Aunque la IA sofistica las herramientas del engaño, el motor de la estafa sigue siendo la voluntad de creer en promesas irreales. Leer Aunque la IA sofistica las herramientas del engaño, el motor de la estafa sigue siendo la voluntad de creer en promesas irreales. Leer
Aquel día de principios de julio en Oporto, al calor de una terraza en Vinum y protegidos con un Porto Tonic, mi socio argumentaba incansable sobre la era dorada que nos viene con las herramientas de imagen, voz y hacking que la IA trae a los estafadores. No le falta razón, pero, aunque clonar la voz de tu madre tiene mérito, dista mucho del talento, la temeridad o la desvergüenza de Gregor MacGregor, Jamie Lawhorne, Ron Gollobin y Roger Reaves. Cada uno en su categoría, pero con el campo en común. La estafa nunca ha esperado a la tecnología. La tecnología solo reduce el coste de adquisición de ingenuos.
La esencia del fraude no es analógica ni digital, sus pilares son la rentabilidad extraordinaria, un activo difícil de verificar y un comprador deseando creer, y el campo es terreno abonado: activos remotos, ciclos largos y coartadas biológicas. Si alguien garantiza la recompra, la agronomía se convierte en renta fija.
Jamie Lawhorne masterizó la fórmula sin un prompt. En 2013 ofrecía a agricultores una máquina de enriquecimiento orgánico. Por 9.950 dólares prometía un invernadero, cien horas de formación, esquejes, certificación USDA, recogida diaria y recompra de todos los tomates a precio de mercado. Prometía entre 25.000 y 40.000 dólares anuales. En poco más de seis meses captó a más de 250 productores y recaudó 2,2 millones de dólares.
Cuando el tomate se pudrió, Lawhorne no cambió el modelo: cambió el cultivo. Reapareció como WormzOrganic. Por 4.950 dólares, una década de recompra garantizada de lombrices rojas y humus. Después llegaron los pepinos y Pockles Pickles: semillas, fertilizante, contrato a diez años y 30.000 dólares de beneficio anual. Todo ello mientras estaba fugado. No pivotaba el negocio; rotaba la hortaliza. Cuando lo detuvieron, la policía encontró dos cajas de tarjetas recién impresas para su siguiente iniciativa con encurtidos.
Más inquietante es el fraude que uno se administra a sí mismo. En 1955, Ron Gollobin, con catorce años, leyó que el veneno de serpiente podía valer 400 dólares la onza. Durante cuatro meses hizo autostop hasta unas lagunas de Carolina del Norte, capturó y ordeñó a mano cientos de serpientes boca de algodón de hasta metro y medio, y llevó los viales al desván.
Allí extendía el veneno sobre placas de cristal como masa de tortitas, lo dejaba secar una semana y raspaba los cristales con una cuchilla. Un amigo había acabado hospitalizado después de clavarse una esquirla de veneno seco. Continuó. Al terminar el verano empezó a llamar a laboratorios para vender el veneno supuestamente purificado. Cuatro meses de riesgo mortal acabaron con valor cero.
Roger Reaves no vendió una ficción, transportó una realidad ilegal. Creció en una granja de Georgia sin electricidad, tractor ni coche; las hojas de las mazorcas hacían de papel higiénico. Quería ser agricultor, pero una destilería clandestina lo dejó arruinado y salió a buscar dinero para volver al campo. Primero marihuana, luego cocaína. Se fijó 300.000 dólares como cifra de retirada. Los ganó tan deprisa que, según recordaría, la voz de la granja se fue apagando mientras el dinero hablaba cada vez más alto.
Dice que cobraba 40.000 dólares por vuelo a México y, en su primer transporte para el cartel de Medellín, llevó 300 kilos de cocaína por 1,5 millones. Cuando confesó a su madre el negocio y la tarifa, ella respondió: «Hijo, ¿necesitas copiloto?». La cuenta final fue menos amable: 33 años de cárcel, 26 prisiones, siete países, cuatro continentes y cinco fugas. Un ROIC magnífico hasta ajustarlo por libertad.
La mayor startup soberana de la historia. Y luego está Gregor MacGregor. En 1821 inventó Poyais, un país con capital, puerto, ópera, constitución, bandera, moneda y ocho millones de acres. Publicó una guía de 355 páginas firmada por un autor inexistente y prometió tres cosechas de maíz al año, superiores a cien bushels por acre. Vendió tierras, bonos y billetes de su nación imaginaria. Un pitch deck con himno nacional. Unos 250 colonos zarparon hacia Poyais. Encontraron selva, silencio y ninguna ciudad. Murieron 180; menos de 50 regresaron a Gran Bretaña. MacGregor no necesitó IA generativa. Le bastó audacia generativa, documentación abundante y la audiencia cegada por avaricia.
La IA hará la mentira más barata, rápida y personalizada. Podrá clonar la voz, falsificar el comité de inversión y fabricar cien testimonios antes del desayuno. Pero no sustituirá el activo esencial del fraude: nuestra voluntad de creer. El antídoto sigue siendo analógico y algo antipático: verificar, seguir el dinero y preguntar quién recompra realmente los tomates. La era dorada de los estafadores no empieza con ChatGPT. Empieza cada vez que la promesa corre más rápido que la diligencia debida. El envoltorio ha cambiado pero el modelo de negocio sigue intacto.
*Manuel Mendívil es CIO Gestión de Activos de Arcano Partners.
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