Mujeres flamencas que recorren los caminos que abrió Carmen Linares

Desde hace cinco años, la paridad en las programaciones musicales no interesa ni como estrategia promocional y el único festival flamenco relevante dirigido por una mujer es el de Países Bajos, organizado por Ernestina Van der Noort. Son dos pasos atrás en visibilidad y autoridad cultural que contrastan con la proliferación de un tipo de flamenca que, además de crear o interpretar, no deja de aportar conocimiento al arte jondo.

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Eva Yerbabuena con su espectáculo 'Apariencias', una apuesta por estirar los límites de la ortodoxia flamenca mediante una visión más personal. La cantaora celebra 30 años de ‘Antología de la mujer en el cante’, un hito que alentó a muchas flamencas a ejercer su autoridad artística sin límites ni complejos.  

Desde hace cinco años, la paridad en las programaciones musicales no interesa ni como estrategia promocional y el único festival flamenco relevante dirigido por una mujer es el de Países Bajos, organizado por Ernestina Van der Noort. Son dos pasos atrás en visibilidad y autoridad cultural que contrastan con la proliferación de un tipo de flamenca que, además de crear o interpretar, no deja de aportar conocimiento al arte jondo.

La puerta se la abrió Carmen Linares con Antología de la mujer en el cante, que interpretará en la Suma Flamenca de Madrid el 27 de octubre para celebrar las tres décadas del disco. La cantaora quiso saldar una deuda histórica con sus antecesoras, a las que se relacionaba más con los estilos melódicos que con el cante jondo, a pesar de que, como la misma Linares cuenta siempre, “la petenera la popularizó La Niña de los Peines”.

Era la primera vez que una flamenca decidía quién entraba en una selección de ese tipo, usando su autoridad artística para subsanar el canon. Desde entonces, sus compañeras han sentado cátedra con más facilidad. Mayte Martín, por ejemplo, es un referente tanto por sus conocimientos o su voz como por una postura ética y estética única en el género. O Rocío Márquez, investigadora y cantaora, que ha encontrado en los márgenes del flamenco una forma de expandirlo. Pero hay otro tipo de artista-investigadora cuya tarea está resultando muy fructífera aunque tenga menos eco.

La cantaora Alicia Morales (Granada, 45 años) es un ejemplo. “La antología de Carmen fue un discazo y un punto y aparte para todas”, explica la autora de Honores a El Mochuelo, que presenta en directo el 22 de octubre en la Sala Negra de los Teatros del Canal. “Fue el primer flamenco que grabó en cera y pizarra y el que más discos grabó en la historia. Triunfó a lo grande y murió pobre y en la calle”, cuenta sobre una figura en la que ha trabajado más de tres años gracias a los registros del arqueólogo musical Carlos Martín Ballester.

“Algunos me decían que estaba loca, que era un cantaor sin cualidades y no era verdad. Lo intuía, ahora lo sé”, cuenta sobre un artista que influyó en Chacón, Marchena o Torres. Su empeño dio como fruto un disco culto, musical y vocalmente impecable, que también aporta conocimiento nuevo: “Meto un principio de guajira que hacía El Mochuelo que es una joya y no tiene nada que ver con las tonalidades que dictó Antonio Mairena”.

Morales nombra al cantaor y autor del libro Mundo y formas del cante flamenco (1963), canon de la ortodoxia. Y esa es una diferencia entre la generación previa a Linares y la siguiente: hacen uso de su autoridad artística para intervenir en el relato de todos los frentes que atañen al flamenco, no solo en el de las mujeres.

Si Morales se atrevió con una figura masculina, la flautista Trinidad Jiménez (Adra, Almería, 42 años) lo hizo con un territorio. “Raíz Sureste es un viaje por los sonidos de Almería, Granada o Málaga… que tienen menos presencia en los repertorios actuales”. La mujer que introdujo la flauta bajo en el flamenco cuando lo normal es la travesera actúa el 18 de octubre en la Suma y considera que la antología de Linares es una enciclopedia imprescindible, pero teme que, como hizo algo tan grande, las demás crean que ya está todo hecho.

“Por eso reivindico la horizontalidad del flamenco, para no perder de vista que está hecho de muchos pedacitos, no solo de estrellas. Yo aprendí la seguiriya más rara de una japonesa en un tablao y haciendo la investigación de Raíz Sureste supe que mi abuela era una gran bailaora de ‘robaos’, un baile parecido al verdial pero muy desconocido”.

Otra particularidad de estas creadoras es que desvelan y crean desde el meollo. “En la transgresión se ven más claras las aportaciones. Yo hago tradición soplada por un tubo. Vamos, la transgresión solo es el tubo”, explica riendo Jiménez, autora de una tesis doctoral sobre Jorge Pardo.

Ni ella ni Morales están solas: Sandra Carrasco con Recordando a Marchena; Laura Marchal con La semilla del encanto o Ana Brenes con su Mientras camino están en su línea, y su tarea discurre sin demasiados frenazos, entre otras cosas, porque han decidido autofinanciar su arte. Jiménez es profesora en la Universidad Alfonso X El Sabio y actúa para otros, algo que hizo Morales “como una loca para ahorrar como una hormiga”. No lo cambiarían, dicen, pero les gustaría que más festivales como la Suma les dieran cabida. Quizá esa visibilidad borraría el único rastro que en ellas suena a síndrome de la impostora: aún llaman “locura” o “capricho” a sus aportaciones a la cultura.

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