libro, nacido de una carta a su abuelo moribundo  

A comienzos de la década de los ochenta, Isabel Allende vivía exiliada en Caracas, empapada por la nostalgia. Se había marchado de Chile junto a su familia un año y medio después del golpe de Estado de 1973 contra Salvador Allende -primo de su padre-, por sentirse en riesgo y tras perder sus trabajos de periodista. En Venezuela administraba un colegio, su matrimonio estaba hundiéndose y sus dos hijos se hacían mayores. El 8 de enero de 1981 le informaron que su abuelo se estaba muriendo. Esa misma noche se instaló en la cocina a escribirle una suerte de carta espiritual en la que le relataba todos sus recuerdos para que el hombre se pudiese ir en paz. Ella sería la guardiana de su memoria. La primera línea rezaba: “Barrabás llegó a la familia por vía marítima”. Cuando regresó a la cama al amanecer y su marido le preguntó qué estaba haciendo, ella, de 38 años, respondió: “Magia”. Su abuelo falleció, pero ella continuó con el proyecto, que finalmente se convertiría en su primer libro, La casa de los espíritus. “Fue un ejercicio de recuperar todo lo que había perdido en el exilio”, ha dicho. Ahora, 44 años después, la secuela de aquella obra, La hora antes del alba, le acaba de dar el Premio Planeta.

Allende pasó su infancia en la casa de sus abuelos, la que ha descrito como un lugar habitado “por mascotas salvajes, seres humanos extraños y fantasmas benévolos”. Su abuela experimentaba con la telepatía y hacía sesiones de espiritismo sobre una mesa que se movía, según ha contado. Esa mujer “clarividente” le sirvió de modelo para el personaje de Clara del Valle en aquella primera novela. Fueron varias las editoriales que rechazaron el manuscrito de 560 páginas, una ficción que recogía la tradición oral de su propia familia, a través de cuatro generaciones, y que acaba con la dictadura como telón de fondo. Hasta que el escritor argentino Tomás Eloy Martínez le dio el contacto de la agente literaria Carmen Balcells, en Barcelona. Allende no tenía dinero, así que tuvo que enviarle el texto en dos partes. A Balcells le gustó y la editorial Plaza & Janés lo publicó en España en octubre de 1982.

Fue un éxito internacional, pero en el Chile de Augusto Pinochet censuraron la novela. La División de Comunicación Social de la dictadura, el organismo conocido como DINACOS, lo catalogó como “libro conflictivo” y solo circularon fotocopias de manera clandestina hasta que se levantó el control cultural a mediados de 1983 ―aunque la censura continuó de facto―. Al año siguiente, el escritor y periodista Guillermo Blanco describió en la Revista Hoy “el doble encanto” que provocó La casa de los espíritus apenas se publicó: “El de ser un libro no fácil de encontrar (luego sus lectores eran especies de iniciados, poseedores de un secreto) y, además, la atracción maravillosa que fluía de aquel texto fresco, ágil, escrito al parecer con un júbilo incontenible. Tercera etapa: La casa dejó de entrar por la ventana y pasó por la puerta, con casi todos los honores. Se la vio en las vitrinas de las librerías y, aun, en las tímidas listas de best sellers. Demoramos, pero en fin”.

El escritor y académico de la Universidad de Chile Rodrigo Cánovas escribió en 1988 un artículo para la Revista Chilena de Literatura, en el que señalaba que la obra “está escrita en el exilio y, sin embargo, no es nostálgica; quien la escribe es de izquierda, pero no demuestra ninguna vocación masoquista y, cosa rara, anda a la búsqueda de una audiencia lo más amplia y heterogénea posible; pero por sobre todo esta mujer tiene un gran sentido del humor, lo cual nos libera de la aristocrática gravedad a que nos tienen acostumbrados las letras chilenas”. En una conversación con EL PAÍS, Cánovas señala que, si tuviera que impartir un curso de historia de Chile a extranjeros, les daría a leer La casa de los espíritus porque está todo el siglo XX: desde las minas del norte, pasando por la organización de los campesinos contra la oligarquía hasta la lucha de las mujeres por su independencia en la casa y la sociedad. “Es un panorama de la historia chilena desde el microcosmos de la casa y la mujer hasta la década del 80. Los personajes son emblemas de grupos sociales en conflicto que se han mantenido durante 100 años. La novela muestra la capacidad que tienen los grupos sociales chilenos de poder seguir luchando. Hay un optimismo por un cambio histórico, con sacrificios”, apunta.

La escritora y periodista opositora a la dictadura Elizabeth Subercaseaux subraya que La casa de los espíritus fue una obra “muy importante en el momento en que se publicó”. “En Chile no se podía editar nada por el estilo. Los escritores no le habían hincado el diente a la tragedia que estábamos viviendo porque la mayoría estaba en el exilio. Isabel fue una primera voz fuerte de alerta con respecto a lo que estaba pasando y lo que iba a seguir pasando”, afirma. “Es de esos libros que ya no envejecieron. Ella sabe contar historias terribles, pero que dejan al lector pescado del anzuelo desde el comienzo. Además, como cuenta una historia tan traumática y que dejó una herida tan grande, que aquí en Chile está muy viva esa memoria”, añade.

Cuando se cumplieron 25 años de la publicación de La casa de los espíritus, Teresa Cárdenas entrevistó a Allende para la Revista Libros de El Mercurio, donde la autora confesó que nunca lo había vuelto a leer porque estaba segura de que querría reescribir muchas cosas que no se pueden cambiar. También que, con 17 libros de su autoría entonces, no había habido ninguno que escribiera con la misma pasión y exaltación que aquel. “Escribí la primera novela con una inocencia total. No tenía idea en lo que me estaba metiendo, y por eso pude hacerlo con libertad, exaltación y gozo. En los otros libros ha habido mucho más trabajo y autocrítica”.

Con las décadas, La casa de los espíritus no solo se ha traducido a una treintena de idiomas, se ha editado como lo hacen los fenómenos literarios y se ha llevado a la pantalla como película y serie. También se transformó en una saga, cuyo último episodio, La hora antes del alba, la hizo acreedora esta semana del Premio Planeta. Su nueva casa editorial.

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