El líder chino visita Egipto con la propuesta de reconfigurar el orden de seguridad regional mediante el «fortalecimiento del diálogo» Leer El líder chino visita Egipto con la propuesta de reconfigurar el orden de seguridad regional mediante el «fortalecimiento del diálogo» Leer
Con su recién finalizada visita de tres días a Egipto, Xi Jinping ha consolidado el giro estratégico que China ha ido tejiendo en Oriente Próximo. El presidente chino ha cerrado el círculo tras cuatro años sin pisar la región, y ha pasado de ser un actor cuya influencia descansaba fundamentalmente en lo económico en 2022, a establecerse como mediador diplomático en 2023 y 2024 y, finalmente, postularse como uno de los arquitectos de la seguridad regional esta misma semana. Esta evolución se consuma mientras Estados Unidos parece quedar rezagado -desgastada por las tensiones con Irán y la falta de ideas- y con una influencia regional visiblemente mermada. La presencia de Xi en El Cairo extiende abiertamente el pulso entre las dos superpotencias en uno de los escenarios más inestables del planeta.
El gran mensaje que ha dejado Xi en su encuentro con el mandatario egipcio, Abdel Fatah al Sisi, es que Oriente Próximo debe oponerse a las injerencias externas y ser «dueño de sus propios asuntos». El líder chino ha propuesto reconfigurar el orden de seguridad regional mediante el «fortalecimiento del diálogo», una postura que se alinea con la Iniciativa de Seguridad Global impulsada por Pekín tras la invasión rusa de Ucrania. A través de ella, China defiende que la seguridad de un país no debe garantizarse a expensas de otros y exige el respeto a la integridad territorial y el cumplimiento estricto de la Carta de las Naciones Unidas. Xi ha llevado esta premisa a Oriente Próximo a través de Egipto, un país bisagra para su estrategia: árabe, africano, mediterráneo, conectado al mar Rojo y dueño del Canal de Suez.
El Cairo encuentra en Washington un socio fundamental, especialmente en materia militar y de seguridad, ya que EEUU proporciona a la nación norteafricana aproximadamente 1.300 millones de dólares (cerca de 1.200 millones de euros) anuales. Pero Egipto lleva años diversificando sus relaciones y China se ha convertido en un socio económico y tecnológico de primer nivel. Pekín ha invertido fuertemente en la Zona Económica del Canal de Suez y en proyectos de infraestructura, manufactura y energía. No hace falta que Al Sisi se aleje de Donald Trump para que Xi gane influencia. Le basta con que Egipto tenga a Pekín como segundo gran socio. Hay sitio para todos.
La apuesta china en Oriente Próximo lleva años cocinándose. En diciembre de 2022, durante su visita a Arabia Saudí, Xi ya había dibujado las primeras líneas de una relación que iba mucho más allá del petróleo y las infraestructuras. En la primera cumbre China-Árabe, Pekín puso sobre la mesa proyectos de desarrollo, energía, seguridad alimentaria, tecnología y salud, pero también cooperación militar, seguridad marítima, lucha contra el terrorismo y ciberseguridad. Xi ya hablaba entonces de construir una arquitectura de seguridad «común, integral, cooperativa y sostenible» para Oriente Próximo. La diferencia es que aquella propuesta llegaba envuelta en comercio, inversión y la expansión de la Nueva Ruta de la Seda.
El siguiente salto llegó apenas tres meses después. En marzo de 2023, China sentó a dos rivales históricos, Arabia Saudí e Irán, y facilitó el acuerdo que restableció sus relaciones diplomáticas tras siete años de ruptura. Pekín no necesitó tropas ni convertirse en árbitro militar para asumir un papel que durante décadas había correspondido principalmente a Washington. Su ventaja estaba en las buenas relaciones que mantenía con ambos países y en los intereses económicos compartidos. Además, no arrastraba el mismo historial de intervenciones militares estadounidenses en la región.
Alrededor de un año después, China volvió a mediar. Mientras la guerra de Gaza devolvía la cuestión palestina al centro de la política regional en 2024, Pekín acogió conversaciones entre Hamas, Al Fatah y otras facciones. Catorce grupos firmaron la Declaración de Pekín para intentar superar sus divisiones y preparar un futuro Gobierno de unidad. El acuerdo no logró resolver la fractura palestina, pero volvió a mostrar que China iba más allá de vender, invertir y comprar petróleo, y que era capaz de sentar a rivales alrededor de una mesa. Aunque detrás de ese gesto también haya una premisa interesada: cuanta más estabilidad, mayores son las oportunidades comerciales.
Y ahora llega Egipto. Los cuatro puntos de Xi -fortalecer los motores internos, adoptar un enfoque integrado, consolidar las bases del desarrollo y reforzar la coordinación internacional- son la versión más política de una estrategia que Pekín lleva años construyendo: que Oriente Próximo resuelva sus problemas con menor dependencia de potencias externas, aborde sus conflictos de forma conjunta, vincule seguridad y desarrollo y devuelva peso al multilateralismo. No es todavía una promesa de defensa al estilo estadounidense, sino un intento de cambiar las reglas de la seguridad regional.
El momento es sumamente estratégico. La guerra con Irán ha reabierto entre los aliados de Washington el debate sobre su dependencia de EEUU. En este escenario, diversificar las alianzas se ha convertido en una obligación que China está sabiendo explotar a su favor.
Internacional // elmundo
