Excusas para una derrota

María Jesús Montero comparece la noche del domingo en Sevilla tras conocer los resultados de las elecciones andaluzas.

Por más que todas las elecciones se presenten como acontecimientos irrepetibles, hay hábitos que nunca cambian. Cada vez que un partido intenta escapar de su responsabilidad tras una derrota, las excusas suelen ser exactamente las mismas. Una de las estrategias más socorridas pasa por circunscribir la crisis a un problema de campaña. Afirmar que no se ha sabido comunicar un proyecto o confesar que se han cometido errores no forzados —expresión de la que abusan todos los gabineteros— siempre permite distraer la crítica. Y, sobre todo, restringe el problema a una dimensión instrumental —la comunicación— y evita cargar las tintas sobre la cuestión sustantiva: el proyecto político.

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 Es verdad que Montero no era una buena candidata y que su campaña fue torpe. Pero cuesta seguir fingiendo que el problema del PSOE se limita a eso  

COLUMNA

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Es verdad que Montero no era una buena candidata y que su campaña fue torpe. Pero cuesta seguir fingiendo que el problema del PSOE se limita a eso

María Jesús Montero comparece la noche del domingo en Sevilla tras conocer los resultados de las elecciones andaluzas.
PACO PUENTES
Diego S. Garrocho

Por más que todas las elecciones se presenten como acontecimientos irrepetibles, hay hábitos que nunca cambian. Cada vez que un partido intenta escapar de su responsabilidad tras una derrota, las excusas suelen ser exactamente las mismas. Una de las estrategias más socorridas pasa por circunscribir la crisis a un problema de campaña. Afirmar que no se ha sabido comunicar un proyecto o confesar que se han cometido errores no forzados —expresión de la que abusan todos los gabineteros— siempre permite distraer la crítica. Y, sobre todo, restringe el problema a una dimensión instrumental —la comunicación— y evita cargar las tintas sobre la cuestión sustantiva: el proyecto político.

La segunda coartada habitual consiste en cargar la derrota sobre los hombros del candidato. Todos los partidos tienen momentos en los que necesitan un fusible o pararrayos de rostro humano, y ante una derrota más o menos descontada, se abrasa a una figura amortizada para que absorba el desgaste colectivo. A veces, ese servicio se compensa con un cargo discreto y bien pagado lejos del foco. Otras veces, más crueles e ingratas, ni siquiera eso. La política española también tiene sus fosas comunes de olvidados.

Las dos estrategias llevaban días ensayándose con una María Jesús Montero que intentó evitar, mientras pudo, encabezar la lista. Se ha insistido en su condición de ministra de Hacienda, probablemente el ministerio menos popular de cualquier Gobierno. Y la imperdonable frivolidad de describir la muerte de dos guardias civiles como un “accidente laboral” ascendió inmediatamente a la categoría de error decisivo de campaña.

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