España-Argentina: una lección de economía del comportamiento

Los trabajos de Finn Kydland, Edward Prescott, Daniel Kahnemann o George Akerlof ayudan a explicar el partido. Leer Los trabajos de Finn Kydland, Edward Prescott, Daniel Kahnemann o George Akerlof ayudan a explicar el partido. Leer  

Nadie necesita que le recuerden quién ganó, ni quien jugó mejor, ni quien portó la elegancia para barrer la soberbia. Lo que vale la pena mirar es que España no hizo nada distinto a lo que había hecho contra cada rival del torneo: anuló a Argentina con el mismo plan de siempre, sin variarlo por la ocasión ni por el marcador. La expulsión de Enzo Fernández por doble amarilla, tras una entrada sobre Pau Cubarsí en el añadido de la segunda mitad, no cambió nada en el juego español. Tampoco cambió a Argentina porque siguió haciendo lo mismo de siempre: esperar el caos para pescar. Argentina jugó toda la prórroga con diez hombres, Leandro Paredes terminó el encuentro pese a estar amonestado y siguió acumulando faltas, incluso con el partido terminado. A España se le anuló un gol a Nico Williams por una falta previa que generó protestas propias sin que el equipo se descompusiera por ello. Las condiciones de juego -cielo despejado, sin lluvia, 27 grados, 42% de humedad- descartan cualquier factor externo que explique la diferencia. Lo que pasó fue que un equipo sostuvo el mismo plan de siempre hasta el último minuto, y el otro lo abandonó justo cuando más caro resultaba mantenerlo.

Con estos hechos, y sin forzar nada más, hay tres marcos de economía del comportamiento que encajan sin estirar la metáfora.

Al primero lo podríamos llamar «la regla que se sostiene y la que se dobla». España sostuvo su modelo de posesión y paciencia durante los 120 minutos. Argentina, señalada durante el torneo por acusaciones de juego sucio, llegó a la final con el propósito declarado de desmentirlo, y terminó exactamente en el patrón contrario: un expulsado y mucha bronca. Cero elegancia en la derrota.

Esto tiene nombre en economía, y no es casualidad ni licencia literaria: es el problema de la inconsistencia temporal, formulado por Finn Kydland y Edward Prescott en 1977 (Rules Rather than Discretion: The Inconsistency of Optimal Plans, Journal of Political Economy), pensado originalmente para explicar por qué los gobiernos anuncian reglas de política monetaria que luego incumplen. La lógica es simple. Anunciar una regla es barato mientras el coste de cumplirla es bajo. El problema aparece cuando cambian las circunstancias y romperla empieza a ofrecer un beneficio inmediato que el compromiso original no anticipaba. Un banco central que promete estabilidad de precios y, ante una recesión, decide que un poco de inflación sorpresa le vendría bien, hace lo mismo que hizo Argentina con diez hombres en la prórroga: sostener el plan mientras es gratis, abandonarlo cuando deja de serlo. España, en cambio, se comportó como una autoridad creíble porque la regla no cambió entre el primer minuto y el último, ni cuando el resultado seguía abierto ni cuando Argentina se quedó con un hombre menos y el partido pudo haberse abierto en transiciones. No era, además, un plan improvisado para la ocasión. Buena parte de la plantilla campeona venía de procesos ya premiados -jugadores como Mikel Oyarzabal, Mikel Merino o Marc Cucurella, medalla de plata en Tokio 2020, y Pau Cubarsí, Eric García o Álex Baena, oro olímpico en París 2024-, lo que sugiere que la disciplina táctica no se improvisa en una final, se arrastra de compromisos anteriores sostenidos en el tiempo. El trabajo de Kydland y Prescott, por cierto, les valió el Nobel de Economía en 2004, compartido, precisamente por formalizar esta distinción entre reglas y discreción.

Hay una segunda capa, más elemental, para entender por qué Argentina se desordenó precisamente cuando el resultado empezó a complicarse. Es la aversión a la pérdida.

Daniel Kahneman y Amos Tversky documentaron, desde su teoría de las perspectivas de 1979 (Prospect Theory: An Analysis of Decision under Risk, Econometrica), que los agentes no valoran simétricamente ganancias y pérdidas. Una pérdida percibida pesa más que una ganancia equivalente, y esa asimetría empuja a asumir más riesgo cuando el terreno de pérdida ya parece probable. Un equipo con diez hombres y el marcador todavía sin resolver deja de operar bajo el cálculo de «qué maximiza mi probabilidad de ganar» y empieza a operar bajo un cálculo distinto, menos frío, donde una falta más deja de pesar como coste relevante. Kahneman recibió el Nobel de Economía en 2002 por incorporar precisamente esta clase de hallazgos psicológicos al análisis económico; Tversky no pudo compartirlo porque había fallecido en 1996.

Queda una tercera pieza, a la que llamaremos «La etiqueta que uno acaba llevando». Argentina llegó a la final cargando una reputación de juego duro acumulada en rondas anteriores del torneo, y su propósito explícito era desmentirla. George Akerlof y Rachel Kranton, en su trabajo sobre economía de la identidad (Economics and Identity, Quarterly Journal of Economics, 2000), mostraron que la etiqueta que un grupo lleva puesta desde fuera cambia la estructura de incentivos del propio grupo, incluso cuando ese grupo se propone explícitamente desmentirla. Cuando cualquier entrada dura va a leerse como confirmación de lo que ya se pensaba, la entrada deja de tener, psicológicamente, un coste marginal propio. El juicio ya estaba hecho antes del gesto. Akerlof, por cierto, es la otra mitad de un matrimonio con peso propio en la disciplina. Está casado con Janet Yellen, expresidenta de la Reserva Federal, lo que da a su trabajo sobre identidad e incentivos una curiosa resonancia biográfica con la política monetaria que también atraviesa este artículo.

¿Qué nos queda? España no ganó por tener mejor plantilla sobre el papel, aunque la tenía. Ganó por sostener un sistema que no se rompió bajo presión y que poéticamente mantuvo la elegancia y humildad que su rival ni atisba. Es la misma distinción que separa una economía con instituciones creíbles de una que improvisa cuando aprieta la circunstancia: no importa tanto la regla que uno anuncia el primer día, importa la que uno sigue aplicando cuando ya nadie estaría mirando si decidiera dejar de hacerlo.

Quien diseña política económica lleva toda la vida sabiendo esto, aunque lo formule con otro vocabulario. Ahí están las reglas fiscales que se abandonan en el primer trimestre malo, bancos centrales que prometen independencia y luego escuchan demasiado el ruido de los mercados o marcos regulatorios que se flexibilizan justo cuando más falta hace que no se flexibilicen. La credibilidad no se mide por la solemnidad del anuncio inicial. Se mide en el minuto ciento veinte, cuando ya nadie tendría por qué enterarse si uno decide que esta vez, solo esta vez, va a hacer una excepción.

El fútbol, de vez en cuando, tiene la decencia de mostrarlo sin necesidad de que nadie lo explique dos veces. La épica es para la humildad y eso fue el marco más creíble.

*Francisco Rodríguez es Catedrático de Economía de la Universidad de Granada y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.

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