PISA 2025: en América Latina, la cuna todavía decide quién aprende

Hace unas semanas, la OCDE publicó los resultados de PISA 2025 y la conversación en la región siguió el guion conocido: tablas de posiciones, puntos perdidos, expertos que explican y gobiernos que reaccionan. Los 13 países latinoamericanos evaluados volvieron a quedar por de debajo del promedio de la OCDE. Siete retrocedieron respecto de 2022 y seis se mantuvieron estables. Contada así, la noticia es otra vez la de una región que aprende poco, aunque esta vez no estuvo sola, pues la caída fue casi mundial.

Seguir leyendo

 El talento está repartido en todas partes. Lo que no está repartido son las condiciones para desarrollarlo  

Hace unas semanas, la OCDE publicó los resultados de PISA 2025 y la conversación en la región siguió el guion conocido: tablas de posiciones, puntos perdidos, expertos que explican y gobiernos que reaccionan. Los 13 países latinoamericanos evaluados volvieron a quedar por de debajo del promedio de la OCDE. Siete retrocedieron respecto de 2022 y seis se mantuvieron estables. Contada así, la noticia es otra vez la de una región que aprende poco, aunque esta vez no estuvo sola, pues la caída fue casi mundial.

Esta historia es tan cierta como preocupante. Sin embargo, América Latina no tiene solo problemas con cuánto aprenden sus adolescentes. Tiene un problema con quiénes aprenden. Por eso volví a poner el foco en las desigualdades y revisé los datos de PISA 2025 para los 12 países de la región que cuentan con información socioeconómica utilizable. El ejercicio es sencillo. Dentro de cada país se ordena a los estudiantes según las condiciones económicas, sociales y culturales de sus hogares, se los divide en cuatro grupos del mismo tamaño y se compara al cuarto de abajo con el de arriba. En lectura, tres de cada cuatro estudiantes del grupo más desfavorecido no alcanzan el nivel básico; mientras que, en el más favorecido son casi cuatro de cada diez. Para los más desfavorecidos, la probabilidad de quedarse atrás es prácticamente el doble.

Parece un dato técnico, pero no lo es. El nivel básico de PISA mide si un joven puede reconocer la idea principal de un texto de extensión moderada o ubicar información que no está a la vista. Es decir, si puede leer un contrato de trabajo, una noticia o la letra pequeña de una promesa electoral. Quien no alcanza ese umbral tendrá menos herramientas para estudiar, trabajar y participar en la vida pública en igualdad de condiciones.

La brecha también puede expresarse en puntos. En promedio, 77 puntos separan a ambos grupos en lectura. Si se acepta la equivalencia habitual de unos 20 puntos PISA por año de escolaridad, dos adolescentes de la misma edad, sentados en el mismo grado, están separados por casi cuatro años de aprendizaje. Esta diferencia la explica, en buena medida, la casa en la que nacieron.

Más de la mitad de los adolescentes mejor situados no domina la matemática elemental

En matemáticas la historia es similar, aunque con matices. El 89% de los estudiantes desfavorecidos queda bajo el nivel básico, frente al 55% de los favorecidos. La probabilidad es “solo” de 1,6 veces mayor. Podría leerse como una señal de equidad, pero no lo es. Es la señal de un piso tan bajo que alcanza incluso a quienes tienen todas las ventajas. Más de la mitad de los adolescentes mejor situados no domina la matemática elemental.

Tampoco se trata de un problema exclusivo de los países con peores resultados. Parecería lógico que las distancias fueran mayores donde menos se aprende, pero, una vez más, no es así. Entre las brechas más amplias en lectura están las de Brasil, con 93 puntos, y Uruguay, con 86, dos de los sistemas con mejor promedio lector de la región.

Hay un dato más. Si el origen social no influyera en los resultados, uno de cada cuatro estudiantes desfavorecidos debería ubicarse entre el 25% con mejor desempeño de su país. En la región, apenas lo logra alrededor del 12%. Quienes lo consiguen muestran que el talento está repartido en todas partes. Lo que no está repartido son las condiciones para desarrollarlo.

El filósofo Michael Sandel llamó tiranía del mérito a la convicción de que cada uno ocupa el lugar que merece. Es una idea que vuelve a los ganadores dueños exclusivos de su éxito y a los perdedores, responsables de su suerte. Con estas cifras, el discurso meritocrático que tanto se repite en la región se parece más a una coartada que a una descripción.

Frente a todo esto conviene ser prudente. PISA muestra asociaciones; no prueba que la pobreza, por sí sola, produzca malos resultados. Detrás del índice socioeconómico hay escuelas con menos recursos, docentes con menos apoyo, hogares con menos libros y adolescentes que trabajan. Y, también, hay sistemas escolares segmentados. Ya en 2018, la OEI y la UNESCO advertían que uno de los mayores desafíos de la región consistía en profundizar y afinar las políticas públicas de largo alcance que inviertan en reducir las brechas sociales entre grupos poblacionales dentro de los países.

Una última precisión agrava el cuadro. PISA solo evalúa a los adolescentes de 15 años que están en el colegio y cursan al menos el séptimo grado. Quienes la abandonaron, o siguen rezagados en primaria, no aparecen en estas cifras. Y no son poco. Según la propia OCDE, en los 12 países analizados, uno de cada cuatro jóvenes de esa edad queda fuera de la prueba: más de dos millones. En Guatemala, la muestra cubre apenas el 54%; en México, al 69%. Esos ausentes provienen, sobre todo, de los hogares más pobres. Las brechas descritas son las de quienes lograron quedarse.

No es, por lo tanto, un fracaso individual, sino el resultado de decisiones políticas

¿Qué hacer? Lo primero es dejar de leer PISA como una tabla de posiciones y leerla como un mapa de cómo cada país distribuye las oportunidades de aprender. Lo segundo es asumir que la equidad no se consigue con políticas iguales para todos, sino con más recursos, más tiempo y mejores docentes allí donde menos se aprende. No hace falta inventar nada. Hace falta decidirlo, financiarlo y sostenerlo más allá de un gobierno.

El dato de fondo no cambia con el ranking. De cada cuatro adolescentes nacidos en los hogares más desfavorecidos de cada país, tres llegan a los 15 años sin alcanzar el nivel básico de compresión lectora. No es, por lo tanto, un fracaso individual, sino el resultado de decisiones políticas.

Hace dos años escribí en este mismo diario que la educación y la desigualdad forman un círculo perverso, y que ese círculo solo se detendría si decidíamos detenerlo. PISA 2025 muestra que todavía no lo hemos decidido. Mientras tanto, la cuna sigue decidiendo quién aprenden y quién no.

 Sociedad en EL PAÍS

Te puede interesar