El victimismo, su explotación y también su uso político para justificar la cruelad, ha sido uno de los temas que más ha investigado Sarah Schulman (Nueva York, 68 años). Han pasado 10 años desde que la escritora, activista LGTBIQ+ y también historiadora del sida, publicase El conflicto no es abuso, que ahora edita en español Capitán Swing. “Tristemente, resulta que el libro fue profético”, explica la autora por videoconferencia, “se publicó antes de que Trump fuera elegido, y él, en cierto modo, ha demostrado que todas las tesis expuestas eran ciertas: toda su retórica gira en torno a que él es una víctima. También lo vemos en Netanyahu. Esa idea de que el perpetrador, el agresor, se presenta a sí mismo como víctima es, por desgracia, la norma a nivel global”.
La intelectual publicó hace una década ‘El conflicto no es abuso’, sobre el uso del victimismo para justificar la crueldad. Una tesis que ahora se ha convertido en norma en todo el mundo
El victimismo, su explotación y también su uso político para justificar la cruelad, ha sido uno de los temas que más ha investigado Sarah Schulman (Nueva York, 68 años). Han pasado 10 años desde que la escritora, activista LGTBIQ+ y también historiadora del sida, publicase El conflicto no es abuso, que ahora edita en español Capitán Swing. “Tristemente, resulta que el libro fue profético”, explica la autora por videoconferencia, “se publicó antes de que Trump fuera elegido, y él, en cierto modo, ha demostrado que todas las tesis expuestas eran ciertas: toda su retórica gira en torno a que él es una víctima. También lo vemos en Netanyahu. Esa idea de que el perpetrador, el agresor, se presenta a sí mismo como víctima es, por desgracia, la norma a nivel global”.
Pregunta. Ese argumentario se puede aplicar a Vox, a Milei o a Le Pen… Es el guion de la internacional reaccionaria. ¿Cuál es su base?
Respuesta. En Estados Unidos siempre ha existido la falsa idea de que los hombres blancos son oprimidos por cualquier cosa: porque las mujeres o las personas racializadas tengan un trabajo; por las políticas de diversidad e inclusión… La realidad es que ese grupo dominante se siente reprimido simplemente porque se le pide que hagan autocrítica. Este fenómeno ya ocurría, pero se ha vuelto más extremo.
P. ¿Por qué?
R. Por la incapacidad a reconocer los errores. A las personas educadas para dominar se les dice ―y se les enseña― que nunca deberían sentirse incómodas. Si les pides que se cuestionen o que reflexionen sobre cómo se relacionan, es como si las estuvieras atacando, maltratando. Por otro lado, también hay personas traumatizadas, tanto que tienen dificultades para mantenerse a flote y sienten que en cualquier situación están siendo agredidas. Tanto las personas privilegiadas como las traumatizadas se sienten muy amenazadas por la diferencia, por la expresión y visibilidad de esa diferencia. Y la única forma de pasar por la vida sin sentirse nunca incómodo es que todo el mundo a tu alrededor sea reprimido. Sentirse incómodo es una señal de una sociedad sana, algo que creo que deberíamos querer experimentar.
P. En el ensayo remarca un matiz complejo: que sentirse una víctima no significa necesariamente tener razón.
R. Por desgracia, ahora, para ser merecedor de compasión, tienes que ser una víctima perfecta, pura, impecable. Si una víctima se plantea que quizás también fue parte del problema, que contribuyó de alguna manera al mismo; todo el mundo le responde: ‘Entonces te mereces lo que te pasó’. Reconocer ser parte de un problema no resta valor a haber sido una víctima.
Hemos confundido el castigo para otras personas con la reparación de nuestro daño. Solo sentimos mejora en nuestro sufrimiento si alguien es castigado por ello. ¿Qué pasaría si lo separáramos? ¿Si fuésemos escuchados cuando necesitamos ayuda? El castigo no funciona: solo crea más dolor.
P. Sin embargo, la sociedad se ha vuelto más punitiva, más castigadora.
R. Cada día hay más y más castigo. Vivo en un país donde unas 2.000 personas al día son detenidas sin haber cometido ningún delito [por el ICE] y están siendo deportadas a países de los que ni siquiera proceden. Ahora mismo, el nivel de crueldad en Estados Unidos es increíble. Tenemos un Gobierno que no responde ante la ley. La clase gobernante del país se basa en la culpabilización y el castigo, especialmente a los migrantes. En EE UU los inmigrantes son las personas que más trabajan y ellos [el Gobierno] dicen que están robando la riqueza de la nación. Es absurdo. En este momento, todo está patas arriba.
P. Además de los inmigrantes, también hay ataques al colectivo LGTBIQ+.
R. Sobre todo, contra las personas trans. El Gobierno está reprimiendo a las personas trans y usando ese castigo como ejemplarizante. Siempre han operado así: eligen a una minoría muy pequeña que carece de poder, con la que la mayoría de la población no está familiarizada, y la convierten en el objeto de todos los temores. Es un patrón histórico.
Con los homosexuales es diferente. Hay un sector de hombres y mujeres abiertamente gais y lesbianas que son fascistas: [el tecnoligarca] Peter Thiel, Bari Weiss, que dirige CBS News y además es sionista, Alice Weidel, líder de la extrema derecha alemana… También podemos hablar de Caitlin Jenner, una mujer trans y trumpista. Siempre ha habido personas LGTBIQ+ en la élite que se sienten inmunes a todo. Lo único que les importa es su dinero y su supremacía racial. Eso demuestra que la identidad tiene peso en nuestras convicciones, pero que lo importante son los valores con los que vives.
P. Uno de los capítulos se centra en el choque entre Israel y Palestina de 2014. Leerlo es como estar viendo las noticias, solo que ahora es mucho más brutal.
R. Millones de personas han salido a las calles por Palestina en todo el mundo, pero muchos gobiernos, como el estadounidense, sigue enviando dinero a Israel. Como judía estadounidense, siento que mi trabajo es impedir que mi gobierno siga financiando a Israel. Esta posición es cada vez más popular. En cuanto Estados Unidos deje de financiar las matanzas, el Gobierno de Israel colapsaría.
P. El apoyo de EE UU a Israel ha venido tanto de republicanos como de demócratas.
R. Las inversiones de EE UU en Israel también se basan en un pasado imperial, racista y colonial. Además, tenemos el sionismo cristiano, no solo el judío. De hecho, hay más miembros en las organizaciones sionistas cristianas que judíos en todo el mundo. Sin embargo, hay alternativas. España lo ha demostrado: ha sido inspiradora. También, Irlanda. Europa tiene que liderar la oposición a Trump. Canadá, por su parte, está ahora reaccionando. Muchos estadounidenses pensamos: ‘Por favor, que alguien le diga que no a Trump’.
P. Ha investigado mucho sobre el activismo LGTBIQ+ y sobre la peor época de la pandemia del VIH y el sida. ¿Puede esa experiencia de lucha ayudar en la actualidad?
R. Tenemos mucho que aprender de ello. Formé parte de ACT UP [organización referencial en defensa de los derechos de las personas con VIH] y fui periodista especializada en sida. Escribí un libro [Let the Record Show: A Political History of ACT UP New York, 1987–1993] sobre la historia de la organización. ACT UP logró tantas victorias porque tenía una estructura que aceptaba el desacuerdo. Su objetivo era uno: acción directa para acabar con la crisis del sida. Una sola frase, no un manifiesto de 50 páginas. Dentro de ese marco, cada persona podía hacer lo que creyera útil. Esa estructura de democracia radical, en la que podían coexistir muchas respuestas distintas, fue lo que la hizo tan exitosa.
Todos los movimientos que intentan imponer un único análisis o una única estrategia fracasan. Vivimos una situación en la que todas las comunidades del mundo están bajo ataque de una oligarquía y amenazadas por la crisis climática. Pretender que todas tengan el mismo análisis es absurdo. Necesitamos una política de alianzas estratégicas: trabajar con quienes coincidimos en ciertos temas y seguir adelante.
Te pongo un ejemplo. Toda mi vida he antagonizado con la Iglesia católica. Sin embargo, el papa León apoya a los inmigrantes. Cuando detienen a sacerdotes por enfrentarse al ICE, por primera vez en mi vida estoy del mismo lado que ellos. Hay otras cuestiones en las que sigo discrepando. Podemos ser más flexibles y maduros en nuestra manera de hacer política. Tenemos que atravesar este infierno para llegar a un futuro nuevo.

P. Esa reflexión podría valer para la izquierda de muchos países, también en EE UU.
R. Por primera vez, dentro del Partido Demócrata existe un ala de izquierdas que está adquiriendo poder. Eso es algo nuevo, muy emocionante, y está ocurriendo en todo el país. Lo que ha pasado en Nueva York [con la elección de Zohran Mamdani, de esa corriente] es un milagro. He vivido aquí toda mi vida y nunca había visto a los neoyorquinos tan orgullosos de su ciudad.
P. Ante los éxitos de esa facción izquierdista, Trump ha respondido agitando el pánico moral ante una supuesta amenaza del comunismo.
R. Históricamente, el término comunista ha sido usado en EE UU para silenciar a gente: el Gobierno llegó a ejecutar a personas por ser comunistas, como a los Rosenberg [en 1953]. Si observas a las personas con sida, a los palestinos o a las personas trans hay un mismo patrón: son personas que están en peligro, vulnerables, que son falsamente presentadas como peligrosas, cuando la amenaza real son otros, como los tecnoligarcas.
P. También habla de cómo del deseo puede convertirse en objeto de castigo, ¿sigue ocurriendo hoy?
R. Sigue habiendo mucha violencia sexual que atraviesa toda la sociedad, desde el nivel más alto del poder hasta la realidad más cotidiana. Ahora mismo, estamos en medio de unas terribles violaciones en el ámbito universitario [el caso de los siete de Cornell]. En los últimos años, las mujeres han cambiado enormemente, mientras que los hombres no lo han hecho en absoluto. Por un lado, creo que hay cierta sobrerreacción cuando alguien expresa deseo hacia ti. Y eso no es un delito, deberías poder decir simplemente: ‘Gracias, no me interesa’, y que la situación terminara ahí. Por otro, existe una amenaza real: muchos hombres heterosexuales siguen siendo peligrosos. La gente sobrerreacciona ante ese peligro, y eso tiene consecuencia como convertir el mero deseo en algo punitivo, pero es comprensible.

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