‘Whalefall’: ¿se me puede comer una ballena? De entrada no, pero vea la película

Una imagen de 'Whalefall'

En apenas un par de semanas he pasado de pensar que era imposible que se me comiera una ballena a tener mis dudas, como si no fuera ya bastante inquietante el mundo. Philip Hoare, el autor de Leviatán y que sabe un rato de ballenas, sobre las que ha escrito largo y tendido, me aseguraba tranquilizador hace unos días que no es posible por una cuestión de fisiología de los cetáceos, y que en el único caso cierto que conoce de alguien que fue a parar a la boca de una de esas criaturas, Michael Packard, un tipo que pescaba langostas en la costa de Massachussets en 2021 y fue atrapado por un cachalote (sintió un golpe súbito y todo se le hizo oscuro), la ballena le escupió a los treinta segundos. Pero luego me he leído Whalefall, una emocionante novela de Daniel Kraus en la que un cachalote se traga a un submarinista californiano y me he quedado perplejo, y preocupado. Más aún al asistir el miércoles en el festival de cine de Sitges a la première de la película de Brian Duffield del mismo título basada en el libro y que recrea la historia de manera tan fiel y sobrecogedora como muy realista. Y es que no es lo mismo que te describan por escrito cómo se zampa una ballena a una persona que verlo en la gran pantalla con lujo de detalles y sonido (de digestión) envolvente.

Seguir leyendo

 El filme proyectado en el festival de Sitges y el libro en el que está basado invitan a sumergirnos con un cachalote, y volver a ‘Moby Dick’  

En apenas un par de semanas he pasado de pensar que era imposible que se me comiera una ballena a tener mis dudas, como si no fuera ya bastante inquietante el mundo. Philip Hoare, el autor de Leviatán y que sabe un rato de ballenas, sobre las que ha escrito largo y tendido, me aseguraba tranquilizador hace unos días que no es posible por una cuestión de fisiología de los cetáceos, y que en el único caso cierto que conoce de alguien que fue a parar a la boca de una de esas criaturas, Michael Packard, un tipo que pescaba langostas en la costa de Massachussets en 2021 y fue atrapado por un cachalote (sintió un golpe súbito y todo se le hizo oscuro), la ballena le escupió a los treinta segundos. Pero luego me he leído Whalefall, una emocionante novela de Daniel Kraus en la que un cachalote se traga a un submarinista californiano y me he quedado perplejo, y preocupado. Más aún al asistir el miércoles en el festival de cine de Sitges a la première de la película de Brian Duffield del mismo título basada en el libro y que recrea la historia de manera tan fiel y sobrecogedora como muy realista. Y es que no es lo mismo que te describan por escrito cómo se zampa una ballena a una persona que verlo en la gran pantalla con lujo de detalles y sonido (de digestión) envolvente.

Me compré Whalefall (Zaffre, 2024) este verano atraído por la cubierta en la que aparece un enorme cachalote con la boca abierta avanzando desde las profundidades hacia un minúsculo buceador desprevenido, y juzgando que era una buena lectura para la playa. Pero luego pensé que ya no me bañaría tan a gusto —como me pasó al releer Tiburón— y dejé el libro para el otoño, cuando es menos fácil que te encuentres con una ballena, y menos en la castañada. No me equivocaba: leer Whalefall ha sido toda una experiencia ya en seco así que puedo imaginar lo que hubiera sido hacerlo al borde del mar y mientras te apremian a que te zambullas a ver un mero.

La novela explica la peripecia de un joven, Jay Gardiner, que se sumerge en la costa de Monastery Beach (Monterrey), una de las playas más peligrosas de California, atormentado por el recuerdo de su complicado padre y para tratar de localizar los restos del progenitor, buzo profesional enfermo de un cáncer incurable, que se ha suicidado lanzándose al mar desde su barco. Lo que encuentra el chico es un calamar gigante —equivalente a muchas tapas—, uno de los legendarios Architeuthis y al que persigue un cachalote, depredador principal de esos bichos. En la huida, el calamar se enreda con el joven —en el sentido de que lo atrapa entre sus tentáculos— y el cachalote los engulle a los dos en un disculpable acto de confusión gastronómica.

A partir de aquí la novela se estructura en capítulos numerados por los años que recuerda el joven en flashback de la mala relación con su padre, que sería un cafre y un borrachín pero le enseñó a bucear, y las unidades psi (libras por pulgada cuadrada, en inglés), el valor que marca el manómetro de cuánto gas te queda en la botella de buceo (el sistema métrico decimal utiliza el bar, que equivale a 14,5 psi, ahí queda). Así, durante la narración, vamos bajando angustiosamente de 3.000 psi, la capacidad de un tanque estándar, hasta, glups, cero, en lo que se tarda una hora, algo menos si te asustas porque te come un cachalote e hiperventilas. Mientras, Jay trata de mantenerse vivo y de salir de su encierro recordando los consejos de su padre y los nunca suficientemente valorados conocimientos de la anatomía de las ballenas.

Lo más alucinante de la historia es que te acabas metiendo dentro (y valga la expresión) aunque no bucees y lo más que te hayas acercado a un cachalote sea leyendo Moby Dick. De hecho, el gran punto de la novela es que ya ves que eso no parece muy verosímil (¿una hora vivo dentro de una ballena?, ¿asomando por detrás de la lengua?) pero te lo acabas creyendo y sufriendo por y con el protagonista. A ver, es verdad que tampoco vamos a ir a Marte, al menos yo (y desde luego no con lo que cuesta pasar notas de gasto), y sin embargo padecemos de lo lindo con El marciano.

El libro, en el que aprendes cosas insólitas sobre la morfología de los cachalotes como lo de los cuatro estómagos para ir procesando la comida o el funcionamiento de su laringe, tiene hallazgos estupendos como lo de hacerse una linterna el protagonista en el interior de la ballena con la fosforescencia de una medusa Peryphilla; utilizar como navaja multiusos el duro pico de un calamar (lo único que no puede digerir un cachalote) al que acaba antropomorfizando como Beaky o sufrir de dolor de cabeza y oídos cuando el cetáceo se sumerge mucho. Muy interesante es lo que explica Kraus de que los cachalotes utilizan los percebes que se les adhieren como corazas y puños de acero para golpear, o que adoptan la formación denominada Margarita, en círculo con las cabezas en el interior y las poderosas colas hacia afuera, para enfrentarse a las manadas de orcas. Sin ánimo de hacer espóiler, es destacable (y una decisión científicamente impecable) que el joven, que ya lo pasa de pena con el hedor y las criaturas que se deshacen en el estómago, descarte salir de la ballena por el ano. Lo agradecemos.

La película traslada a imágenes el libro con mucho acierto y espectacularidad, y mira que es difícil hacer creíble a un tipo sometido al movimiento peristáltico del esófago de una ballena: no había visto nada semejante desde que la gran serpiente se tragaba a Jon Voight en Anaconda o un leucocito a Donald Pleasence en Viaje alucinante. Es cierto que la mezcla de drama familiar y filme de supervivencia con gran bestia por medio no funciona tan bien como en la novela. Ante las tremendas escenas piensas: si te está comiendo una ballena qué te va a importar que tu padre fuera desabrido. Martin Abrams interpreta bien al sufrido protagonista en su doble odisea como hijo y como bolo alimenticio, mientras que Josh Brolin encarna muy convincentemente al curtido progenitor, tatuajes incluidos. Whalefall, por cierto es un concepto que remite a las ballenas muertas que se hunden y cuyos cadáveres en descomposición se convierten en verdaderos oasis de vida en las profundidades.

El filme, claro, no puede trasladar algunas de las consideraciones más interesantes del libro sobre lo que más nos preocupa, que es la posibilidad real de que te coma una ballena. En la novela, el autor, Kraus, se las arregla para explicarnos con gran deportividad que “las ballenas no comen gente, eso es un hecho”, y que probablemente el cachalote ni se entera (al principio, luego sí, y mucho) de que se ha comido a Jay. El libro menciona de pasada a Jonás y Pinocho. El primero es la gran referencia bíblica al hablar de engullidos por ballenas, aunque no está claro que se tratara de una, pues de lo que se habla en la Biblia es de un gran pez. En todo caso, Jonás pasa tres días y tres noches en el vientre del bicho, con lo cual hubiera necesitado mucho más que 3.000 psi. Su salida es más amable: le vomitan en la playa.

Tampoco a Pinocho podemos tomarlo como un testigo fiable, aunque resulta interesante que su aventura incluya a su padre putativo (Gepeto), el gato de este y su pez en su pecera. La marioneta consigue que todos salgan de la pancha de Monstro, la ballena en el filme de Disney (por cierto dibujada muy incorrectamente), encendiendo un fuego que hace toser al cetáceo, una estrategia que no difiere tanto de la de Whalefall, aunque esta debe más a la explosiva imaginación de Spielberg en Tiburón.

En su indispensable, si se trata de cachalotes, The great sperm whale (University Press of Kansas, 2011), esa lumbrera y excelente ilustrador que era el biólogo marino Richard Ellis (1938-2024) recalca que de todas las ballenas solo al cachalote le cabe una persona en la garganta aunque se muestra partidario de que el pez de Jonás era un tiburón blanco. Apunta que “no hay duda de que un cachalote es capaz de engullir un objeto del tamaño de un hombre adulto, pues hay testimonios de ballenas vomitando trozos de calamar de la mitad del tamaño de un bote ballenero después de haber sido arponeadas”. Otra cosa es que quieran, pese a todas las canalladas que les hemos hecho y les hacemos.

Ellis dice que hay muchos relatos de marineros engullidos, pero la mayoría son apócrifos. Y trae a colación (y valga de nuevo la frase) el relato recogido por Edgerton V. Davis en el que un grumete cae en el mar a las afueras de St. John, Terranova, y es tragado por “un enorme cachalote”, que luego fue cazado. Cuando se despiezó a la ballena, el chico apareció “aplastado de mala manera y parcialmente digerido”. Añade el estudioso que Scheffer (1969) era escéptico con esta historia, señalando que era extraño que Davis tardara medio siglo en relatarla.

En general los científicos se muestran en la actualidad muy incrédulos ante la posibilidad de que una ballena se coma a un ser humano. Aparte de que no formamos para nada parte de su dieta, la familia de los misticetos o ballenas barbadas (rorcuales, ballenas francas, ballena azul), que carecen de dientes y se alimentan por filtración, tienen un esófago demasiado pequeño (del diámetro de una pelota de tenis, aunque puede hincharse un 30%) para que pase un ser humano, lo que hace imposible que se nos traguen.

El otro orden de cetáceos, los odontocetos (delfines, orcas, cachalote), tienen dientes y cazan activamente, pero sus esófagos, aunque más grandes que los de las otras ballenas, tampoco son capaces de deglutir a un humano entero, desde luego no cómodamente. En el interior de algunos de estos animales se han encontrado presas grandes como focas (incluso varias de ellas), sin embargo a menudo las ballenas han muerto por la denominada “aspiración fatal”, cuando han engullido algo que las ha asfixiado (a ver quien le va a hacer a un cachalote la maniobra de Heimlich).

En fin, todo el conocimiento científico no te libra de pasarlo deliciosamente mal con Whalefall (al inicio del pase de la película en Sitges el propio director Brian Duffield apareció en la pantalla para advertirnos: “¡aguantad la respiración!”), y de suspender la credibilidad durante el rato que dura la aventura, y el oxígeno. Lo mejor es que te provoca unas ganas irresistibles de volver a Moby Dick. Al respecto hay que recordar que Melville no menciona específicamente a nadie tragado por una ballena, excepto el caso de Jonás que aparece en el sermón del padre Mapple y, en el capítulo 54 —titulado La historia del ‘Town-Ho’, una especie de precuela del viaje del Pequod—, el episodio del primer oficial Radney atrapado por la ballena blanca al caer del bote en que la persigue: “El cachalote se dio la vuelta en repentino torbellino; agarró al nadador entre las mandíbulas y, encabritándose con él, volvió a sumergirse de cabeza, y desapareció”.

O sea que vamos allá, y al último, que se lo lleve el diablo.

 Cultura en EL PAÍS

Te puede interesar